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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Dentro de la lite y que recuerde, sólo logró interesarme el tema de las
carreras de caballos cuando Henry Chinaski acudía a los hipódromos para
remediarse de pasta y adquirir con el parné ganado en las apuestas toda
clase de pirriaques. Pero fuera de esta excepción y a diferencia de
Flantains o del del medio de Los Chichos, el caballo jamás me interesó.
Hombre, claro que de niños, embobados frente a la tele monocanal y monocroma
todo el tiempo posible, sabíamos dónde estaban Lasarte y la Zarzuela y
conocíamos a Claudio Carudel y disfrutábamos con el espectáculo cuasi
circense de los saltos del Grand National y con aquellos caballos sin jinete
que llegaban a la meta desconcertados y desvalidos, inútiles en su esfuerzo
al acabar los primeros dejando atrás el reguero de jockeys contusionados.
Sólo una vez en la vida pisé un hipódromo, vi un par de carreritas y me fui
de allí cagando leches incapaz de soportar por más tiempo tanto infecto
pijerío; porque aquel nido de ratas no era de pijos normales sino de pijos
hispalenses, que son doblemente pijos y doblemente despreciables. Eso sí, no
dejé de admirar -vistas de cerca- las hechuras de los purasangres, el bello
animal fabricado por el hombre y montado por otros hombres pequeñitos que
(esto me llamó mucho la atención) se llenaban de insultos y se dedicaban
toda clase de palabrotas y fustazos cuando enfilaban la recta final. Bueno,
luego está el tango y su turf, pero eso ya es otro terreno.
Quiero indicar con todo esto la prevención con la que ataqué la lectura de
"La Hermandad de la Buena Suerte", la novela planetaria (otro ingrediente
para estar amoscado) del Fernando Savater cuya trama gira en torno a los
jamelgos de postín y a la afición por sus galopes. Pues bien, una vez
superados los dos primeros capítulos, sobre todo el segundo donde me temí
que todo lo que seguía sería una inagotable fuente de pedanterías y
epataciones, me encontré con un texto tan ma-ra-vi-llo-sa-men-te escrito que
lo inane del argumento y lo burdo y decepcionante del final no han
conseguido mermar el disfrute de su lectura, divertida hasta la carcajada a
veces, amarga otras, pero siempre ágil, rápida, ligera, irredenta al
aburrimiento, siempre llena de referencias y de guiños a todos los niveles
por mano de un tío que se lo ha debido leer todo (por mi parte es lo segundo
que cae en mis gafas del mediático philósopho bizcotela) y al que se le
evidencia un fondo de armario -que a diferencia de otros que sólo guardan
tres perchitas esqueléticas en medio de un vacío catedralicio- tan lleno de
ropa que podría vestir con ella a una legión de desarrapados. No tengo dudas
que un tío que escribe así, con ese bagaje cubriéndole las espaldas, puede
escribir lo que le dé la gana y hasta llegar a emocionar :-)))
Resumiendo y a lo que iba, que recomendar esta novela es lo menos que puedo
hacer por ella como pago a los buenos ratazos que me hizo pasar. Háganme
caso, y si los Reyes Magos se la colaron de rondón como a servidor y la
tiene ahí, muerta de asco esperando en la cola, adelántenla y métanle el
diente. Por lo menos, diez o doce risas están aseguradas. Y si lo que les
interesa es el cómo antes que el qué, una lección de escritura y de disfrute
con la escritura les espera también.
Saludos.