Cuando Fátima, mujer entrada en kilos y en años, negra, lesbiana y musulmana, despertó aquella mañana de domingo, se había transformado en un espantoso monstruo. Era un joven blanco, calvo y atlético, heterosexual, de clase media alta. Un incesante deseo de poseer, de violentar y matar le ardía en la sangre. Se levantó. Observó en el espejo, con repugnancia, los ojos claros, la piel mortecina, el estómago satisfecho y ese... ese miembro que se alzaba entre las piernas. Sintió miedo; pensó que iba a enloquecer, que se desvanecería en un ataque de pánico. Respiró. Escuchó en silencio unos segundos, palpándose el pecho. Nada. No tenía corazón. Era un enloquecido pedazo de carne maloliente amarrado a un único deseo. Consumir. Un repentino vómito le ascendió por la garganta al considerar esta idea: se enroscaría sobre sí misma, como un gusano, y con ese miembro cada vez más y más duro, más y más erecto, podría penetrar salvajemente su propia boca.
Entonces despertó, bañada en sudor.
Sobre la mesita estaban el vaso de agua y la medicación. La mañana siguiente debía visitar al psicólogo y a la asistenta social. Necesitaba ayuda. 2400 euros mensuales no daban para nada. Lo había considerado muy en serio: denunciar al ciudadano español de origen africano que yacía a su lado en la cama, padre de sus cuatro hijos y hacedor por la gracia de Alá del que estaba en camino. Sabía del riesgo tremendo. Un riesgo mortal. Pero se aproximaba el cumpleaños de Ibrahim, su orgullo, el sol de su vida, e Ibrahim quería la PS5; Mohamed necesitaba un móvil nuevo, Rachid tenía el patinete roto y Aisha... la pequeña Aisha pronto usaría bufandas, pañuelos, túnicas, vestidos. Aquello no tenía fin. Tomó otra pastilla y un sorbo de agua, y, pensando en Yasmina, su amiga de la infancia, en el dormitorio de la casa paterna donde, tumbadas semidesnudas sobre la alfombra, descubrieron ambas la Gloria del Profeta, pudo por fin volver a dormir.

