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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
De todos modos en cuando frankostein, teníamos bastante mix regional. Ten en cuenta que hasta los setenta uskadi exportaba curas(*) a los siete continentes
zinnia
Dos de los mejores amigos de la infancia de mi padre eran curas, Celestino y Emeterio. Uno vivía en Durango y el otro en Eibar. Había dos cuentos que nos contaba mi padre y nunca nos cansábamos de escucharlos. Nos metíamos en la cama una melliza a cada lado y le pedíamos una vez el del elefante en cuyas enormes orejas vivía un niño y la otra el de Emeterio, Celestino y yo. Siempre empezaba así: "Emeterio, Celestino y yo." Y ya nos contaba cosas de su infancia, en la escuela, en el riu, en la montaña. Eran los más listos de la clase, de remarcarlo se encargaba bien mi padre. "Emeterio, Celestino y yo éramos los más listos de la clase. Un día fuimos al riu." Ahora creo
(porque lo he pensado :0), que la cosa funcionaba así: las familias en los pueblos solían ser extensas, el maestro funcionaba de enlace con el párroco, los más listos pero sin posibilidades de estudiar eran tentados a seguir haciéndolo en el seminario y la familia se quitaba una boca que alimentar. "Un día el maestro fue a hablar con los padres de Emeterio." O sea, que no es que hubiera más vocaciones entonces, es que era una salida natural, una especie de requisa. Los más espabilados y sin dinero, pa curas. A saber cuántos de esos chicos que iban para el seminario eran vocacionales.
Andando el tiempo los conocí a los dos a la vez. Fue un choque porque me los imaginaba petrificados en la niñez. Mi padre había quedado con ellos para celebrar algo en el pueblo y pasaba a recoger primero a uno, luego a otro, y luego para Cantabria. Sólo recuerdo un viaje de vuelta espantoso por la carretera de Santander a Bilbao. Celestino iba delante, Emeterio detrás conmigo. Iba roncando como un hipopótamo y olía a vino. Yo iba mareadísima y a cada curva se caía encima de mí con todo el peso de su humanidad. Recuerdo las risas de mi padre y de Celestino, hasta que me puse a llorar y mi padre lo despertó: ¡Emeterio, despierta, que me estás asustando a la criuca! Y todo lo demás se ha borrado de mi memoria. Aquello, aquel compadreo, no tenía nada que ver con el ambiente del colegio de monjas donde yo estudiaba en Madrid. Pero sí había varias monjas vascas. Recuerdo especialmente a una, sor Claudia Landa, y también en una foto fija. Estábamos en el patio jugando -tendría yo unos diez años- y a ella le tocaba vigilarnos. Teníamos que pedirle permiso hasta para ir al servicio. Me acerqué. Tenía los ojos muy azules y la piel muy blanca, el pelo no se le veía porque llevaba una toca que le tapaba hasta la mitad de la frente. Jugueteaba con sus manos y llevaba un anillo de unos colores que me llamaron la atención. Era ancho, de plástico, como los que nos regalaban a veces comprando chucherías. Me lo quedé mirando y ella bajó la voz para explicarme, como la bajaba mi padre cuando hablaba de algo que no entendíamos. Una actitud extraña que los niños percibíamos bien cuando lo vivíamos en casa, aunque no lo entendiéramos, algo difuso pero real, como cuando una gacela husmea el aire ante el presentimiento de un peligro que acecha. Esa fue la primera vez que vi los colores de una ikurriña.