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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
> el "estupefaciente" más morboso
> y clasista español: La Lotería Nacional
Me hace gracia esa altura philosófica de algunos componentes del grupo de literatura para-contra la Lotería. Supongo que para mucho supone un muñeco asequible y facilón donde atizar sin que tal acción implique apenas consecuencias, ni siquiera dé para revisar las autoexigencias en otros planos de igual relevancia neuronal que los que se implican en las apuestas mutuas sean o no deportivo benéficas. Por lo visto desde un dandismo erigido en la cochambrechanel del siglo XX es un espectáculo vulgar, de masas, donde la elegancia del perdedor o la contención emocional del ganador, en la plenitud de un frac, no se puede comparar con el bigotudo perillán del bombo a punto de ponerse las bragas de su señora en la cabeza, la epidemia de tapagujeros, el colectivo rechinar perdedor con la rechifla nunca-toca-conyo en cada garganta, con una capucha serían nazarenos. Visto desde el sociólogo de guardia es, además de una fiebre colectiva nonsense -basada en los imaginarios ilusionantes e improbables del fatalismo existencial-, es un ejercicio de delirio colectivo curiosamente compensado por las redes sociales que se activan para hacer un reparto transversal a base de participaciones y regalos. Y en todo caso es un castigo poco severo, al menos para la gran mayoría de los jugadores, perdedores, ya que ni pierden grandes cantidades (algo reservado a los más temerarios que buscan en este abismo como en cualquier otro), ni la proximidad de los premiados (apenas a la distancia de un par de personas de contacto), con lo que más que riesgo, lo que se busca es el riego, de cava, naturalmente. Pero no son más que adornos de un pastel que nadie quiere poner nombre que se llama manumisión. Lo que se ofrece es en realidad es dar libertad (sólo libertad dineraria, ojo) a un esclavo. Nadie pasa suficientes años adicto a este sistema como para interiorizar que la economía de libre mercado, además de un amaño muy poco libre, no es sino una manera más dulce, al menos en estos lares, de una esclavitud con algunos matices excelentes en materia de derecho y menos satisfactorios en la vorágine simbólica. Nadie pasa suficientes años, digo, atado a los empleos mal remunerados como para ignorar que las dulces cadenas que te atan al banco donde remas quedan atenuadas por la laxitud productiva. Nadie pasa tantos años siendo adoctrinado sobre el dinero como centro absoluto, como centro inasible, como centro en cuesta de cumbre del triunfo, sin lograr la indulgencia de que cuando les toque no se les tolere unos cuantos ritos gregarios (la adoración del dinero es un rito individual basado en la sombra sobre los otros), otros ritos absurdos (como cualquier rito de índole nazarena), unos ritos imitados y repetitivos (donde se manifiesta una inteligencia devastada por el pastoreo sufrido)
Así que si el caer los grilletes sobre el asfalto mediático les pareciera a nuestros atildados contertulios un espectáculo chusco e indigno de su empolvada nariz, dénse el placer de observarlo como lo que es, la certificación audiovisual de que es imposible deshacer el nudo gordiano del dinero. La imposibilidad de la liberación dineraria es debido a que lo único que hacen los agraciados es verificar su condición de desgraciados: gastarlo pero en mayor cantidad, esto es, que están encerrados en aquello que saben hacer y para lo que han sido cuidadosamente entrenados. La lluvia de millones sólo certifica la nula formación de la ciudadanía en asuntos monetarios que no ve cómo se escapa esa agua verde entre los dedos buscando la alcantarilla del consumo en tiempo récord. La posible manumisión que el dinero en abundancia ofrece requiere un análisis de la situación individual, de los condicionantes sociales y de los tempos económicos. Y ya se sabe que frente a una ruidosa fiesta aparentemente improvisada que simule celebrarse en alguna papelera del paraíso, sentarse a pensar y pensarse es, de siempre, una alternativa menos atractiva. No obstante, una buena formación en estos asuntos podría llevar, fácilmente, a una reflexión mojada con un vino excelente (la fama del cava la han dado los chapuzones de los pilotos de coches y motos, siempre dependientes de la gasolina). Reflexionar con el dios baco tomando apuntes es una opción más interesante que dejarle de DJ que siempre acaba echándo cava por los vinilos en un rito más que pagano, una manía de borracho idiota y muy pesado.
Así que señores y señoras altivos de muy elegante desdén, disfruten de los gritos del populacho que, como una vez me contó un poli que le tocó un pellizco gordo en las quinielas, caminará unas horas por la calle pensando que todo lo que ve se lo puede comprar, un paseo lisérgico-surrealista de avidadollars que no es sino hacerse a mordiscos un agujero en el bolsillo por donde caer y caer.