Inicia sesión para charlar.
Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
De niño tuve un amigo que se llamaba Miguel. Tendríamos ocho o nueve años.
Ibamos al mismo colegio. El Miguel vivía en el barrio de enfrente, en el de
los Transportes Urbanos, llamado así porque el vecindario se componía de
familias relacionadas con los autobuses municipales: conductores,
cobradores, mecánicos. El padre del Miguel era mecánico. El Miguel me contó
con mucho secretismo y bajo juramento de no decírselo a nadie que su padre
le había fabricado un cohete. Un cohete espacial. Un cohete que él mismo
pilotaba y con el que viajaba por el cielo cuando su padre "le traía
gasolina". En pago a nuestra naciente amistad y a los lazos que estrechaban
las confidencias, me prometió que un día lo acompañaría en alguno de sus
viajes. Aquella promesa de aventura me tuvo inquieto durante semanas. Ni
siquiera el que se negara a enseñarme el cohete -que decía tener guardado
encima de un ropero y tapado con una sábana-, me hizo dudar jamás de la
veracidad del artefacto. Tampoco que mi tío o mi padre se rieran cuando
incapaz de mantener el secreto de la maravilla, lo conté todo. Solo pudo el
tiempo acabar con mi ciega confianza. Los continuos aplazamientos del viaje
por parte del Miguel comenzaron a desilusionarme. También el que fuera
rebajando las prestaciones de su cohete. Un día me confesó que bueno, que en
realidad su cohete no subía hasta lo más alto del cielo sino que todo lo más
alcanzaba la altura de un quinto piso. Aún así, el viaje proyectado me
seguía pareciendo el mayor de los sueños. Pero la rebaja continuó en días
sucesivos y así el cohete ya no llegaba ni a un tercero, ni luego a un
primero, ni luego a medio metro... El Miguel y yo dejamos de ser amigos.
Nuestra amistad se diluyó en la misma medida que el cohete fue perdiendo
capacidad de ganar altura.
Sirva esta anécdota para ilustrar una pauta tantas veces repetida, el
contemplar en algún momento de nuestras vidas la posibilidad del milagro, el
tener al alcance de la mano, certera, tangible, la posibilidad del prodigio.
Es lo que le sucederá a Sancho Panza -un poco ensuciado por el interés a
diferencia de otros crédulos como El Primo o la dueña Doña Rodríguez- cuando
don Quijote le prometa el gobierno de una ínsula, que su hija se casará con
un duque o que su hijo llegará a ser arzobispo. Sí, todo terminará
finalmente en burla y ridículo, pero antes de que llegue la chacota, la
POSIBILIDAD del prodigio existió, y por tanto su gozo pleno tanto mayor en
las vísperas del suceso como el propio suceso. Y es esto mismo es lo que
encuentro en la relación del personaje de Javier Cámara y su admirado
Torrente. La sorpresa que recibe el muchacho tímido, ayudante en una
pescadería familiar, insignificante, ante lo verosímil que pueda resultar un
cambio en su vida, es uno de los fondos que más me interesó de la película.
Con la misma intensidad con que el recuerdo de los amores adolescentes a
veces nos asalta, o el cómo era la vida cuando aún las leyes de la física no
lo ordenaban todo, es lo que pude percibir en esta relación del personaje
con su héroe en medio del fangal en que se encuentran. Pero después de todo
este rollo, ¿qué tiene Ignatius de Lazarillo? No, si ya me estoy viendo
intentándolo de nuevooooo...
Saludos.