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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Tras la ventana, salpicada de lluvia,
melancólica, aturdida,
miraba las luces de la noche
una jovencita tullida.
Escuchaba los rumores y risas
de alegres paseantes,
alboroto y felicidad,
un martes de carnaval.
Sóla en la oscura pieza.
anhelaba ser una de las jovencitas,
despreocupadas y alegres,
que gorjeaban sus trinos
en el bulevar.
Las máscaras iban y venían,
en abigarrada mezcla,
riente y amable.
Y la muchachita miraba absorta
y callaba, mientras imaginaba
que estaba dentro de un gran salón,
brillantemente iluminado
por lámparas de cristal...
Se veía adorable, bella y admirada,
vestida de muselina y plata,
con un collar de perlas
y un anillo en su dedo,
colocado por el apuesto galán
en cuyos brazos danzaba y reía,
bebiendo a grandes sorbos
las delicias del momento,
apurando la dulzura de su felicidad.
Y el hermoso salón giraba vertiginoso,
mientras ella bailaba y bailaba,
y su enamorado le susurraba al oído
dulces palabras de amor.
Sin saber cómo, se encontró
en un hermoso cenador, dentro
de un delicioso jardín,
con sus manos en las de él,
sumidos en amoroso deliquio.
Y sintió que el mundo se detenía,
y que solamente existían ellos dos,
mientras tiernas lágrimas de ternura
surcaban el arrebol de sus mejillas,
y su galán las secaba delicadamente
con sus labios mientras le juraba
amor eterno y leal.
De pronto escuchó abrirse la puerta,
y oyó la voz desagradable de su patrona,
maldiciendo la lluvia,
y reclamando incontinente su presencia.
Despertó de su sueño,
y se vio tullida y humildemente vestida,
sorprendida y apenada...
"Voy señora, a su disposición".
y renqueando se dirigió a la entrada,
a encararse con su adusta ama,
llorando por dentro la fragilidad
de su imaginaria felicidad.
Durante unos instantes levísimos
había sido dueña del mundo...
Y ahora volvía a ser una pobre muchacha triste
un martes de carnaval.