lovetale
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Samuel Pound llega a casa cansado después de una larga jornada de trabajo. Es un hombre detallista con sus cosas, y metódico, así que nada más abrir la puerta del apartamento, como todos los días, se quita las botas y entra descalzo. Sin encender si quiera la luz del pasillo se dirige al cuarto de baño, se pega una ducha, se afeita e, inmediatamente después, cena en la cocina silenciosa y vorazmente. Una vez limpio y satisfecho el apetito se sienta en la sala de estar y enciende la tele. A Samuel Pound le gusta estar bien informado, por eso los noticiarios son sus programas favoritos, los escucha con atención y con los datos que es capaz de entresacar de tanta palabrería, obtiene sus propias conclusiones, abandonado cómodamente sobre el sofá y sobre la marcha resuelve, no intenta cambiar el mundo pero lo observa con inquebrantable admiración.

A las diez en punto, ni un minuto antes ni un minuto después, a las diez en punto, el reloj de cuco de la vecina de al lado da por última vez en el día su señal horaria, lo hace con meticulosa pulcritud en diez "cu-cu" que caen en obediente abandono por la espiral que marcan las astas del reloj, pasa el tiempo lentamente, imperturbable pasa, como una onda sísmica: por dentro, por encima y por debajo. Samuel Pound bosteza, estira un brazo y saca del cajoncito de la cómoda una caja de cartón, está llena de cosas: una pluma de algún pájaro desconocido para él, pero bonita, una peonza vieja, un mechón de pelo, una margarita seca... y un recorte de periódico, lo toma cuidadosamente entre los dedos y lee, una vez más:

"Teresa, 29 años, Madrid. Me gusta ir al cine, dar largos paseos bajo las estrellas o a la luz de la luna, pero no me gusta hacerlo sola: llámame..."

Es un recorte de periódico, nada más, y no lleva foto, tan solo un número de teléfono, pero Samuel no la necesita, siempre fue un hombre de recursos propios y a lo largo de su vida, jamás dejó de saber cerrar los ojos y pensar, imaginar, pesar y sopesar.

En la calle los ruidos amainan, entre sus dedos el recorte de papel, es martes y llueve.

Teresa, 29 años. Entrecierra los ojos y es capaz de verla sin demasiada dificultad, la habitación en penumbra se llena de Teresa, la ve con su faldita recta por encima de la rodilla y una chaqueta azul celeste colgada en el brazo, la ve esperándole en la esquina de la placita a primera hora de la tarde de un domingo primaveral. La ve sonreírle y mirarle, y engancharse de su brazo cuando llega a su altura.

- Mañana sin falta, a la hora del bocadillo, le llamo por teléfono.

Enciende un cigarrillo y se levanta a abrir la ventana, al hilo del humo sinuoso se entretiene en las curvas de su cuerpo, la mira mientras se acerca a ella, al hilo del movimiento de sus labios describe una sonrisa y un beso en la mejilla y, cuando el viento le agita los cabellos y le ve la nuca, el maravilloso cuello, la oreja pequeña y blanca comprende que jamás, jamás se cansará de mirarla

Da una profunda calada al cigarro.

- Si no le llamo ahora es porque ya no son horas.

En la televisión alguien está hablando del calentamiento global

- Mañana sin falta le llamo por teléfono, en un santiamén que me escape del trabajo.

Le gustaría, a Samuel Pound, caminar amarraditos por la acera de camino al cine Avenida y describir, en ese recorrido, la meteorología de sus días minuto a minuto. Le gustaría que, tal vez, lloviese y sujetarla por el hombro rodeándola con su brazo derecho, y observarla el perfil, a contra luz, en la oscuridad de la sala.

Mira al teléfono de reojo, pero se aguanta las ganas, Samuel Pound es, sobre todo, un hombre correcto y son más de las diez. Toma el papelito para devolverlo a la caja y lo relee.
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