MARIO
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Poco a poco fué haciéndose al lugar. Tenía una habitación luminosa en la que podía almacenar cuanto poseía de verdad: su escasa ropa, unos libros, las lentes, una radio y las fotos de ella. Al paso de algunos días, habituado al sonido de las puertas, los ascensores y las leves conversaciones, a la sala de juegos, a la televisión -"siempre demasiado alta, porque, claro, los pobres viejos están sordos", decía- optó por guardar las fotos. Y se puso, encima de la mesilla, la curiosidad. Los observaba, y sus ojos, por sí chispeantes, empezaron a animarse en una sonrisa sardónica. Se sintió por encima de todos ellos. "Ellos" sí que eran unos viejos.
El tiempo, lo único que no tenía Mario, le enseñó algo: aquellos seres estaban solos, y esta soledad les había llevado al más absoluto abandono. Todo parecía importarles poco. Lo que pudieran precisar, por poco que fuere, se lo daban hecho. Las enfermeras eran razonablemente pacientes y amables. El presupuesto, sí, escaso, pero suficiente para llenar las ínfimas necesidades vitales de aquella pequeña manada de arrugas y abandono. Y, en cualquier caso, la televisión podía cubrir lo que una ausencia cruel había dejado al aire. Visto fríamente no tenía más que dos opciones. O se unía a aquel carro de miseria humana ó, dada la imposibilidad de huida, lo cambiaba.
Primero fué el campeonato de Mus. Nunca había jugado demasiado bien. O amarraba de verdad ó pasaba. Pero Julián le caía mal. Era rezongón, sucio y malhablado. Y presumía de la copa que ganó en el Hogar del Jubilado. Le retó y ganó... por abandono. Julián murió la nocha de la gran final.
Después fué el Baile del Ecuador. En Julio, aquel mes que había venido reservando para ir con toda la familia, a disfrutar a San Juan, se dijo que el abandono de todos era mayor. Y organizó el baile. El Ayuntamiento les cedió alguno de los músicos de la Banda Municipal. Y al son de "España Cañí" oyó el último suspiro de Adelina. Dijeron que fué un infarto. Pero Mario sabía que la habían matado la soledad y el recuerdo, la indignidad de su dependencia y su propia inutilidad.
Entonces decidió, sencillamente, vivir. Volver a ser él. Sin más. Pero también sin nada menos. A partir de aquel momento todo empezó a tener un cierto sentido. Por detrás de los ventanales había vida. Había un cielo azul, y unos gorriones, y unas encinas, y una primavera... ¿Porqué no habrían de ser suyas...?. ¿Porqué los años tenían que matarlo todo...?
Se convirtió en un penetrante observador de todo; cada uno de los "compañeros", como le gustaba llamarlos, era escudriñado continuamente por sus ojos, escondidos tras las gruesas gafas de concha. Nada de cuanto hacían le era desconocido y, con el tiempo, comenzó a abandonar la indiferencia del simple observador, para integrarse en los pequeños mundos inútiles de todos ellos.
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