CUENTO INTEMPORAL: ALLÍ, DONDE VAN LAS ALMAS...
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Durante todo el día buscaron y rebuscaron por el pueblo y por sus alrededores, por todas partes buscaron sin encontrar el cachito de alma. El alma, al estar privada de una de sus partes, se sentía vacía. Volaron de acá para allá y de allá para acá, pero el pequeñín no aparecía. Se hizo de noche sin haberlo encontrado y, dándose cuenta de que no podrían volar si les faltaba un fragmento de sus alas, pensando que estaría perdido y abandonado, no tuvieron más remedio que quedarse a jugar, esperando escondidos entre la hierba y añorando la calidez de los niños. A la mañana siguiente, apenas despuntada el alba, iniciaron una vez más la búsqueda de su pequeño trozo de alma. Le llamaron de todos los modos posibles, pero al brillante cachito, asustado por estar tan solo dentro del pozo, no le salía la voz ni un poquito y no era capaz de decir nada. Afortunadamente, Anselmo, cuando se despertó, se acordó de la pequeña maravilla que había abandonado el día anterior y quiso verla en su mano de nuevo. La vio brillar en la oscuridad del profundo pozo y le pareció que titilaba. Se apresuró e hizo descender el cubo con el que sacaban agua, y la pequeña alma, dando un saltito, en el cubo se subió. No le dio a Anselmo apenas tiempo de poder verla de nuevo, pues la pequeña alma, en cuanto se vio al aire libre, fuera de aquella trampa, voló en busca de sus hermanas.
Por fin, el alma, pudo ver que entera se encontraba. Y todos los trozos del alma, antes de unirse del todo, volaron contentos y lo hicieron en círculos, brillando más que nunca y formando figuras que solamente el alma sabía lo que significaban, alegría sin duda, felicidad y esperanza recobrada.
Era el tercer día y, el Destino de las almas, reclamaba ya a su alma. El alma, totalmente unida y compenetrada, sin faltarle nada, se elevó atravesando las dimensiones del espacio que ella sola conocía, atravesó todos los espacios de la Tierra retrocediendo en el tiempo, volando entre recuerdos, analizando lo malo y también lo bueno de la vida que dejaba. Sabía que habrían de juzgarla y no podía llegar a su destino sin recordar su vida entera, toda su vida pasada. El alma es buena de por sí pero a veces se deja arrastrar por sendas no demasiado claras, y eso, las sendas buenas y malas, es lo que el alma debía rememorar antes de poder llegar, antes de presentarse ante el dueño y señor de su destino que, al final, es el que juzga y manda.
Todo el día lo pasó el alma volando así, entre recuerdos, los de su vida, fuese mala o placentera y cuando se creyó al fin preparada y con las cuentas bien claras, salió de este mundo sin mirar atrás ni volver a pensar más en su antigua vida terrena.-
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