CUENTO INTEMPORAL: ALLÍ, DONDE VAN LAS ALMAS...
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Las azules olas del océano rompían sin cesar contra las rocas del acantilado, levantándose furiosas ante el gran obstáculo que, arrogante, les impedía el paso, cayendo derrotadas y de nuevo al mar, convertidas en millones de gotas de espuma blanca y brillante.

El náufrago, arrastrado por las corrientes y llevado por una ola gigantesca, midió con fiereza su propio valor contra el acantilado sin poder finalmente vencer y exhaló allí su último aliento perdiendo el ser, perdiendo la vida ante esa desigualdad de fuerzas de la naturaleza. En el instante en que expiraba rogó para que su alma volase hacia la eternidad, hacia el infinito dichoso que anhelaba. Pero su alma, apenas comenzó a volar, se sintió envidiosa de las gotas brillantes de las olas y quiso, por unos instantes, gozar como ellas, quiso retozar y, dividiéndose a voluntad, se convirtió en cientos de almas diminutas intentando imitar a las gotas del inmenso mar. Cuando las pequeñas almas advirtieron que, al igual que esas gotas, ellas se desplomarían en el agua, remontaron su vuelo tratando de unirse de nuevo pero, al haberse dividido, les faltaba la energía necesaria para poder volar. A duras penas, con mucho esfuerzo, pudieron ascender hasta la cima del acantilado y pretendieron entonces reunirse, pero la brisa de la costa las arrastró impidiendo su unión y las trasladó hacia las montañas. El aire las hacía revolotear, distanciándolas cada vez más a unas de otras y de su destino. Los pedazos alados de aquella alma que, sintiéndose libre, quiso durante unos instantes jugar, vieron cómo iban siendo irremediablemente alejados, y sintiendo una enorme tristeza, desearon poder llorar.

Primero la brisa y, luego, un impetuoso y frío viento, siguieron arrastrando aquellas pequeñísimas almas por el aire que, sin ser dueñas de si mismas por haberse divido y no formar un todo, tuvieron sin más remedio que dejarse llevar. Cruzaron de ese modo montañas y valles y, de repente, el hasta entonces furioso y demente viento frío, amainó, comenzando a ser su empuje más suave, y las minúsculas almas fueron descendiendo lentamente. Dejando atrás las altas colinas, pudieron observar que caían en un pequeño, hermoso y frondoso valle cruzado por un caudaloso río. Haciendo entre todas un gran esfuerzo, evitaron caer a las aguas para no tener que nadar y, lográndolo, fueron depositadas, por fin, sobre un verde y mullido césped. Quedaron las pequeñas almas, temblorosas y asustadas, sin fuerzas para algo más; decidieron entre todas reparar su vitalidad, antes de intentar unirse, para poder volver a ser un alma fuerte y poder volar y, descansando del esfuerzo realizado, disfrutaron de la calma del valle, permaneciendo tendidas y desmadejadas sobre la acogedora hierba.

Desde lejos, los niños que salían entonces de la escuela, vieron mil brillos en los cercanos prados, corriendo alborozados hacia allí, y al contemplar aquellas pequeñas luces se sintieron extasiados ante su belleza. Cada niño tomó un pedazo de luz en sus manos y se la llevó a su casa para enseñar a sus padres lo que había encontrado. Ni un sólo pedazo de alma, con certeza, quedó abandonado.
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