La vida es la gran dispensadora de paradojas. En su almacén hay cabida para todo, sin que exista la menor capacidad de sorpresa. Posiblemente lo más chocante sea, precisamente, esa determinante creatividad de circunstancias inhabituales en las pequeñas cosas. Porque, en realidad, ¿qué es lo que hay de grande en el hecho de vivir...?. Cuanto más nos vamos acercando a ese instante que separa nuestra falta de importancia con la inexistencia, nuestra futilidad con lo absoluto, es cuando más abrimos los ojos y somos más conscientes de cuantos detalles fantásticos nos rodean.
Separado de la carretera por un centenar de metros de jardín se alza un edificio estrictamente funcional, que contiene, como un féretro de hormigón y ladrillo, centenares de cuerpos en la antesala de ese momento, conscientes de su proximidad y perfectamente ausentes en cuanto a la vitalidad de cuanto les rodea. Les trae absolutamente sin cuidado el bosque de encinas, los centenares de pinos casi centenarios que les rodean. A lo más pueden importarles sus pequeñas creaciones. El mínimo huerto, el jardincillo que alguien cuida con más mimo que acierto, el bordado primoroso de Doña Eulalia... Allí, en el almacén de arrugas, enfermedades, soledades tremendas y amargura, entre los silencios ausentes y el griterío histérico que reclama atención a la propia presencia, Mario.
Mario es tan viejo como todos. Un día fué joven y alguien. Al menos es lo que decían de él sus hijos, hablando con mal disimulado orgullo del pasado. "¿Sabes? -indicaban- durante más de cuarenta años ha sido la mano derecha de Don Alberto... sí, ya sabes, el Gerente... de no haber sido por él, en el 75 se habría hundido la empresa. Pero Don Alberto le dijo que entre los dos tendrían que sacarla adelante, que no podía fiarse de nadie más. Apeló a su experiencia, a su formación y a su profesionalidad. Y en efecto, al cabo de un año, volvían a tener beneficios. Y hoy, ya ves, es la primera empresa del sector..."; "Fué tremendo lo de mamá... Todos lo pasamos mal cuando murió, pero a papá le cogió en un momento terrible. Ya sabes, le acababan de jubilar y... bueno, no ha sabido reponerse. Nosotros hemos tratado de ayudarle en lo posible... fíjate, incluso le hemos tenido viviendo en casa durante temporadas. Pero es un peso que tenemos que compartir entre todos y alguno de los hermanos quiere escurrir el bulto, así que un día reuní a todos y les espeté que ó todos ó ninguno."
Esa fué la filosofía y la amorosa disculpa que hicieron tomar la decisión de ingresar a Mario en algún sitio. La determinación del lugar fué, en todo caso, un problema económico. "Con lo que tenemos encima y la falta de fiabilidad de los demás...". Y así quedó perfactamente enmarcada la situación. Solo hizo falta reunir un poco de valor, un momento especial y a alguno de los hermanos para comunicarlo. "Es por tú bien... No te sentirás tan solo... Es gente de tú edad, con tus mismos problemas... Los niños te agotan...". Mario se sintió, repentinamente, abandonado por sus hijos. No es que esperara gran cosa de ellos, pero al menos sí una mayor delicadeza y un ciero lejano reconocimiento a su sacrificio. Y, pensó, "... en el fondo tienen razón... prefiero estar con alguien que tenga mí misma situación; este tipo de soledad, cuando menos, es mía, no impuesta. Y con ellos, cada día me siento más solo, siento más las ausencias, y me siento demasiado a mí mismo, dedicado a no hacer nada, a ver como consumo mis días, a esperar que llegue mí fin...". Aceptó. Como se acepta lo inevitable, con una sonrisa en la que nadie cree y que origina una frontera ya insalvable entre los que fueron "los suyos" y él mismo. Aquello era un corte. Un recomenzar para no ir a ninguna parte, pero, cuando menos, con una enorme tranquilidad.
MARIO
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