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© coppelius - Re: MonstArtQuizz Weekly - Pregunte al Dr Artenstein
ah, y zappa es arte?


Pues no sé, es música volando alto, o al menos lo parece, y desde un punto de vista romántico vete a saber con qué clase de afirmación puede descolgarse uno... A qué lodazal me quieres arrastrar? XP

Dudo que el bueno de Frank se sintiera cómodo metido en ese corsé pero, mira, los bonitos cuadros dadá de su colega Captain Beefheart -no menos iconoclasta y cuyo sello de genio está bien a la vista en, por lo menos, media docenas de discos- se tienen como tal (arte) entre los coneisseurs, fenicios y románticos... y no es por cuestionar la coherencia de Van Vliet, abonada al caos y el absurdo y que podía ser tan disolvente como Zappa o más. Pero creo que él sería más adecuado que yo para explicar porqué los resultasdos de su solitaria actividad en el desierto del Mojave pintando cuadros, y los instantes en que los galeristas de Frisco le ingresan cincuenta mil dólares en su cuenta corriente por llevarse algunos de ellos, son cosas que no se tendrían que mezclar más que en aras de la confusión más galopante

qué es lo genético según tu manual gótico? la capacidad de percibir el fenómeno artístico elemental? el tipo de arte que puede identificar determinado set de genes? o el modo en que se valora? la intensidad con que se vive?


No hablaba más que de gustos y de su posible reflejo en el ADN, al fin y al cabo fue geode quien sacó el palabro; ya que hablas de gótico y genética, tengo que reconocer que la combinación es superexcitante, y sí que sugiere una aproximación mínima a obras como la de H.H. Ewers (de Mary-Shelley y "Frankenstein" ya hablásteis hace poco)

Escritor alemán nacido en Düsseldorf en 1871, de buena familia (su padre era pintor de éxito) desde su infancia mostró dotes de lo más punk (dicen que empezó a experimentar con el lenguaje con la única intención de demostrar a sus padres cuántos tabús era capaz de romper en el delicado campo del arte) y un fuerte tirón al absurdo (solía firmar la correspondencia con pseudónimos del tipo "Su querida ovejita carnívora"smiley.

Tras volver a Alemania en la primera década del siglo después de algunos años viajando por el mundo, Ewers inició una andadura como biógrafo de sus autores favoritos (Poe, Hoffmann), así como de autor de libretos de ópera y poemas satíricos, divulgador científico, periodista free lance en medios nacionalistas, pintor y autor de relatos. Cualquier cosa que contribuyera a cimentar su figura de artista e intelectual bon vivant, elegante y pérfido, en la mejor tradición decadentista de Oscar Wilde pero en versión aria.

La novela más famosa que escribió fue seguramente "Alraune", o "Mandrágora" (1911, reeditada con profusión en su tiempo a pesar de la censura, y editada hace par de años por Valdemar; aparte de ella y del relato "La araña", que apareció en uno de los volúmenes de "El horror según H.P. Lovecraft", nada más de él ha sido traducido al castellano); pura "Schauerroman" gótica que le permitió indagar en una vieja leyenda medieval desde un punto de vista contemporáneo: en ella destaca especialmente la consumación del experimento realizado por un doctor alemán, el profesor Ten Brinken, inseminando a una prostituta con el semen de un ahorcado y encargándose luego personalmente de la educación de su fruto, tanto como el resultado de todo ello: la cruel y maligna Alraune, que arrastra a los hombres a una merecida ruina, y que termina suicidándose.

La novela fue un bestseller en su época en Alemania, y a principios de los años 20 incluso la todopoderosa UFA le ofreció participar en un film dirigido por Paul Wegener, que venía de arrasar en taquilla con "El golem". La película es conocida también hoy por los títulos alternativos de "Unholy love" (100% Tod Browning) o por el más elocuente de "La hija del destino", y digo elocuente porque es posible ver en este último las conexiones entre genetismo experimental y determinismo decimonónico que caracterizaron muchos productos de la época (hay que explicar que esto se sitúa en ese curioso período pre-nazi, ominoso y catastrófico, cien por cien industrial, coincidente con el punch de Munich y que Bergman plasmaría en su película "El huevo de la serpiente"smiley

"Alraune", como observó la crítica alemana, parecía actualizar las ideas del escritor cristiano y líder de la Iglesia Tertuliano (155-230), que veía los genitales femeninos como la antecámara del Infierno. En realidad, con "Alraune" H.H. Ewers reformulaba con ciertas variaciones muy sui generis un relato largo publicado veinte años antes por el galés Arthur Machen, y que posiblemente conoció en la traducción al francés que realizó el poeta Paul-Jean Toulet en 1901; relato que a pesar de no tener la menor repercusión, ni en Londres ni en París, estaba llamado a revolucionar la narrativa gótica y de terror para siempre: "The Great God Pan".

Machen mismo había pertenecido a la Golden Dawn, una asociación ocultista británica heredera de los rosacruces de la que también formaron parte Bram Stoker, Yeats y el autor de "Der Golem", Gustav Meyrink, otro conocido frecuentador de cenáculos esotéricos, obsesionado por el psiquismo, ferviente explorador de los límites de la ciencia.

Para cuando Ewers descolló como novelista y guionista de cine en los años 20, en Berlín, la Golden Dawn había caído sin embargo en las manos de Aleister Crowley, "El hombre más perverso del mundo", quien se había propuesto disolverla a través de una meditada corrupción interna que pasaba por orgías, sacrificios de sangre, aberraciones sexuales y otras exigencias (la famosa "magik" crowleiana) además de por su interés en vincular a la sociedad secreta británica con la de Thule-Gesellschaft, uno de los nidos nazis definitivos. Hoy se sabe que muchos futuros jerarcas del régimen, incluídos Hitler y Himmler, mantenían relaciones con la Sociedad Thule, el mismo Alfred Rosenberg recogió parte de sus enseñanzas en varios libros sobre los que se fundó toda la arquitectura mágica nazi; no fue el único, ya que entre sus sacerdotes figuraban doctores y científicos arios que bajo las leyes de Hitler se prestaron a realizar prácticas eugenésicas con disminuidos mentales, niños, mujeres, y finalmente judíos.

Como insinuaba el relato de Arthur Machen, el horror (el horror gótico de hecho) estaba llamado a regenerarse y renacer con nuevas fuerzas, liberándose de viejas estéticas inglesas en su nueva historia de amor con... la Ciencia (para conocer sus frutos, sólo cabe remitir a la vieja literatura documental de los campos de concentración archivada hoy en su mayor parte en centros de Israel).

Y mientras los científicos nazis ahondaban en su búsqueda del gen judío (y el gen alemán, fuente de la raza), ¿qué fue de H.H Ewers? Pues nuestro prepotente hombrecito, tras su magistral entrada en el mundo del cine alemán, se granjeó una sólida reputación como caballero oscuro en los años postreros de la República de Weimar, alcanzando su cénit al escribir el obituario del mártir nazi Horst Wessel en 1932, cosa que hizo invitado por el propio Adolf Hitler con quien se relacionó socialmente según dicen (¡esas fantásticas veladas nazis regadas con champán francés!). La pieza se convirtió en uno de los superclásicos del NSDAP y sería entonada por los SS en todos los rincones de Europa. A continuación, como pasa en las mejores historias, sobrevino el desastre (bueno, ¡quién podría esperar un final feliz a todo esto!).

No se sabe si, como sucedió con Fritz Lang, H.H. Ewers fue llamado personalmente a los cuarteles generales de la SS en Kreutzberg y allí no se entendió con Goebbels, cosa siempre arriesgada para una de las partes. Se dice que, más que probablemente, el muy nacionalista Ewers se sintió progresivamente a disgusto con la cara que empezó a mostrar Hitler tras su subida al poder, especialmente a raíz de su política con los enfermos y disminuídos psíquicos (el tema de los suicidios asistidos en hospitales alemanes fue algo más que un rumor extendido entre la población, y es imposible que un intelectual como Ewers no conociese todos los detalles) y con la "solución final" con los judíos, porque nunca se le leyó un escrito antisemita. Si Ewers tuvo la valentía de escribir al respecto algo en los periódicos, no debe extrañar que no quede rastro de ello porque la censura nazi se demostró eficaz en hacer desaparecer cualquier oposición al régimen, como si nunca hubiese existido.

Pero Ewers debió insistir en repudiar el nazismo. Una cosa era sentirse fascinado por la corrupción, la degeneración y el Mal, especulando con los horrores a los que la ciencia puede aborcarnos, y otra muy distinta adorar al monstruo cuando lo tienes delante. De modo que hacia 1937 Ewers no era más que otro pobre vagabundo abonado a la beneficiencia, declarado traidor y persona non grata a través de panfletos nacionalsocialistas, vetado en los periódicos, con su casa y bienes embargados, y cuyos libros ardían junto a los de Kafka y otros autores judíos en aquellas esplendorosas montañas de fuego. En definitiva, se convirtió en un apestado al que sólo le quedaba morir, algo que hizo en Berlín en 1943, de tuberculosis, cuando las bombas aliadas hacía ya tiempo que caían sobre la ciudad.
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