CUANDO EL DÍA TERMINE
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- ¿Dices que siempre caes en ese toldo rojo? ¿es que te ha tirado tu padre por el balcón otras veces? ¿lloras por eso, verdad?

- No, no, señor. Lloro porque tenía un chupachups y al caer lo he perdido.

Hoy solamente lo había chupado una vez y cuando mi padre vea que no lo tengo, me pegará...

- ¿Te pegará por haber perdido un caramelo?

- Si, señor. Mi padre dice que hay que saber conservar las cosas. El chupachups debía durarme todo el mes. Cada día le doy tres chupaditas y lo guardo. Y ahora lo he perdido, buaaaaá...

- ¿Cómo te llamas, hija?

- Rosaurita.

- Bueno, Rosaura, vamos a subir a hablar con tu papá y...

- No, Rosaura, no. Me llamo Rosaurita. Y Vd. no puede subir a hablar con mi papá.

- ¿Por qué no puedo subir, Rosaurita?

- Pues... subir sí puede, pero mi papá le tirará al toldo. Los vecinos ya se lo han dicho muchas veces. Le dicen: Ernesto, que un día vamos a tener una desgracia... pero mi papá es... mi papá y no hace caso.

- ¡Glub! Bueno, Rosaurita, pues... lo siento, por lo del chupachup, quiero decir. Mira, te voy a dar dinero para que puedas comprar otro.

- ¡Ah, no, señor! No admitiré dinero de extraños. Si mi papá se enterara...

- Si, Rosaurita, ya lo sé, ya lo sé, ¡al toldo! Bueno, pues nada, hija. Como no puedo hacer nada por ti, adiós, ¡y que sigas teniendo suerte al caer!

- No se preocupe, señor, soy toda una artista. Ahora ya hago el triple salto mortal antes de llegar al toldo, y mi padre dice que...

Martín no quiso seguir oyendo lo que la niña decía, él ya se había despedido y se alejó. Lo hizo sumido en confusos pensamientos acerca de lo raros que son algunos seres humanos y de las cosas tan extrañas que siempre estaban ocurriendo en todas partes.

Martín se levantó por la mañana algo cansado. Cuando el día anterior llegó por fin a su casa, se había derrumbado sobre la cama y se durmió al instante. Durante la noche había tenido un sueño agitado por los acontecimientos del día y eso no le había dejado descansar, Martín siempre soñaba mucho. Recordó la cita con los estudios y se animó. Se vistió con su mejor traje y se dispuso a acudir al encuentro con la fama. Martín estaba convencido de que un día llegaría a ser muy famoso y quizá ese día había llegado ya. Absorto en sus pensamientos, ilusionado por el triunfo que había obtenido en los estudios de televisión no reparó en el cubo ni en la brocha que la noche anterior había dejado en el recibidor, casi a la entrada del pasillo, y al dirigirse con prisas a la puerta de salida de su apartamento pisó la brocha, resbaló, tropezó con el cubo y, al tratar de agarrarse a algo para no caer al suelo, sus manos se cogieron a una percha sujeta hasta ese momento a la pared. Los tornillos que sujetaban la percha a la pared no fueron suficientes para resistir el peso del cuerpo de Martín y éste, junto con la percha, cayó al suelo. Cayó con tan mala fortuna que la percha cayó debajo de él y él encima de la percha. Su frente fue la que impactó sobre la percha, exactamente sobre dos de los tres pomos que la percha tenía para colgar la ropa. Quedó ligeramente aturdido por el porrazo que se había dado, pero animosamente se levantó y se dirigió al baño para recomponer su figura. Se miró en el espejo y, aparte de tener la frente algo colorada, no advirtió que le hubiese ocurrido nada grave. Se refrescó la cara con agua, se arregló el nudo de la corbata y, mientras se peinaba los desordenados cabellos, observó con sorpresa y pavor cómo iban creciendo en su frente dos grandes, dos hermosos chichones, uno a cada lado. Los chichones crecían y crecían sin parar. Cuando por fin dejaron de crecer, Martín vio... lo que parecían unos bonitos cuernos colorados. Se sentó, casi dejándose caer, en la banqueta de baño. ¿Que haría ahora? ¿Cómo podría presentarse con ese aspecto en los estudios? Pero pensó que si no se presentaba perdería lo que le costó tanto esfuerzo conseguir; debía presentarse a pesar de todo.

Ya en los estudios, Martín, avergonzado, se dirigió al director. El director, al verle, se quedó sorprendido, eso le pareció a Martín.

- Buenos días, amigo mío. Me deja Vd. sorprendido -le dijo el director- (Martín pensó que había acertado. No era para menos, presentarse con esos dos enormes chichones en la frente... y se sintió inmensamente ridículo) pero el director seguía hablándole y trató de apartar sus pensamientos para escuchar lo que le estaba diciendo.

- No para Vd. de sorprenderme, Martín, se llama Vd. Martín, ¿verdad?

Precisamente, después de su actuación de ayer, que fue francamente magnífica, había pensado que el papel de protagonista era ideal para Vd.. Y ahora, se presenta Vd. con esos cuernos en su frente... ¿cómo ha logrado que parezcan tan reales? ¿y cómo sabía que el protagonista es el propio Diablo que aparece en la Tierra cada mil años y que a pesar de la apariencia humana que consigue, no logra, cuando se enfada, ocultar sus cuernos?

Y, el director, cogiendo amigablemente a Martín por un hombro, siguió diciéndole: Sin duda que Vd. es el mejor para este papel. Acompáñeme a mi despacho y, si está de acuerdo, firmaremos el contrato que posiblemente le hará millonario y famoso. Por cierto, deberá Vd. darme el nombre de su maquillador... le ha maquillado a Vd. de un modo impecable. ¿Y, sabe? -aún se oyó al director, poniendo voz cómicamente lúgubre y remedando la voz del propio Martín del día anterior- "CUANDO EL DÍA TERMINE, TERMINARÁ TU VIDA". La vida que ahora lleva, por supuesto... jajaja. ¡Triunfará Vd. amigo mío, no lo dude!.-
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