El técnico que probaba la cámara del nuevo satélite espía apuntó directamente al estadio, después acercó la imagen y una calva incipiente apareció en pantalla. Lejos estaba de saber que había elegido entre miles de espectadores la cabeza de la que dependía el futuro de la humanidad.
Mientras el ingeniero seguía con sus comprobaciones oteando en otra posición el árbitro pitó el final del primer tiempo. Nuestro protagonista gritó un "hijoputa" que dejó asombrados a los que le rodeaban, se levantó de su asiento y caminó apresurado hacia la salida. Detrás de él salieron multitud de personas con su mente puesta en los servicios o en las cantinas, pero él iba absorto en la cara de su jefe mientras pisoteaba colillas, papeles y bolsas de golosinas. Ya en la calle giró hacia la derecha en dirección a su casa. Las pocas personas que se cruzaban en su camino se paraban para observar con asombro como gesticulaba y hablaba solo. La cosa no era para menos.
Este personaje --que llamaré desde ahora Destino-del-mundo pues los nombres verdaderos ya no tienen importancia-- con su aspecto de barrilillo coronado por una bola un tanto pelada y orejuda iba con una parte de su cerebro centrada en todo lo que tenía que incluir en el equipaje, mientras otras neuronas trabajaban afanosamente en buscar improperios con los que adornar la imagen del causante de sus males.
Destino-del-mundo, aunque de aspecto grotesco, no era un mal tipo, pero tuvo la mala suerte --o quizá la tuvimos nosotros-- que se enamoró de él la hija del jefe la cual por aquella época trabajaba de secretaria de su padre. Como a todos sus compañeros, a Destino-del-mundo le gustaba Hija-del-jefe, más todos se preguntaban que había visto ella en aquel muchacho para encariñarse de aquella forma. Y sobre todo se lo preguntaba el Jefe que tenía un concepto bastante pobre de su mejor empleado. Lo habría despedido de buena gana si hubiera podido prescindir de él, pero dentro de aquella cabeza regordeta y orejuda un cerebro prodigioso se encargaba de las tareas más complicadas de programación. Además, algunas firmas cuando tenían problemas siempre preguntaban por él. En cierto triple gran banco recién fusionado sólo Destino-del-mundo fue capaz de localizar y solucionar un problema de "software" delicado: ¡La nueva red fusionada de la compañía dejaba todas las cuentas corrientes con saldo cero en cuanto se ponía la fecha del 1 de enero de 2000!
No obstante, Jefe, aun sabiendo que no se podía permitir el lujo de privarse de él, decidió mortificarlo todo lo posible. Por eso, cuando un antiguo camarada de su juventud pecera le solicitó ayuda discreta para solucionar un arriesgado asunto, no lo pensó dos veces y le asignó la misión a Destino-del-mundo.
Jefe no era muy inteligente; trabajador y listo sí. Durante el 68 los de su célula le mandaron infiltrarse en una comuna pacifista. La cosa duró hasta que se percataron de quien era y a punto estuvo de costarle un disgusto. Sin embargo allí conoció a su futura esposa, una morenaza con gran carácter, hija de un militar de alta graduación. Con la llegada de la democracia y con el dinero de su padre, dejó el partido, montó su pequeño negocio de informática y se casó, pero nunca perdió de vista a sus antiguas amistades. Los primeros años fueron duros, pero su tesón y el saber rodearse de buenos especialistas lo colocaron en la primera posición de salida cuando se produjo la expansión masiva de los cajeros automáticos. Pocos años después, al generalizarse los ordenadores personales en las empresas se hizo de oro: ¡Del PC a los pecés, esa es mi vida!, solía decir en momentos de euforia.
Hija-del-jefe tenía el tesón de su padre y el genio de su madre. Cuando Destino-del-mundo le dijo que se marchaba a trabajar a Rusia un par de semanas, o quizá un mes, se percató en seguida que su padre pretendía separarlos y decidió tomarse unas vacaciones por su cuenta. Nada le dijo a su novio, pues pensaba darle una sorpresa, y en casa les contó que se había apuntado a un curso de secretariado en Barcelona. Mientras Destino-del-mundo hacía sus maletas, Hija-del-jefe contrataba un pasaje para Moscú. No consiguió el mismo vuelo que él, pero, aunque su avión salía más tarde, tenía prevista la llegada dos horas antes. Cuando al día siguiente lo recogió en su casa para llevarlo al aeropuerto Destino-del-mundo todavía ignoraba que iban a volar los dos hacia el mismo lugar. Su idea era enseñarle el billete cuando él fuese a embarcar.
Destino del mundo
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