Destino del mundo
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Durante todo el tiempo que duró la explicación Destino-del-mundo permaneció callado y después lo único que dijo fue un enigmático "ya lo veremos" que sus acompañantes no entendieron. En pocos minutos todas sus ensoñaciones felices se vinieron abajo y una obsesión comenzó a medrar dentro de su mollera: ¡Estos me están mintiendo! El problema de las obsesiones en un cerebro compartimentado como el suyo es que tienden a romper esa separación entre partes, no dejan funcionar al cien por cien ninguna de ellas y tardan en desaparecer aunque la causa que las provocó ya no exista. Él se negó a trabajar hasta tener noticias fehacientes de Hija-del-jefe. La posibilidad de recibir cartas de ella y de contestarlas suavizó su postura, más el daño ya estaba hecho y ni él ni sus acompañantes podían saberlo.

Hija-del-jefe estaba bien tratada aunque se rieron de ella cuando exigió que le dejaran llamar a su embajada. Le respondieron que aquel era un asunto de seguridad y que cuanto antes lo aceptase sería mejor para ella. Si se avenía a esperar que él volviese la dejarían recorrer la ciudad; eso sí, siempre acompañada por las dos chicas de Escolta-dos. Como era la única posibilidad que tenía de salir de aquel lugar, aceptó. Pasados unos días le permitieron mantener correspondencia con su novio y al recibir su primera respuesta se tranquilizó más.

Cuando por fin se decidió a trabajar Destino-del-mundo observó que aquella frase que salía en pantalla no era de Carlos Marx sino de Groucho Marx.

Aunque aquello podría ser una broma de un programador el actuó como si no lo fuera. Después de una semana llegó a la conclusión que el virus, o la rutina, que producía el fallo no estaba en el "software" sino en el "hardware".

Alguien había reprogramado uno de los muchos procesadores Intel que el aparato tenía y la tarea de localizarlo era de chinos. No tenían posibilidad de sustituirlos todos y no les quedaba tiempo para probarlos uno a uno. Primero comprobó que el virus tomaba la fecha del reloj interno y, a partir de eso, decidió reprogramar todas las rutinas para transformar la fecha que recibían. Si ponía el reloj interno en 1960, la rutina dañina no se activaría hasta el 2040 y para ese año sería más que probable que toda aquella instalación ya no existiese. Todas las otras partes del programa que necesitaban la fecha fueron adaptadas para que transformaran la del reloj por la actual. Así, mientras el virus leía 1960 las restantes rutinas recibían 1999.

Una vez terminado todo se hicieron las comprobaciones pertinentes y el fallo no se producía.

Los rusos quedaron tan contentos que aceptaron pagarle unas vacaciones con su novia en Crimea. A Jefe le dijeron que seguía todavía trabajando con ellos.

Con los años Destino-del-mundo se casó con Hija-del-jefe y montó su propia empresa. Habrían sido felices sino fuese por aquella obsesión dañina que había infectado su cerebro durante tres días. Él padecía desde la infancia de dislexia gráfica: siempre cambiaba números y letras al escribir. Había conseguido dominarla de tal manera que en su trabajo nunca se producía un error; sólo si estaba relajado y entraban en funcionamiento otras partes de su sesera aparecía de vez en cuando.

Durante sus dos semanas de trabajo en Rusia sólo se produjo una vez: cuando ajustó el reloj interno del ordenador en vez de poner 1960 escribió 1990. Es más que probable que habría descubierto el error si el resto de las rutinas las hubiese instalado él, pero los ingenieros rusos estaban deseando hacerlo y él no puso impedimento, sólo les dijo que ahora tenían que adaptar todo para que la máquina leyese la fecha real. Y así lo hicieron.

En diciembre de 2009 el acceso al ordenador se bloqueó, salió en pantalla el mensaje burlón y cinco misiles balísticos fueron disparados desde el departamento militar de los Urales. Nueva York, Londres, París, Berlín y Tokio fueron totalmente destruidas. Horas después 60 ciudades y unos 500 objetivos más, industriales y militares, serían aniquilados y la vida desaparecería en pocos meses de todo el planeta.
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