CUANDO EL DÍA TERMINE
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Apenas se había alejado unos pasos del mendigo cuando tres tipos le cortaron el paso. Martín intentó evitarles, rodearles, pero uno de ellos le puso una mano en el pecho. Martín se quedó quieto. El tipo de la mano en su pecho parecía estar cómodo de ese modo. Bueno, pensó Martín, a ver si se cansa, al fin y al cabo no es su pecho... pero el tipo no se cansaba y Martín comenzó a estar incómodo. El tipo le dijo en ese momento: ¡Vaya, así que repartiendo nuestro dinero a cualquiera que te lo pida! ¡A ver cuánto llevas aquí! Y la mano que hasta entonces el tipo mantenía apoyada se movió palpando su chaqueta. ¡Vaya billetero que tienes, tío! Vamos, dámelo. Martín se quedó pensativo y le dijo: No es un billetero, es un paquete que... ¡Ah! exclamó el rufián cortando las palabras de Martín (Martín se dio cuenta enseguida, tan pronto como ese tipo le habló de lo del billetero, de que era un rufián) pues este paquetito, seguía diciendo el rufián, va a ser para nosotros, ¿verdad, amigos? Lo de amigos iba dirigido a los otros que le acompañaban y que asintieron riendo. ¡Ah, no, no me lo puedes quitar -dijo Martín, protestando- este paquete es mío! Pero el tipo, sin escucharle, introdujo su mano en el bolsillo interior de la chaqueta de Martín. Cuando sacó la mano, lo hizo llevando en ella el paquete. Martín no pudo por menos de observar que esos dedos que sujetaban el paquete estaban teñidos de nicotina. Y trató de decírselo, de advertirle por si él no se había dado cuenta, pero el tipo, enseñando triunfalmente a sus amigos lo que su mano había conseguido ya no le miraba, ni le escuchaba siquiera. Los tres empezaron a correr, dejando a Martín con la palabra en la boca. Martín pensó: bueno, esa era mi cena... espero que les guste la mortadela.

Cuando estaba llegando al portal del edificio donde vivía, vio que salía humo de una de las ventanas del primer piso. El humo iba en aumento por segundos y era negro y espeso. Dudó unos instantes, pero reaccionando rápidamente se puso a dar grandes gritos, ¡fuego, fuego! Ante sus gritos de alarma varios vecinos se asomaron a las ventanas y, al ver el humo y verle a él, se echaron a reír dejando a Martín estupefacto y confuso. En seguida, y por la ventana de donde salía aquel humo, apareció un viejo indio con una enorme cachimba en la mano. ¡Martín, cállese! le gritó el viejo, con un tono de voz fuerte pero grave, va Vd. a conseguir que me envíen de nuevo a la reserva; ¿cómo se le ocurre gritar fuego, simplemente porque yo fume una pipa? Martín quiso responder, decirle que aquel humo... pero el viejo no le dejó hablar y continuó diciéndole ¿acaso ha visto Vd. el fuego? mire, Martín, lo que tiene Vd. que hacer es coger una brocha y pintar el portal que está que da asco, así se entretendría en cosas útiles y no en molestar a viejos como yo, que no hacen ningún daño a nadie por fumar su pipa. Martín conocía al viejo desde hacía años y desde luego siempre había creído que era un viejo gitano que vivía solo y sin familia, y nunca se le hubiera ocurrido pensar que fuese indio y mucho menos que pudiesen enviarlo a una reserva. Fijándose bien, quizá si que fuese indio, pues sus rasgos... pero lo que no se tragaba era eso de que podrían enviarlo a la reserva. ¿a qué reserva? ¿pensaría el indio ése que él era tonto? Oiga, abuelo, empezó a decir, pero el viejo le echó desde la ventana un cubo vacío y una brocha, y si Martín no se aparta a tiempo, le encasqueta el cubo por sombrero. ¡Hala, ya puede empezar, y la pintura la compra Vd.! le dijo el viejo con muy mal humor. Y cerró la ventana. Martín se sintió sorprendido, pero también se enorgulleció al darse cuenta de que el indio no le había mentido, que confiaba en su destreza para pintar el portal y que, para demostrárselo, le había entregado la brocha y también aquel cubo que casi le mata si no llega a apartarse.

Cuando iba a entrar en el portal, se fijó que en la acera de enfrente se encontraba una niñita llorando desconsoladamente; vio que la niña estaba sola y su buen corazón le hizo cruzar la calle para preguntar a la niña qué era lo que le ocurría.

- Hola, pequeña. ¿Por qué lloras así, qué te ocurre?

- Es que mi papá se ha subido al balcón y se ha caído -contestó la niña entre sollozos, mientras señalaba uno de los balcones, al parecer bastante alto-

- ¡Por Dios! ¿Dónde está ahora tu papá? ¿está en el hospital?

- ¡Oh, no! Mi papá está en casa.

- ¿Y se encuentra bien? ¿No está herido al haber caído a la calle desde esa altura?

- Mi papá está bien, señor. Él no se cayó a la calle, Se había subido al balcón para colgar la jaula del pajarito y cuando bajaba tropezó conmigo pero no se hizo daño.

- Pues hija, ¿por qué lloras?

- Porque mi papá se enfadó al tropezar, me dijo que siempre estoy en medio y que un día podía llegar a hacerse daño por mi culpa. Y cómo se ha enfadado, pues me ha tirado a mi a la calle desde el balcón.

- ¿Que te ha tirado a ti? ¿Es posible? ¿Te ha tirado desde el balcón? Martín estaba atónito por lo que la niña le estaba contando. Dime, continuó diciendo Martín, ¿te encuentras mal? ¿dónde te duele?

- No me duele nada, señor, siempre caigo en ese toldo rojo que hay ahí, ¿lo ve?. Ya estoy acostumbrada.

Martín no terminaba de entender lo que estaba oyendo y así se lo dijo a la niña.
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