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© Jorfasan - El Guardián de Salinger.

EL GUARDIAN DE SALINGER



Siempre que he leído el guardián me he encontrado en la piel de Caulfield paseando la mirada por la botonera dorada del uniforme de los adultos. Incluso aunque estuviera embarrada y desojalada, los adultos lucen una botonera que confirma un orden, a veces incluso inverso, una rendición de todos los juegos, el flagrante asesinato del caos. Hay un momento de la mirada escrutadora donde puedes percibir a todos ellos como un ejército, con sus graduaciones, con sus ritos de plomo, con sus mitos ininteligibles, con su desagradable gusto por las perspectivas infinitas (armados, cuadrados, formados, mirando imperialmente al cielo, siempre a punto de derribar un pájaro si osara sobrevolar sobre los filos de sus bayonetas).
Habituado a la crianza en una pura dicotomía, bien mal, los adultos están instalados en fuera de esas dimensiones, justo en otro universo donde las dosis de bien mal son pura antimateria. Una negociación. Una negación. O el mix: un negocio. Así la luz y la oscuridad son los dos brazos que pretenden abrazar a Holden y que él percibe como un estrangulamiento. Todos los ritos del sexo parecen conllevar ese precio: aceptar la pulsión adulta o, por así decirlo, morirse y así resucitar al otro lado, con los adultos, otros gris negociador en blancosynegros. Instalado en el arco fronterizo Holden tiene un pie en la mirada de Phoebe, un pie en el club de jazz. La sencillez de preguntar frente a la sencillez de no responder. Un cuerpo que florece día a día frente a los cuerpos aromatizados por la muerte. Ha ocurrido un asesinato y cada uno lleva su cadáver de niño a cuestas. No es de extrañar que dirija sus sueños hacia un campo de centeno donde imaginar a unos niños correteando en las proximidades del abismo. Y tú eres el idiota del centeno. Protegiendo a los niños que todavía saben escuchar las pulsiones de la tierra, el canto triste de los pájaros, el parloteo de las calaveras recién dibujadas, resguardarlos de caer en el abismo de la adultez. Pero vemos que su campo están inclinado inevitablemente hacia ese precipicio. Y hace su labor inútil, retratándose en la derrota segura, refugiándose en la idea de salvar al menos un niño de caer. Quizá él. Un video juego donde siempre aparecerá la leyenda "inserte monedas para continuar".


© Jorfasan.
es.humanidades.literatura
05/01/2009

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