Me ha tocado morir varias veces. Esta vez ocurrió en Aranjuez. Se aprende a morir, yo lo acabo de hacer y sigo viviendo. He llegado a la conclusión de que las pequeñas muertes te empujan a vivir otras vidas.
Hemos vuelto de noche a Madrid; hemos dejado atrás Pinto y llegado a Valdemoro. Me he echado a reir cuando él me lo ha dicho, porque así ha sido nuestra pequeña historia fallida y así hemos estado estos meses, entre Pinto y Valdemoro.
Qué feo es el paisaje que acompaña a la carretera. Para que luego digan que la felicidad está en el trayecto. La felicidad estaba en Aranjuez, aunque a la vuelta hemos ido tarareando las canciones del primer CD que me regaló.
Lo he metido todo en el mismo saco: ilusión y decepción, chistes y tristeza, música y libros, y lo he colocado cuidadosamente en el maletero. Ahora no me pesa, pero debería comprarme un coche más grande.
Le acaricio la cara mientras conduzco, quizás por última vez. Me muero un poquito en ese kilómetro y renazco en el siguiente.
Confieso que dudé; cuando me propuso pasar allí ese día dudé porque inuía que me iba a morir. Y aviso que duele salir de la piel. ¿Cómo puede una piel que te permite vivir qudársete un día tan estrecha que te impide crecer? No me había dado cuenta de lo larga que era hasta que mirando por el retrovisor vi que los coches se colocaban en fila india intentando esquivarla. Serpenteaba a lo largo de cincuenta kilómetros como una inmensa anaconda, kilómetros de envoltorio de un trozo de vida que toca a su fin.
Estuve pensando en volver a recogerla, pero se ha pueso a llover y se habrá disuelto entre el asfalto y el caucho de las ruedas.
Me asaltan lo tópicos. Qué mal vistos están, qué desacreditados, con lo ponibles y adaptables que son. Echo mano de todos porque todos ellos me valen. Fue bonito mientras duró. Este me gusta especialmente, hay muerte y vida, y mucho pellejo, un saco que espera a llenarse de ilusiones y decepción, chistes y tristeza, música y libros.
Se lo acabo de recomendar a dos amigas aquejadas de una moribundez añosa. Lo veo en sus ojos, en su ajada piel, en sus tristes zapatos tristes, porque a los zapatos de las mujeres atribuladas o les falta tacón o están sucios y descuidados. Y además han dejado de cantar; ni cantan ni lloran ni saben reir los chistes; ni terminan ni renacen. Y es que amores que matan, nunca mueren.
¿Por qué no os vais a Aranjuez? Es un buen sitio para morir.
Aranjuez es un buen sitio para morir.
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