CUENTO INTEMPORAL: ALLÍ, DONDE VAN LAS ALMAS...
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Las almitas estaban encantadas de sentir tan cerca el candor de las almas de los niños y también por la tibieza inocente de sus manos, donde, con cariño, a ellas mismas las llevaban. La aventura de las almas, se decían todas, empieza a partir de aquí pero, ahora, las almas de estos niños son tan exquisitas y delicadas que gozaremos con ellas y de su proximidad hasta reponer nuestros ánimos.

Cuando los niños llegaron a sus casas y enseñaron a sus madres lo que habían traído en la mano, ninguna madre logró ver nada. ¿Pero no ves, mamá, como brilla? No, hijo, no veo nada. ¿No lo ves, de verdad, mamá, no lo ves brillar y hacer mil guiños? De verdad, hijo... ¡pero si no llevas, ahí, nada! Y los niños se asombraban de que sus madres no vieran lo que ellos veían, lo que en la mano llevaban.

Todos los niños guardaron, con gran cariño, manteniéndolos en sus manos, aquellos pedacitos brillantes de no sabían qué, sin ya pretender que alguien viera lo que, al parecer, nadie, excepto ellos, podían ver. Todos guardaron las luces, menos Anselmo, a quién se le ocurrió averiguar cómo brillaría aquello que había encontrado, si lo dejaba caer al fondo del pozo que siempre estaba oscuro. Así lo hizo y, abriendo su mano, dejó que resbalase la pequeña candela que fue cayendo despacio, como si casi en el aire flotara. Tardó mucho rato el ánima en llegar al fondo, tan pequeña era y tan poco pesaba; luego, quedó ahí, quieta y muda, asustada por no saber dónde se hallaba. Anselmo miró cómo bajaba y, después, vio cómo aquella pequeña luz refulgía con un halo esplendoroso, allí abajo, en lo más hondo del pozo. Se cansó pronto de seguir mirando y se fue, olvidándose de todo.

A la mañana siguiente, los pedazos del alma, descansados y recuperados por haber pasado una noche reposada y feliz al lado de las almas de los niños, decidieron que había llegado el momento de elevarse en busca de su destino y, antes de que los niños despertasen de sus sueños, se reunieron en el prado que ya conocían y donde sabían que la hierba era verde y fresca, dulcemente húmeda. Una vez juntos, se dieron cuenta de que les faltaba una parte; el alma estaba incompleta y no podrían transitar, iniciar su tránsito, si no encontraban el trozo de alma que les faltaba.
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