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Textos · Usenet - Poética · 0.0













ginebra

sueños artúricos














malak.
desde un lugar que nunca existirá.







ginebra. uno.



"visitas"

Apenas entra claridad en mi cuarto. Se oye, por la radio, una emisora en período de pruebas. Tendido sobre el lecho, abro y cierro los ojos. La brasa del cigarrillo lo ilumina todo. De un color de sangre se tintan las paredes; un resplandor rojizo se advierte en el espejo. Juana de Arco, atada en medio de la hoguera, me contempla en silencio desde lejos. Campanas tubulares me penetran los tímpanos. Golpea sin parar mi rostro contra el muro. Las máquinas eléctricas zumban en la cocina. En la penumbra hay ojos que me observan. Revolotean los libros sobre mi cuerpo. Los naipes organizan un ejército. Las fichas de ajedrez aumentan su tamaño. Monto el caballo negro junto al rey. Los cuatro obispos me dan sus bendiciones. En una torre negra Morgana está esperando; en otra blanca estoy gozando con Ginebra. Arturo y sus peones se hallan en las justas.

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ginebra. dos.



Has llegado al castillo esta mañana.
Un servidor traía tu estandarte
precediendo el cortejo. Las trompetas
anunciaban tu entrada por el puente.
Los airones al viento desplegaban
su abigarrado colorido. Cuelgan
de los balcones sedas con tus armas.
Refleja el bronce un sol envuelto en nubes.

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ginebra. tres.



Un oscuro misterio goteaba
sobre mis ojos cuando detenido
entre los libros de la biblioteca
pensaba su llegada...
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A la puesta del sol, suben el puente.
Estrepitosamente, las cadenas dicen
que es tarde ya.
Se encienden las almenas
tomadas al asalto por antorchas.
Puntos de luz resuenan en el foso.
Un palafrén decora la soledad del patio;
corre el sudor su cuello; en sus pezuñas
hay barro y hojarasca.
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Ginebra ha regresado.
Está la reina, de nuevo, entre nosotros.
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Han encendido el fuego en el salón
y han traído las jarras con el vino.
Lucen los candelabros. En la alcoba,
está ya preparado nuestro lecho.

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ginebra. cuatro.



dejamos el castillo cuando apenas
el alba era otra cosa que un intento,
cuando la noche aún llenaba el cielo
de filigranas negras, cuando el foso
reflejaba en sus aguas todavía
ese temblor febril de las antorchas;

dos leguas de camino; junto al río,
en un claro del bosque, una figura
amortajada de neblina estaba
prendiendo lentejuelas a las flores;

he ordenado a la guardia --con la mano--
que pongan pie a tierra, que se queden
tras la tupida y verde celosía
de la arboleda, y que guarden silencio;

he dejado el caballo a su cuidado
y hacia la azul aparición he ido,
amordazando el eco de mis pasos;


pero al abrir los ojos, solamente
el baldaquino púrpura del lecho
llena con sus reflejos mis pupilas;

nada recuerdo ahora del encuentro;
sin embargo, conservo entre mis dedos
el frescor del rocío y ese rastro
indeleble, invisible, inexplicable,
que nos procura sólo el roce con un ángel.

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ginebra. cinco.



en el rostro sangriento de mi espada
hay un lugar aún para el reflejo
eterno y azulado de la prenda
que colocasteis vos sobre mi brazo

sé que seguiré vivo mientras piense
que aún puedo provocar vuestros suspiros

rezad por mí, señora,
me aguardan mil batallas

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ginebra. seis.



la enésima batalla ha terminado al alba;

la niebla ha levantado con las primeras luces;

he cerrado los ojos para no ver la sangre
que tintaba las aguas del riachuelo de plata;
y cerré los oídos a los mil y un lamentos
que surcaban el aire como viles saetas;
mis pies se van hundiendo en un lodo rojizo;
el sol, entre las nubes, habla de podredumbre;

he buscado el cobijo de estas ruinas amables
donde ahora os escribo sin papel y sin pluma;
pensar en vos, señora, es mi único bálsamo;

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ginebra. siete.



sabéis que vos, señora, sois mi último refugio;
a vos retorno siempre cuando ángeles terribles
--todo ángel lo es, ya quedó escrito--
me acarician el rostro con sus alas amables;

mientras velo mis armas en la vieja capilla,
iluminada apenas por la luz mortecina
de un cirio solitario ante al altar sagrado,
viendo cómo las sombras amordazan los brillos
de la armadura inútil que vestiré mañana
y enredado en volutas de aromático incienso,
pienso en vos, mi señora: vuestros rizos de cobre
se posan en mis hombros como pájaros tibios;
en el gélido lienzo de mi nuca, sus alas
dibujan una alfombra de pétalos; me dejo
arrebatar del suelo por dos rosas de vino
que, en volandas, me llevan a la torre más alta
del castillo de nubes donde habitan los sueños;

despierto con el alba; un sol irrepetible
incendia las vidrieras; el cirio, consumido,
es ahora una saya cubriendo el candelabro;

sobre mi frente, el rastro vital de vuestro beso
dormita todavía;

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