CUANDO EL DÍA TERMINE
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- Cuando el día termine, terminará tu vida.

Estas eran las palabras que resonaban en mi mente al despertarme por la mañana y, sin analizarlas, las fui pronunciando y repitiendo mecánicamente como si recitase; algo me impelía a ello. De pronto, comprendí su significado y quedé momentáneamente paralizado; durante unos breves instantes, algo parecido a unos recuerdos inconcretos acudieron a mi y creí comprender que eran parte de lo que había soñado esa noche. Mis esfuerzos por recordar el sueño fueron vanos, únicamente acudía a mis labios la misma frase, una y otra vez: Cuando el día termine... y en esta ocasión, harto de la jugarreta que mi mente me hacía, intenté burlarla yo a ella y completé la frase de otro modo:... tú también habrás terminado. Me di cuenta de que a pesar de mis esfuerzos por cambiar la letanía, el significado seguía siendo el mismo. Comencé a preocuparme aunque no fuera más que por la manía que, desde que me levanté, tenía yo por repetir aquella maldita frase. Seguí repitiéndola durante mi viaje en autobús a la fabrica y, cuando saludé al capataz, en lugar de desearle buenos días, sin poderlo remediar le espeté: Cuando el día termine, terminará tu vida. No deseé decirle eso, pero eso es lo que de mi boca salió. El capataz me miró, enmudecido, cortado en su garganta el saludo de bienvenida y cortada la sonrisa en sus labios que, como siempre, desde hacía años, me dirigía todas las mañanas al entrar yo en su oficina para recibir órdenes. En algún otro momento el capataz hubiera podido tomárselo a broma pero mi expresión, mi talante al parecer feroz, le dejó sin habla. En cuanto pudo me preguntó que por qué le amenazaba de ese modo, que él siempre había procurado complacerme en todo y proporcionarme las tareas más agradables y fáciles. No supe qué contestarle, yo mismo estaba tan sorprendido que no acertaba a darle ninguna explicación; me quedé quieto, mirándole, y allí, de pie ante su gran corpachón bajé la vista sin saber qué decirle. Cuando levanté de nuevo mi mirada estaba dispuesto a aclararle todo, le contaría el sueño... o más bien la pesadilla que había tenido aquella noche; le hablaría de lo poco que recordaba y le explicaría que no podía dejar de pronunciar la frase con la que le había saludado al entrar. Sin embargo, cuando le miré a los ojos, de mi boca salió otra vez, sin poder ofrecer explicación alguna, sin poder aclararle nada: Cuando el día termine, terminará tu vida. Vi el pánico reflejarse en la cara del capataz que, de un salto, salió del despacho y corrió hacia la oficina de Don Emilio que era el director y propietario de la fábrica. Yo también salí corriendo tras el capataz intentando darle alcance, queriendo detenerle para que no entrase en la oficina y contase al director lo que había ocurrido. En el momento en el que creía haber alcanzado al capataz, salió de la oficina Don Emilio. El capataz, para evitar tropezar con él se paró de golpe y yo no pude parar mi impulso, golpeando mi pecho contra la espalda de mi jefe inmediato que, a su vez, cayó encima de Don Emilio. Los dos rodaron por los suelos y, solícito, ayudé a levantarse al director pero mientras le cogía por uno de sus brazos, de mi boca salió la frase maldita; la pronuncié en un tono de voz bajo, tratando de retener esas palabras que ya sabía que, irremediablemente y sin desearlo, diría. Agachado sobre Don Emilio, con mi boca muy pegada a su oído, con voz profunda y tremendamente lúgubre y, a mi pesar, le dije: Cuando el día termine, terminará tu vida. Don Emilio me miró, incrédulo, luego miró al capataz y...

- ¡Bien, bien! es suficiente. Con decir la frase una vez, bastaba. Lo cierto es que me ha dejado Vd. tan embobado por su historia que...

- Verá, es que la frase me la había estudiado muy bien pero dudaba si el tono sería el adecuado, si sería el que Vds. deseaban ¿sabe? y como no tenía más que una oportunidad, se me ocurrió esta pequeña historia para repetir la frase varias veces y con distintos tonos de voz. Espero que les haya gustado como lo he hecho... ¿Les ha gustado?.

- Pues... creo que sí, lo cierto es que lo ha hecho Vd. muy bien y con imaginación. Mire, quizá pueda ofrecerle algo más que esa pequeña frase. Pásese mañana por los estudios y le diré lo que haya pensado.

Martín se fue a su casa contento y satisfecho. Parecía que el casting le había resultado favorable. Su pequeña pero estudiada estratagema le había dado el resultado que esperaba. Era posible que al fin consiguiese, no sólo la frase, sino quizá, algún papel de más importancia.

Ese era el empeño que tenía ahora, conseguir un buen papel en el reparto de esa película de la que no tenía ni idea de qué trataría el guión, aunque por la frase que le dijeron que debía pronunciar, quizá fuese algo de terror. La verdad es que no le importaba; lo único que quería era un papel, fuera bueno o malo.

Martín, cuando emprendía algo lo hacía con ganas; siempre ponía ilusión en la mayoría de sus proyectos y en los planes que emprendía, pero al final siempre acaba ocurriéndole de todo menos lo que deseaba que ocurriese. Y es que, Martín, encontraba a la vida sorprendente. Quizá sea por mi culpa, se decía a menudo, quizá me ocurren siempre cosas inesperadas por ser un bobo y no saber salir a tiempo de cualquier berenjenal o atolladero en los que la vida acaba por meterte lo quieras o no...

Caminaba Martín, despacio y pensativo, feliz por haber sido él quién enfocase la acción en esta ocasión y no al revés como normalmente solía ocurrir, claro que él, se daba perfecta cuenta y se lo repetía una y mil veces, era bastante ingenuo. Mientras caminaba y pensaba se preguntó si a toda la gente le pasarían cosas tan raras y absurdas como le solían ocurrir a él... Acabó decidiendo que él era una persona normal y que los absurdos eran los demás, él solo era un simple espectador de la vida.

Un mendigo le alargó una mano pidiendo algo de limosna por el amor de Dios. Esa forma de pedir limosna le llamó la atención, ya no era usual, los mendigos, ahora, pedían para alimentar a sus hijos, o eran extranjeros y pedían para poder regresar a su Patria... Se paró, observándole y el mendigo le animó para que le socorriera: Sea Vd. bueno. señor, lo necesito para un vaso de vino. ¡Cómo, le dijo Martín, así que pide por el amor de Dios para un vaso de vino? Si, señor, le respondió el mendigo, es que para el bocadillo ya he sacado bastante y solamente necesito para la bebida. A Martín le hizo gracia la simpática y aparente sinceridad de aquel hombre y le dio unas monedas. Le sonaba eso del vaso de vino, pero la verdad es que no se lo esperaba y le hizo gracia.
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