POBRE GATO
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Y (a ti no te hubieran engañado, lo sé), era verdad. Había un cincuenta por ciento de posibilidades de que ocurriese una u otra cosa, y aún sabiéndolo, traer impregnada en mi piel de onda aquel otro cincuenta por ciento, me hace sonreír. Hasta un niño pequeño podría haber dicho, incluso sin abrir la caja, que dentro de ella se había producido una y sólo una de ambas probabilidades. Dentro sólo podría haber un gato muerto o un gato vivo, jamás las dos cosas al tiempo. Pero ni tú ni Roger ni yo, ni nadie, deberíamos olvidar las palabras de otro físico: «Un fenómeno no es un verdadero fenómeno hasta que no es un fenómeno observado».
Ha sido un viaje un poco extraño, amor, pero cómodo; no tuve que esforzarme (menos mal, últimamente, aunque no he dicho nada, me siento un poco débil). Me costó más trabajo convencerle de que me permitiera vivir mi propio experimento. Se empeñaba en hablarme de ti, de nosotros, y sus palabras, atándome firmemente -como la cuerda- me retenían, en tanto que el dolor y las náuseas me curvaban. Trato de imaginar su pena, pero no puedo: en el vacío sólo viajan las Ondas. Sólo. Hoy, Roger se quedará con las ganas de contarme chistes a la salida de la sesión de radioterapia.
-Sí -escribí hace días en mi diario-. Otra vez; es necesario. Otra vez la angustia, el miedo, pero no me rindo; y si yo no me rindo, los médicos tampoco. Dicen que ésta es la definitiva; yo los creo porque sé que tienen razón y porque he dejado de sentirlas. ¿Cuándo? Da lo mismo, ahora no necesito paradojas, sólo necesito certidumbre: saber qué sentirás tú cuando llegue a tu lado. Por eso, no lo retrases más. Da la luz y siéntate al piano. Hace tantos meses que no compones, que no interpretas. Y ya es tiempo. Únicamente tú puedes poner fin a este sueño. Y así, en tu alma, como yo deseo, como necesito, podré ser la música; la que tú imaginas, la que tú sientes. Podré ser el medio. Podré ser la onda.
V.- «Tal como ocurre cuando vibra la cuerda de un violín o una guitarra, la onda tiene que entrar en el espacio en el cual está vibrando, la onda abarca toda la cuerda.»
Por fin hay luz, y creo que sonrío. Por fin caes en la cuenta; lo sabes, no estás solo -«nada muere amor, sólo se transforma»-. Sé que has advertido mi presencia; me estremece oír tus pensamientos, tus: «esto es absurdo; es absurdo.»
Abarco toda la cuerda, y después -sinuosa- me enrosco y te hablo al oído:
-¿Recuerdas?, lo que a Schrodinger le resultaba absurdo era la proposición de Bohr diciendo que la función de onda no colapsa en un estado determinado hasta tanto un observador inteligente hiciera una medición u observara lo que pasa. «Por eso ideó aquella historia preguntándose si el gato es o no es un observador inteligente, porque entonces es necesario mantener la afirmación que el gato es mitad muerto y mitad vivo hasta que alguien abra la cámara», cosa que no puede sonar más descabellada. Y esto es aún más descabellado, cuando se agrega a un observador que a su vez está solo o no es observado; entonces, éste, mirando el experimento del gato, ¿provocará el colapso de la función de onda o debe aparecer otro observador?
¿Dónde termina todo? ¿Dónde empieza lo «otro»? ¿Dónde ponemos el limite entre estados superpuestos y realidad concreta?, me pregunto, mientras tus dedos arrancan ondas a las teclas del piano.
¿Sabes, amor mío?, yo seré tu música.
por ©indah
2002
NavyTales, v.2006
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