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UN CUENTO DE NAVIDAD
Ese día, es decir aquella noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral de San Isidro tratando de ocultar mi soledad, no porque la soledad me moleste tras cuarenta años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar apartado. Es que, sin ser religioso, más aún tratando de seguir no siéndolo, quería estar abierto a cualquier signo extraordinario que pudiera darse en la fecha del pretendido nacimiento de Jesucristo. Un capricho, digamos; una ocurrencia absurda, una prueba de que en algún momento la mente necesita salir del rigor lógico.

Así, tras dejar atrás el empedrado de la avenida del Libertador, girando alrededor del templo, me dirigí hacia el balcón a cuya vera se abre la sinuosa escalera que desciende hacia la ribera. Cuando bordeaba la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson distinguí la espalda de un hombre, disimulada por la escasa luz. Por un momento pensé volver sobre mis pasos pensando que una presencia humana alteraría mi voluntad de diluirme en la naturaleza esperando acontecimientos fuera de lo común.
Navitale y tal y tal
Hoy toca de guerrero galáctico. Armado de un extraño rifle espacial del que sale un tubo que conecta a algo parecido a una mochila cuadrada sujeta a la espalda, un chocante casco al que un pico de feroz águila sobresale en la frente, gruesas botas de grandes hebillas, pistola de largo cañón sujeto al extremo de una bandolera plagada de gruesos proyectiles, todo él minuciosamente pintado en purpurina plateada que casi no le permite mover las pestañas, permanece de pie, muy quieto, sobre un pequeño cajón.

Edgar Guzmán, ocho meses hace que llegó de otro mundo allende los mares, está plantado en el cruce de Postas y Sal, muy cerca de la Plaza Mayor, precisamente donde Don Baldomero, padre de Juanito Santacruz, tenía, según cuenta Galdós, su tienda de paños, y donde, desde principios del XVII, si bien luciendo aires nuevos, se encuentra la célebre 'Posada del Peine'. Pero Edgar no conoce esos detalles, ni ha tenido nunca demasiado tiempo para lecturas. Si acaso, le suena algo de su paisano, santiagueño como él, Manuel del Cabral:
NACER
Si nacer es emerger del barro y luego ser otra cosa, ¿sabe alguien de alguien que haya nacido? ¿Alguien ha llegado a conocer su rostro, o escuchó de él alguna palabra?

Porque los embates del océano parecen siempre los mismos, y su vientre vierte una y otra vez sobre la arena parecidos engendros. Allí pugnan todos por atrapar un rayo de sol, una mínima raya de oxígeno. Confundidos con la la playa, sobreviven.
GRISES EN LAS ESQUINAS
Cafetería en la Gran Vía MADRILEÑA, mañana otoñal, una mano que se apoya en el hombro y obliga a volver la cabeza. Tras el gesto amical una pregunta quizás anhelante, siempre dudosa:

- ¿ Tu no eres ...?
Navidades blancas: Adolf versus Oscar
La neblina, las nubes o aquello que fuese que techaba la llanura helada se mantenía flotando a poca altura sin llegar al suelo. Su color no era propiamente gris, pero se asemejaba, o acaso fuese un pálido reflejo de lo que de antaño recordaban sus mentes.

En un rincón del suelo unas huellas que parecían venir de ninguna parte terminaban en un montículo con forma de sillón modernista todo él de hielo seco. Allí sentado estaba alguien solitario vestido a la usanza decimonónica del Londres de fin de siglo. Pelo largo algo revuelto y un rostro displicente de nariz casi femenina, que no paraba de mirarse, ahora los pies, después las manos, más tarde el borde de su gabán, hasta que una aparición interrumpió su ensimismamiento.
Monólogo navideño
Me encanta este rincón. Han puesto un banco nuevo, al lado de la fuentecita y debajo del castaño. Te tengo enfrente y vengo a contarte varias cosas. Algunas ya las sabes, ciertos cambios en mi vida con los que sé que estarías de acuerdo.

¿Te gusta mi coche nuevo? Se acabaron los energúmenos de cuatro ruedas, el gasto indecente en gasolina, las dificultades para aparcar. Tus nietos lo llaman el huevo y se pelean por ir delante. A meterse atrás lo llaman enhuevarse: -Hoy te toca enhuevarte a ti. -¡Ja, lo flipas! Yo no me enhuevo ni de coña. Y así, pero a mí me da igual. Tampoco me dejan conducir cuando van ellos: o tu nieta o su novio. Hija, sólo tú confiabas en mis aptitudes... ¿o no? Porque ese pie derecho tuyo, frenando sin parar aunque no tuvieras pedales... El caso es que estoy satisfecha, además, ya no rompo los faros del de detrás. Me avisa cuando aparco de que me acerco demasiado: bip, bip, bip, biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip. Te advierto que mucha tecnología, pero se cuela. Cuando bajo y miro detrás, quedaba todavía un buen trecho para tocar al otro. El caso es que ya no tengo que dejar papelitos en los parabrisas pidiendo perdón y dando mis datos. Los debe tener medio Madrid.
NaVyTaLeK
La nieve cubre el prado y el jardín en esta mañana de navidad. Ya son las diez y Jesús se ha levantado un poco antes de lo habitual. Ha mirado por la ventana de su alcoba y ha sonreído a la nieve y al sol del invierno como sólo él sabe hacerlo. Luego ha ido a la cocina. Descalzo, para sentir el frío y despejarse. Allí ha pedido un café y se ha sentado junto al hogar, frente al fuego, mirando danzar las llamas.

- ¿Se ha levantado Padre? - pregunta.
- No ha dormido esta noche. Creo que está muy enojado.
- Siempre está enojado - sonríe Jesús.
( Buscando a Jack )
Buscarte, esa es la última misión. Hago un enérgico desayuno, no me van a sobrar las energías, zumo, tostadas, café con leche y un par de huevos pasados por agua. Empezaré por la línea 13, me subiré al autobús y dejaré que me arrastre por la ciudad atenta, tras el cristal, a la rosa negra de su pelo, a su caminar cansino, al brillo diamantino de los ojos que tantas veces rayó los míos. Le echo de menos a rabiar, es un sentimiento visceral que se define en blanco y naranja mientras apuro, con la cucharilla, la cáscara del último huevo. Me pongo el abrigo y el gorro, la bufanda, busco los guantes y me cuelgo el bolso. No friego los cacharros que he ensuciado, tal vez cuando vuelva, tal vez, cuando vuelva, esté desganada y en vez de fregarlos los tire, para que los laman las ratas, para que arrebañen las migas las cucarachas, para que se den un festín los gusanos de las cloacas. De camino a la puerta compruebo cuanto dinero llevo en la cartera, de las llaves voy despreocupada, desde que se fue, ya no he podido cerrarla, nunca más. Nunca más; no quiero pensar en eso, nunca más es demasiado tiempo hasta para mí, nunca mas es todas las cosas, es ninguna. Es absurdamente definitivo, mediocre, mezquino. Bajo las escaleras con los ojos bien abiertos intentando escupir por ellos ese nunca más que me atrona.

Veo el autobús parado en el semáforo, en breves segundos estaré subida en él y comenzará mi periplo, me viene un eructo con sabor a zumo de naranja que hace que se me llenen los ojos de lagrimas, un transeúnte al verme se apiada de mi, se lo noto en la mirada, se preguntará por qué una chica como yo tiene los ojos llenos de lagrimas en uno de estos días tan felices, se preguntará un montón de tonterías más a medida que consume su camino y se responderá a ellas, a la carta. Llega el autobús y me subo, aprovecho la primera ocasión para sentarme y echando la vista a la acera me despreocupo de ancianos y tullidos, me concentro, en lo mío, yo busco, te busco, incansable todos los días, esa es mi última misión y no me importa nada más.
¿NAVIDAD?
Mi memoria me transporta a la infancia, a los días en los que el primer sonido de la Navidad era el de los niños de San Ildefonso con su monótona letanía regalando sueños.

Era otro tiempo, no había ordenadores ni consolas ni juegos virtuales, Poníamos el Belén y en la Plaza Mayor comprábamos zambombas y panderetas para acompañarnos sus con ruidos "infernales" mientras pasábamos horas cantando villancicos. Jugábamos a los Juegos Reunidos Geyper y buscábamos en los cines cercanos buenos programas dobles para pasar las heladoras tardes de Diciembre: Hatari, La taberna del Irlandés, Tú a Boston y yo a California, toda la saga de Sissi, Los robinsones de los mares del Sur. y para los chicos imprescindibles pelis de vaqueros o de romanos.
POBRE GATO
[-¡Pobre gato! -dijo ella-. ¿No sentís remordimientos?
-¿Remordimientos? -respondí-. ¿De qué? No es preciso sentir remordimientos por la suerte del gato.]

I- «El mundo tiene dos partes,...
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solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
es mucho mejor enviarlas a ciudades con millones de habitantes
llámalo virus "hocasiondemedalla" pq otro barco (limpio) junto al barco (sucio) no es un lugar de cuarentena adecuado para personas no enfermas
otra vez, con el hentaivirus No es así... bah, que más da.
He dejado otro regalito. Abrazos a la familia.