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© jorfasan - retratos de pulso tembloroso, prosa feroz e historias para no soñar

Hoy más que nunca he visto en mi ciudad que se han abierto no menos de ocho o diez tiendas dedicadas al mundo del comic cuando en 1981 sólo había una y su principal fuente de negocio era el trapicheo de libros, marcialafuentestefanías y tebeos de segundísima mano. Muchas de estas tiendas dan rienda suelta al merchandising en torno a tebeos y pelis que también, curiosamente, parece como un mercado natural. Sulen ser muy pulcras, ordenadas y de un trato exquisito. A mí me parecen más relacionadas con las delicatessen, comercio sofisticado, que con el viejo tebeo. Y ahora mismo parece haber una sólida red comercial, aunque no estoy en el sector y no sé bien si prima la novedad, de dónde viene ésta y el peso de los tbos de segunda mano.

A ver, Alb: la fuente de la entrevista a Lauzier es de 1978 y entonces, no puedo dar cifras, pero la BD de adultos o comic, sí que estaba en crisis. No era el medio preferido para contar historias, con algunas excepciones, como siempre. Un poco después de esta fecha descubrí el comic underground y después a Lauzier. Después del comic under el viejo tebeo nunca volvió a ser lo mismo. Sólo sobrevivía los mejores.

El comic under fue un alucine absoluto. He sido un lector de tebeos veterano y desde muy pitufo me encantaban los dibus. Pero el under ganó parte de mi imaginario adscrito al lenguaje viñetero. A través de aquellos comic de Star, de Crumb y de todo lo que se publicaba (tenía amigos con posibles que me dejaban catar la pata negra under). Lauzier fue un poco más tardío e hice una de esas cabezonadas que siempre gusta uno de hacer cuando confunde cara con carácter. Resulta que me llegó por vía de la novia de un amigo. Como yo le tenía ojeriza (que sé que era miedo, envidia, inexperiencia, bobez supina --mezclénse todo en una boina, dosis variables, hierbas optativas, no obligatorias) me negué unos meses a robarle al amigo el comic durante las 24 horas que tardaría en leérmelo tres veces. Una pista de otro amigo me dijo que era obligatorio así que peregriné hasta Illetas y me llevé el tebeo a casa. A los dos días había exprimido mi hucha y tenía todo Lauzier en mi cuchirtril. Me costó bastante adaptarme a su trazo algo tembloroso, extranjero, raro para la contundencia de su mensaje. Como si fueran imágenes de recepción no muy nítida de un remoto paisaje demasiado cercano.

Hay un personaje que Lauzier trata con singular deferencia. Es un personaje deleznable, escurridizo, cobarde, oportunista, puro signo de los tiempos de la sociedad del espectáculo y bastante puerco que sólo gusta saber de él por el duelo que lleva a cabo con su exangüe corazón: el artista o sus máscaras. Y eso en la societé francesa supone hablar de todo tipo de vagos y maleantes. Qué maravilla la carrera de la rata o querer no es poder. Son puras novelas. Gráficas. Novelas. Gráficas entintadas en pantones y curare.

En los enlaces que puse hay una historia corta, con un trazo sencillo y brutal como si fuera publicidad basada en testimonios de dos seres anónimos, dos abuelos, sobre el orgasmo, magnífico.

Lo último. Otra cosa que me gusta mucho sobre Lauzier, es sobre su persona. Como muchos grandes cuando se dió cuenta que el comic dejaba de interesarle, que había dicho lo que tenía que decir, que la contraportada se había levantado y como un puente levadizo iba a cerrar el castillo de la historieta, el tío cerró la tienda. Y se dedicó a otra cosa. Cuántos podrían aprender de lo patético que resulta contemplar su decadencia en el plató de los massmedia, con el público enmarujado rompiéndose las manos a aplaudirles su leyenda y hace décadas que no publican nada interesante, nada vivo, nada que te muerda el culo como un doberman hijodeputa. Pero han descubierto que se paga muy bien a las viejas glorias si pasean su interesante historial (en el mejor de los casos) con un espíritu inane y absorbente. Sin decir nada. En especial si lo llenan de palabras sin gracia, de conceptos burbuja, de cháchara de telediario. Su principal función es la de ser guardianes de las sagradas esencias que ha podrido con su infectoso tacto. Son los peores obstáculos que los jóvenes han de lidiar. Han de atreverse a pincharles para que desaparezcan. Son la saga de los maestros p(r)ensadores.

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