Confesionales
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Aquí no;
pasan demasiados universos por segundo,
todas las glorias tienen dueño,
los momentos se caen.

Aquí los hombres se conforman con muertes pasajeras y vidas absolutas.

Estoy buscando otro lugar para sentarme a desaparecer.

Y que se tome su tiempo la poesía
para borrarme
definitivamente
de la memoria absurda del mundo.

Blanco imperfecto

Hay un hombre en la mira.

Podría apuntarle,
sin duda,
dirigir mis ojos a su pecho
y matar a la bestia.

Prefiero tocarlo.
Y dejar que me toque.
Primero el hombre y luego la bestia y luego ambos.

Está tan quieto,
el hombre,
como si no existiera.

La bestia,
en cambio,
dice que ha soñado que moríamos juntos y se mueve.

La siento moverse y ya no es tan fácil apuntarle a este hombre.
Su pecho baila.
Mis manos bailan también, sobre su cólera y su pecho y luego ambos.

Entonces deberá morir el hombre.
A la bestia la quiero como un suicidio en Londres
quiere a la joven poeta que en libertad conversa con el cielo.

Moraleja

El invierno yace inevitablemente sobre mí.

Y le he pedido cien veces que se fuera
pero parece no escucharme.

Son terribles los vientos en la nuca,
el frío en mis espaldas,
sentir que es julio y anochece,
despertarme sabiendo
que habrá de helar entre mis brazos,
oír el llanto de árboles desnudos
bregando por abrigo,
arrodillándose
el sol insuficiente ante la tierra,
dormir
para que cesen las ganas del abrazo
y no saber si es sueño
o pesadilla.


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