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El tunning ... ¡vive!
Si uno mira la crisis actual del cine con perspectiva histórica, la sensación de catástrofe se relativiza.
Reanimator: el cine después del cine
Cada época cree vivir su propia excepción histórica. Nos gusta pensar que lo que ocurre ahora —la desaparición de salas, la avalancha de plataformas, el consumo fragmentado y solitario— no tiene precedentes. Que esta vez sí estamos ante el final definitivo.Pero la historia de los medios, vista con calma, es menos apocalíptica y más biológica. No hay finales, hay mudanzas. Lo que hoy llamamos “crisis del cine” quizá no sea la muerte de un arte, sino su traslado de domicilio.Ya ocurrió antes.Internet: el nuevo climaLa radio fue un invento. La televisión, una máquina. El videoclub, un formato.Internet, en cambio, no es exactamente un medio: es el clima donde todos los medios respiran.No compite con la prensa, la radio o el cine: los absorbe. Los disuelve. Los convierte en archivos accesibles bajo demanda. En lugar de añadir una capa más al ecosistema, cambia las reglas del juego entero.Durante el siglo XX, cada medio tenía su territorio físico: el quiosco, el salón, la sala de cine, la tienda de alquiler. Había lugares concretos para cada experiencia. Internet elimina esa geografía.Todo cabe en la misma pantalla.El periódico se vuelve pestaña. La radio, podcast. La televisión, streaming. El cine, archivo infinito. Por primera vez, los medios dejan de ser espacios y se convierten en interfaces. Y eso altera no solo la distribución, sino la propia naturaleza de lo que producen.Cuando el papel se volvió píxelLos primeros en comprobarlo fueron los periódicos. Durante décadas, la prensa escrita pareció indestructible. Tenía imprentas, camiones, quioscos, suscriptores fieles. Era una industria sólida, casi decimonónica.Entonces llegó la web.Al principio fue un complemento. Luego una réplica digital. Después, el centro de gravedad. La publicidad emigró. Los lectores también. El papel dejó de ser necesario.¿Desapareció el periodismo? No.Pero cambió de forma. Se fragmentó. Se aceleró. Se precarizó. Se hizo inmediato, continuo, menos reflexivo. Más abundante y, muchas veces, más superficial. La calidad media cayó, mientras la cantidad se disparaba.Suena familiar.Los “estómagos hambrientos” del contenidoCada nueva infraestructura genera una demanda insaciable.La radio necesitaba horas de programación. La televisión, parrillas diarias. Los videoclubs, estanterías repletas. Las plataformas de streaming necesitan algo todavía más voraz: catálogos infinitos.No basta con estrenar una película cada semana. Hay que alimentar un algoritmo que promete disponibilidad constante. Novedades permanentes. Rotación continua. Sensación de abundancia.El problema es sencillo: la creatividad humana no crece al ritmo del ancho de banda. Y cuando la demanda supera a la oferta de calidad, la industria hace lo que siempre ha hecho: producir más rápido, más barato, más estándar.Ya lo hemos vivido.En los años ochenta, el videoclub generó una fiebre parecida. Miles de tiendas necesitaban cintas para llenar estanterías. No importaba tanto la excelencia como el volumen. Surgieron productoras especializadas en serie B industrial, nombres como Cannon Films —hoy casi legendarios por motivos equivocados— capaces de fabricar acción, explotación o fantasía a ritmo de cadena de montaje.El resultado fue una paradoja: más cine que nunca, pero menos memorable. La cantidad como sustituto de la calidad. El presente del streaming recuerda inquietantemente a aquel momento.Mucho contenido, pocas películasVivimos la era con más imágenes en movimiento de la historia. Nunca se ha producido tanto. Nunca ha habido tantas series, películas, documentales, miniseries, spin-offs, remakes, precuelas, universos compartidos.Y, sin embargo, la sensación dominante es de agotamiento.No faltan títulos. Faltan acontecimientos. Antes, una película era un evento cultural. Hoy es una miniatura que aparece en una cuadrícula, compitiendo con otras veinte. El gesto de elegir pesa más que la obra elegida.El algoritmo recomienda. Nosotros deslizamos. La experiencia se parece más a hojear un supermercado que a entrar en un templo. La pantalla doméstica no convoca: dispersa.El algoritmo como nuevo programadorDurante décadas, alguien decidía qué veríamos y cuándo.El director de programación de una cadena; el dueño del cine del barrio; el encargado del videoclub. Había mediadores humanos. Ahora decide una fórmula matemática.El algoritmo sustituye a la parrilla. No piensa en obras, sino en retención. No busca calidad, sino permanencia. No pregunta “¿es buena esta película?”, sino “¿evita que el usuario se vaya?”.Es un cambio silencioso pero radical.El cine, que durante un siglo se concibió como arte de la sala oscura, pasa a depender de métricas invisibles: minutos vistos, tasa de abandono, clics, recomendaciones cruzadas. La lógica cultural se subordina a la lógica estadística. No es necesariamente el fin del cine, pero sí el fin de cierta idea romántica del cine.La pregunta ya no es qué quiere contar un autor, sino qué tolera mejor la plataforma.¿Y las salas?Mientras tanto, las salas cierran. No todas, pero suficientes como para que el fenómeno sea irreversible. Los cines de barrio desaparecen. Los multicines sobreviven con dificultad. Solo resisten los grandes estrenos-espectáculo o los circuitos especializados.De nuevo, el paralelismo histórico es claro.La ópera perdió su centralidad y quedó como experiencia de nicho. El teatro dejó de ser entretenimiento masivo. La radio abandonó el salón. El cine probablemente siga el mismo camino: menos cotidiano, más excepcional.Festivales. Filmotecas. Eventos. Estrenos convertidos en ceremonia. No será el fin, sino la especialización. Como la ópera.Entonces, ¿qué destino le aguarda al cine?Si seguimos el patrón histórico, no deberíamos esperar una desaparición, sino una bifurcación.Por un lado, el cine como contenido industrial, integrado en plataformas, diseñado para consumo rápido, episódico, serializado, gobernado por datos.Por otro, el cine como experiencia cultural consciente, más escasa, más cuidada, quizá más cara, pero también más significativa: proyecciones colectivas, versiones restauradas, directores con voz propia, público dispuesto a desplazarse.Dos funciones distintas para un mismo lenguaje.Igual que la radio es a la vez hilo musical y periodismo en profundidad. Igual que la prensa es a la vez titulares instantáneos y revistas de largo aliento, el cine podría convertirse en eso: una doble vida. Tal vez siempre lo haya sido. Fondo infinito para el consumo cotidiano. Y, de vez en cuando, acontecimiento.Imaginar el despuésTal vez dentro de veinte años ir al cine se parezca más a ir a un concierto que a encender la televisión. Algo que se planea, que se comparte, que se recuerda. Y tal vez el streaming deje de ser la promesa de novedad constante y se estabilice, como hicieron la radio o el cable, en catálogos más curados, menos compulsivos.Cuando la fiebre pase, quedará lo esencial. Siempre ocurre así. Después del ruido, sobreviven las obras. Después de la saturación, la selección. Después del exceso, la forma.El cine ya sobrevivió al sonido, a la televisión, al VHS y al DVD. Ha cambiado tantas veces de piel que quizá su verdadera naturaleza no sea la permanencia, sino la metamorfosis. Porque el cine no es un edificio: es un lenguaje. Y los lenguajes no mueren: se adaptan a la siguiente pantalla.Aunque todavía no sepamos cómo será exactamente esa pantalla.Tal vez una pequeña, de seis o siete pulgadas, en la que puedes contar una historia mediante un sencillo prompt.(Continuará… o quizá, simplemente, empezará otra vez.)
¿Es el cine la nueva ópera?
¿Es el cine la nueva ópera?



Hubo un tiempo —no tan lejano— en que el mundo entero se apagaba a la misma hora.
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Por el rastro se da con la liebre.
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todo mu grande y mu limpio, que se note que estamos cegatos
se amplían las categorías para textos (igual son muchas :-D) y se modifica el archivo de textos
afeitado y encoloniado. continuará ...
La luz de los viejos NavyTales guía la mano que escribe en la sombra. Quedan dos días de Navidad.
Llueve en el levante de la península. Agua para todos, dice el cielo. Feliz Navidad, besos y risas