El virtuoso de la inteligencia
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Despertó la mujer al roce frío
del aire que lindaba con su cuerpo. Del abrazo
Solamente quedaban en su espalda huellas
Sangrientas como azote de cilicio. El virtuoso
Se palpó el pecho, y para su sorpresa,
No halló más que un tubérculo al que le crecen tallos
(tentáculos resueltos en tenazas
dispuestas a aferrar la vida desde lejos).

Se intuyó infectado por virus de desamores,
y supo que la forma de evitar contagios
era esterilizarse sentimentalmente.
Ya no volvió a besar. De inmediato
rechazó a la mujer del sueño con la palma
enhiesta en ademán cortés hasta el absurdo:
aquel de quien declina una segunda copa.

El doble azul se hizo de nuevo legionario
en pos del codiciado botín de raciocinios
para amueblar su alma con el habitual muestrario
de certezas habitables y explicaciones exquisitas.

(También hay quien atesta
la sala de muebles inservibles
para ocultar las siluetas arbitrarias
que impone la humedad en las paredes).


IV

La mujer del mañana retrocedió sobre sus pasos.
Iba dejando un rastro de diamantes en la hierba.
Y el virtuoso de la inteligencia quedó solo,
encerrado bajo llave en el imponente
aunque angosto minarete del pasado,
cumpliendo la amarga autocondena
de no volver a vivir, porque duele.

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Barriguitas de Famosa, Amadis II - Poesia - Obra N. 21

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