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arena















malak.
desde un lugar que nunca existirá.







arena. uno.





"síntesis"



tú !


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arena. dos.




"tarde de domingo"



hay un rastro de azúcar cubriéndome los dedos;
he seguido la estela de un cometa esta tarde
y he anclado en las aguas oscuras de sus ojos;
he rozado su cuello y he creído asomarme
al borde de una nube con olor a manzana;
sentí todos los brillos de una noche sin luna
hiriendo mis sentidos y llenando mi pecho...

me dice tantas cosas cuando sólo me mira...

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arena. tres.



por la mañana, mientras absorbía
lentamente el café, me demoraba
contemplando el milagro cotidiano
del agua resbalando por su espalda;
por la tarde, rendidos sobre el lecho,
apoyé la cabeza sobre su vientre; y luego
me dormí jugueteando con mis dedos
entre los bucles negros de su pubis.

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arena. cuatro.



sueño contigo; sé que aún no duermes;
te imagino en tu cuarto y en tu cama,
con los ojos cerrados, respirando
el tenue colorido de la música;

disfrazado de brisa silenciosa
atravieso persianas y visillos,
me reflejo invisible en el espejo
y acaricio tus hombros y tu nuca;
te refresco la espalda, las caderas,
el horizonte azul de la cintura,
el amable contorno de las piernas...
y me detengo al borde de tus labios
esperando el instante en que los dioses
me permitan fundirme con tu aliento.

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arena. cinco.



un tintado horizonte se desploma
sobre el mar infinito de las dunas;
en el salón las hachas ya consumen
sus pábilos con llamas azuladas,
dando vida a un ejército de sombras
que cabalgan los frisos en silencio;
sobre el rostro del Nilo verdinegro
se acomoda la luna casi llena
como un disco de amarillento ámbar;
en la terraza de poniente sopla
una atrevida brisa que se acerca
a jugar con los pliegues de la seda;
el tafetán se abre junto al seno
para cerrarse luego en la cadera
prendido por un broche de berilos,
y más abajo, junto al muslo suave,
abrirse nuevamente hasta el tobillo
donde lo apresa una línea de oro;
ha caído la noche sobre Tebas;
preparan nuestro lecho los esclavos
y mis labios se acercan a tus labios.

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arena. seis.



de madrugada la luna nos alcanza
y sobre nuestros cuerpos enlazados
extiende azucarada su saliva;
surgen del pebetero los aromas
como hilos de nácar hasta el techo;
un sonido metálico y lejano
nos habla del relevo de la guardia;
la mirada de Amón también nos cubre;
sobre tu piel, aún, todos los brillos
del aceite aromático persisten;
prendidas a tu pelo las estrellas
juegan a ser de oro; no he logrado
vencer la tentación de besarte los párpados.

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arena. siete.



amanece; el alba está incendiando
los adornos dorados de las copas,
al tiempo que provoca mil reflejos
en las mejillas húmedas del vino;
luce el río la verde cabellera
que conforman los juncos en su orilla
y nos hace llegar como un regalo
su frescor matinal sobre las alas
de unas cuantas libélulas azules;
han cubierto de pétalos el suelo
y su olor nos inunda y nos embriaga;
partiremos mañana Nilo arriba,
pero hoy todavía el paraíso
está entre las pilastras de esta sala.

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arena. ocho.



hoy la luna se ha roto en mil pedazos;
el círculo de nácar se ha transformado en grito
y el grito se ha tornado en metálica furia
que ha destrozado el hecho frágil de mi sonrisa;

hoy su sonrisa ha sido la daga más amable,
el disparo más dulce que imaginar pudiera...

es de noche, estoy solo y tengo frío.

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arena. nueve.





“premonición” (fragmento)



sentiré un golpe fuerte, brutal,
como el de dos galaxias cuando chocan...

y una infinita lágrima empapará mi huella,
mis pies y mis zapatos.

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arena. diez.



pasábamos la tarde como quien cruza un río,
nos esperaba al otro lado el césped
de un nocturno jardín;
entre ramas y hojas, con lentitud rojiza,
el sol se iba acercando a un horizonte
oculto tras el muro;
el frescor de la hierba nos besaba la espalda,
mirábamos el cielo y en silencio
contábamos estrellas;

una imposible luna, eternamente llena,
provocaba mil brillos en el agua
de la cercana alberca;

al final del paseo, en la sala vacía,
una mano invisible volteaba
los simétricos conos;

y de nuevo la arena, infinita y hermosa,
cálida como el aire de esa noche
me acariciaba el rostro;

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arena. once.



no me basta soñarte con los ojos abiertos;
no me basta tampoco con tenerte a mi lado
y acariciarte el pelo y la mejilla suave;
no me basta sentirte susurrando en mi oído;

quiero dormir para soñar contigo;

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arena. doce.



tu corazón latía bajo mi mano; era
como una flor temblando entre mis dedos;

fuiste esa tarde el pulso de todos los planetas.

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arena. trece.



por fin ha descargado la tormenta;

el parque es una bolsa de perfumes
y un carnaval de brillos;

en un rincón, un banco de madera;
a mi lado, la sombra de una sombra.

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arena. catorce.



que alguien diga en su oído
lo que amé su sonrisa y sus ojos.

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arena. quince.



la tarde va tomando posesión de la sala;
con paso silencioso --como si hollara nube--
camina las paredes y se sube a la mesa,
se arrastra bajo el pelo animal de la alfombra,
se tizna cuando alcanza el corazón dormido
de la gran chimenea, y se lava la cara
en el brillo rojizo de una fuente de cobre,
atraviesa los hilos de las cortinas, cae
hasta rozar el suelo para peinar los flecos
coronados con borlas, se detiene un instante
ante la azul negrura de tu cabello y baja
la frente majestuosa en señal de respeto.

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arena. dieciséis.



en un rincón del patio, tras la higuera rotunda
cuyo tronco acaricia la hiedra jaspeada,
bajo un dosel de pámpanos y uvas transparentes,
entre pétalos tibios de olorosos geranios,
inmune al arañazo feroz del minutero,
feliz como tan sólo pueden serlo los niños,
circunvalando el hecho breve de tu cintura...

...te he mirado a los ojos y he visto el universo.

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arena. diecisiete.



era otra vez la misma tarde, el mismo
maravilloso sueño a punto de cumplirse;
... ... ...

comíamos; la espuma de una cerveza negra
jugaba a ser frontera entre nosotros,
y comprendiendo inútil su tarea
se dejaba caer --parsimoniosa--,
por la pared del vaso, hasta la mesa;

era luego --otra vez-- el mismo cuarto;
y los mismos caballos sin bocado
que las siestas de agosto compartieran
han vuelto a ser furiosos hipocampos
besándose los cuellos sudorosos;

aún quedan perlas de pasión y gotas
de ternura infinita paseando el espejo...

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arena. dieciocho.



como una pincelada de naranja translúcida
el sol se va asomando entre dos nubes grises;

alejándose a popa --hemos dejado el puerto--,
se van desdibujando las torres del palacio;
un venero brillante corta la mar en dos
y nos señala el rumbo que lleva a Alejandría;
hasta cubierta ascienden, por los respiraderos,
los olores dulzones de mil y una especias
mezclados con el seco perfume que dimana
de la noble madera de cedro libanés;

va llegando la noche en brazos de la brisa;
buscamos el refugio de una tranquila cala;

detenida la nave, comienza mi paseo
por el mar apacible de tu piel; y envidiosa,
como una pincelada de plateada púrpura,
la luna va asomando entre dos nubes grises.

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arena. diecinueve.



"estoy asesinando un sueño lentamente..."
- javier díaz.



antes de decidirme, he saltado al vacío;

esta noche, cubierto por láminas de cuarzo
dirigiré mis pasos hasta el lago de azogue;
allí, frente a la piedra de la vida y la muerte,
bajo una catarata de brillos azulados,
sobre la misma hierba que nos mojó la espalda,
con los párpados rotos por lágrimas de vidrio,
riachuelos de mármol en las venas inútiles
y océanos de arena debajo de las uñas,

recitaré el conjuro que incendiará mis naves.

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arena. veinte.



de las cenizas grises de incendiados navíos
surge otra vez un grito de esperanza infinita;

hasta los invernales andenes de mis ojos
llega un convoy formado por estrellas fugaces;

el olor blanquiverde del peral se derrama,
cautivador y amable, sobre mi huella triste;

te soñaré de nuevo en las salas diáfanas
del palacio de tebas, junto al nilo y las dunas;

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arena. veintiuno.



en la casa imposible de tu ternura habito;
he llenado los muros con las cinco letras
de tu nombre escritas con zumo de limón;

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una vez más, el monstruo de los ojos de ébano
ha vuelto a destrozar el frágil equilibrio
en el que se sostienen mis horas y mis días;

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arena. veintidós.



una noche, parado frente al lago de azogue,
ante el altar sagrado de la vida y la muerte,
recité los conjuros que incendian los navíos;
grité, unido al coro de voces amarillas,
un brutal "ya no eres" que ennegreció mi boca;

soñé que no existías, que yo te había soñado
y que acababa todo si ya no te soñaba;

traté de asesinarte y... te quise más que nunca;

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arena. veintitrés.



el tiempo --esa entelequia urdida por los hombres
para ocultar su miedo a todo lo infinito--
ha de servirme ahora como dulce cauterio;

todo será más fácil cuando tu sombra pise
las tierras agridulces del reino del olvido;

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arena. veinticuatro.



el sol busca ya el lecho dorado de las dunas;
mancha de sangre el cielo inerme de la tarde
y resbala en el mármol verde de las columnas;

observo el terciopelo carmesí con que cubro
el cofre de madera donde guardo tu sombra;
sin dejar que el instante de la decisión frene
el vuelo tembloroso de mis manos, mis dedos
tocan la tela y siento debajo de las uñas todo el frío nocturno del desierto tebano;

también sin decidirme, tomo la caja y todos
los fuegos del infierno me suben por los brazos;

mi aliento se transforma en un ave amarilla,
golpea con sus alas mi paladar y escapa;
igual que un odre seco mi piel se va arrugando;

el pájaro ya es humo y extendiéndose abraza
las paredes del cofre mientras grita tu nombre;

en la sala contigua se oyen risas y cantos;

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arena. veinticinco.



llegan los días del perro, se acerca la canícula;
vuelve Sirio a salir antes que lo haga el sol
y a refrescar la brisa que refresca la casa
en las horas tempranas del día adolescente,
mientras sueño la tarde que pasaré a tu lado;

tu cuerpo junto al mío, tu pelo entre mis dedos...
... ... ...

¿fuiste o sólo recuerdo que deseé que fueras?

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arena. veintiséis.
he pasado la noche siguiendo con los dedos
el rastro de la lluvia sobre el muro de adobe;

la soledad jugaba a pisarme la sombra;
me besaba en la boca con sus labios de nieve
y me cubría el pecho con lascas sulfurosas;

en la madera blanca que cubre tu ventana,
con el polen rojizo de mis alas deshechas
he dibujado grietas por las que introducirme;

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arena. veintisiete.
ha entrado lucifer por la ventana
- javier díaz. (ángeles. varia)



desde el gélido vientre de las dunas de cobre
un berilo azulado se abre paso entre nubes;
montando el delicado lomo de una libélula
cabalga hasta la triste blancura de mi lecho;
besa la insoportable orfandad de mis labios,
juega con mis pestañas y me llena los ojos
con destellos hialinos dulces como el almíbar...

te seguiré soñando !
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