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¿Es el cine la nueva ópera?
Textos · No ficción creativa · 0.0

¿Es el cine la nueva ópera?

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que el mundo entero se apagaba a la misma hora.

Las luces de la calle se atenuaban, el murmullo del público se convertía en un rumor espeso, alguien carraspeaba en la fila de atrás, y de pronto la pantalla se encendía como un altar. Durante dos horas, cientos de desconocidos respiraban al mismo ritmo. Reían juntos. Lloraban juntos. Se asustaban juntos.

Ese ritual tenía nombre: ir al cine.

Durante buena parte del siglo XX, el cine no fue simplemente una industria del entretenimiento. Fue el gran acontecimiento cultural colectivo de la modernidad, una experiencia compartida que funcionaba casi como lo hizo la ópera en los siglos XVIII y XIX: espectáculo total, escaparate tecnológico, negocio colosal y, al mismo tiempo, mito popular.

La pregunta que sobrevuela hoy —cuando las salas se vacían y las plataformas domésticas gobiernan el consumo audiovisual— es inevitable: ¿fue el cine la nueva ópera de la era industrial? ¿Y estamos presenciando ahora su declive histórico?

El nacimiento de un rito moderno

Cuando en los años veinte del siglo XX el cine sonoro consolidó su lenguaje, algo cambió de forma irreversible. El cinematógrafo dejó de ser una curiosidad técnica para convertirse en una máquina de sueños industrializados.

Walter Benjamin, en su célebre ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), ya advirtió que el cine alteraba la relación entre arte y público: la obra dejaba de ser única, “aurática”, para multiplicarse y circular masivamente. Paradójicamente, esa pérdida de aura generó otra distinta: la del evento colectivo. La sala de cine se transformó en una catedral laica.

Hollywood lo entendió antes que nadie. El sistema de estudios —MGM, Paramount, Warner, Fox— organizó la producción como si fuera una cadena de montaje fordista. Actores contratados, directores en plantilla, géneros estandarizados, estrenos sincronizados. El cine fue, desde muy temprano, industria pesada.

Pero también fue mitología.

Las estrellas eran dioses modernos. Greta Garbo, Chaplin, Bogart o Rita Hayworth no eran intérpretes: eran modelos de comportamiento, estilos de vestir, aspiraciones sentimentales. Edgar Morin lo explicó con precisión en Las estrellas: mito y seducción del cine (1957): el star system funcionaba como una fábrica de arquetipos emocionales.

El público no solo veía películas. Aprendía a amar, a fumar, a bailar, a besar. Aprendía a ser moderno.

El cine como fenómeno cultural dominante

Antes de la televisión, el cine era el gran narrador del mundo.

Para millones de personas, especialmente en contextos de guerra o posguerra, la sala era la ventana a realidades lejanas. Allí se construía la memoria colectiva. Las imágenes del desembarco de Normandía, del oeste americano, de la vida urbana neoyorquina o del París romántico se fijaban en la retina como si fueran experiencias propias.

El historiador Robert Sklar, en Movie-Made America (1975), argumenta que el cine no solo reflejó la cultura estadounidense, sino que la inventó activamente, exportando un modelo de vida que luego el planeta entero adoptó.

El western enseñó una ética. El musical vendió optimismo. El cine negro destiló la paranoia del siglo. El melodrama codificó el amor.

Durante décadas, las películas fueron una conversación mundial simultánea. Todo el mundo sabía quién era Marilyn Monroe. Todo el mundo había visto Lo que el viento se llevó. Todo el mundo compartía referencias.

Hoy eso parece casi imposible.

El espectáculo de masas

Ir al cine también era un gesto social. No se trataba solo de la película, sino de salir de casa.

Las grandes salas —palacios cinematográficos con lámparas de araña, balcones y alfombras— eran espacios de encuentro interclasista. El obrero y el ejecutivo podían sentarse en butacas contiguas. En cierto sentido, el cine democratizó el ocio.

Los autocines, nacidos en Estados Unidos en los años cincuenta, añadieron otra capa simbólica: el coche, la juventud, el romance suburbano. El cine se mezcló con la cultura pop y con la intimidad adolescente.

Era una experiencia física. Olor a palomitas. El sonido envolviendo el cuerpo. La risa contagiosa. El silencio colectivo antes del clímax.

Como apuntó el crítico André Bazin, fundador de Cahiers du Cinéma, el cine tenía una relación ontológica con la realidad: la fotografía en movimiento capturaba el mundo mismo. Pero esa verdad técnica se amplificaba en la sala compartida. La emoción se multiplicaba.

Ver una comedia solo en casa nunca fue igual que escuchar a trescientas personas estallar en carcajadas al unísono. El cine era, literalmente, multitud.

El negocio detrás del sueño

Sin embargo, junto a la poesía siempre estuvo la contabilidad.

Desde los años veinte, el cine fue uno de los sectores económicos más rentables del planeta. Los estudios integraban producción, distribución y exhibición. Controlaban todo el circuito. La película no era solo arte: era mercancía.

Las majors diseñaron fórmulas, secuelas y franquicias antes de que esas palabras existieran. Si algo funcionaba, se repetía. El riesgo se calculaba. El talento se negociaba.

El sociólogo Theodor W. Adorno, con su habitual escepticismo, habló de “industria cultural”: productos estandarizados que daban la ilusión de novedad. Para él, el cine era entretenimiento programado.

Puede que tuviera razón en parte. Pero incluso dentro de esa maquinaria surgieron obras maestras. Ahí reside la paradoja: el cine fue el único arte capaz de ser simultáneamente industrial y sublime.

Un poema necesita papel. Una sinfonía, músicos. Una película, cientos de trabajadores, laboratorios, cámaras, proyectores, salas. Era capitalismo a gran escala… produciendo mitos colectivos.

Las primeras grietas: televisión y videoclub

El declive comenzó mucho antes del streaming.

La televisión, en los años cincuenta, llevó las imágenes en movimiento al salón. Por primera vez, el espectáculo competía con la comodidad doméstica. Las cifras de asistencia a salas cayeron drásticamente.

La respuesta fue espectacularizar más: pantallas panorámicas, Technicolor, 3D primitivo, superproducciones bíblicas. Había que ofrecer algo que la televisión no pudiera.

Funcionó durante un tiempo. Luego llegó el videoclub en los ochenta. La película dejó de estar ligada a un horario y a un lugar. Se podía alquilar, pausar, rebobinar. La experiencia colectiva empezó a fragmentarse.

La relación con el cine cambió silenciosamente: de evento social a consumo individual.

De templo a opción

A principios del siglo XXI, el cine en salas todavía parecía indestructible. Sin embargo, algo se había roto. El espectador ya no necesitaba ir. Podía elegir.

Y cuando la experiencia deja de ser obligatoria y se convierte en una opción más, pierde su carácter de rito colectivo.

La pregunta vuelve entonces con fuerza: si la ópera dominó la cultura burguesa del siglo XIX y luego se convirtió en arte de nicho, ¿le está ocurriendo lo mismo al cine?

¿Estamos viendo cómo el gran espectáculo popular del siglo XX se transforma en una práctica minoritaria, casi ceremonial?

Las luces siguen apagándose en algunas salas. Las películas continúan proyectándose. Pero la multitud ya no acude como antes.

Tal vez el cine no esté muriendo, sino cambiando de estatus: de fenómeno de masas a experiencia especializada, de costumbre semanal a evento esporádico. Como la ópera.

Y mientras las butacas vacías se acumulan, una nueva pantalla —más pequeña, más íntima, más portátil— se enciende en millones de hogares.

Ahí empieza otra historia. La del streaming.

(Continuará.)


Notas y referencias

  1. Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, 1936. Ensayo fundamental sobre la pérdida del “aura” en el arte reproducido mecánicamente y el papel del cine como forma cultural de masas.
  2. Edgar Morin, Las estrellas: mito y seducción del cine, 1957. Estudio sociológico del star system y la construcción simbólica de las celebridades cinematográficas.
  3. André Bazin, ¿Qué es el cine? (Qu’est-ce que le cinéma?), varios ensayos publicados entre 1945 y 1958. Reflexión crítica sobre el realismo cinematográfico y la ontología de la imagen fílmica.
  4. Robert Sklar, Movie-Made America: A Cultural History of American Movies, 1975. Historia cultural que analiza cómo el cine moldeó la identidad y el imaginario colectivo estadounidense.
  5. Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, 1944. Capítulo sobre la “industria cultural”, donde se examina el entretenimiento de masas como sistema de producción estandarizado.
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