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INSTANTES DIFUSOS – IV

Qué fue del hombre aquel.
Qué, de su vida,
que fue como un soleado verano
y se disipó en un laberinto de brumas
sin signos,
sin colores.

Perpetuaba las noches de otros tiempos,
los días de agonía,
y la feliz evocación de su primer amor.

Eternizaba las veces en que
acaso lanzó un beso
y arrulló con una dulce nana la cuna del niño.

Se enardecía los días de pugnas de pasión íntima
en que ahogó el aullido
como la dócil fragancia de las rosas.

Y de todo, solo Dios está al corriente!

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© MAR – Junio2016

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