EL COLECCIONISTA DE POSTALES
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A veces, en conversaciones sobre viajes sale a relucir mi mala memoria: tengo tendencia a olvidar los nombres de las calles, monumentos, museos o parques que estén a más de doscientos metros de mi casa. Viajar y no retener semejantes datos es algo censurable, lo asumo, pero no me importa.

He estado hojeando mi viejo álbum de fotografías. Mis preferidas son las que pertenecen a la quincena que pasé (¿sería incorrecto emplear el verbo "vivir"?) en Londres. Y, como digo, no puedo recordar exactamente en qué lugar de la ciudad fueron tomadas.

Yo tenía diecinueve años, trabajaba en el negocio familiar, y aún no se me había pasado por la cabeza la idea de ser escritor; de hecho, no sentí el menor deseo de leer y escribir hasta los cumplidos los treinta.

Habíamos estado barajando concienzudamente la idea de visitar Londres. El plan era sencillo: durante todo septiembre, Javier trabajaría en la vendimia francesa, lugar adonde iría a buscarle, y que sería precisamente nuestro punto de partida.

Llegada la fecha, aproveché que mi primo viajaba hasta Mercamadrid para acompañarle. En algún lugar de la M-30 detuvo el vehículo, una furgoneta de pescado, concretamente.

-Ahí tienes un taxi -me dijo-. Te llevará al centro.

Allí estaba, estacionado bajo un puente; al ver al conductor, descabezando un sueño, dudé sobre qué hacer. Era una noche cerrada del mes de octubre, apenas se distinguían destellos que auguraban la inminente llegada de un nuevo día: nada sentimental ni literario, tan sólo molestos zumbidos de coches atravesando a toda velocidad por aquel puente sobre nuestras cabezas. Golpeé tímidamente la ventanilla: el hombre se despertó. Pensé si quizá le molestaría mi intrusión; no fue así. Sonrió y, una vez me hube acomodado, puso el coche en marcha.

Si describiese su aspecto físico, no haría más que inventar. Lo único que se me ha grabado de aquel trayecto, que apenas debió durar un cuarto de hora, fue la pregunta de si conocía a alguien que pudiese estar interesado en comprar un reloj que le había dado un cliente, ahora en su muñeca -lo único con que pudo pagarle-; parecía de buena calidad. Yo, claro está, no conocía ningún posible comprador y mucho menos en un Madrid que visitaba por primera vez.

Un hombre locuaz: «dónde vas, a qué te dedicas, cuánto tiempo vas a estar en Londres, quién tuviera tu edad.»; amigable, ameno.

-Te invito a un café. a ver si me despierto -propuso mientras detenía el coche en la estación-. El día empezaba a despuntar. El tráfico, calentando motores, y los apresurados rostros de los transeúntes, en escaso número aún, anunciaban una nueva jornada laboral.

Entramos en una cafetería, sucia y desordenada, a buen seguro frecuentada casi exclusivamente por la clase social trabajadora, a quienes gusta vivir la realidad sin maquillajes.

Confieso que sentirme tan cercano y alejado al mismo tiempo de aquel entorno me supuso una satisfacción personal. Mi sueño se iba a materializar en cuestión de horas: eso me hacía sentirme importante (la vida, años después, se encargaría de ajustar las cuentas a mi vanidad).

Desayunamos café con leche y porras, arreglamos el mundo en una charla de varios minutos y nos despedimos con un fuerte apretón de mano. Me acerqué a la ventanilla y saqué mi billete.

Sentado nuevamente a una mesa de la misma cafetería, esperé una hora hasta tomar el tren para Port Bou. Mi llegada allí coincidió con la salida de un tren hacia Perpignan. Tuve suerte: si hubiese llegado un par de minutos después, no me hubiera dado tiempo a subir a él. En Perpignan, después de varias horas de espera, tomé definitivamente otro que me llevó al siguiente punto: Tolousse.

La noche en Tolouse había vuelto a poner las cosas en su sitio; por primera vez desde que había dejado mi casa, sentía miedo. Apenas sabía cuatro palabras en francés, pero, con mucho esfuerzo por ambas partes, conseguí que un camarero pidiera un taxi por teléfono. Diez minutos después, se repitió la escena: una noche cerrada, un taxi, un sueño. Incapaz de entender lo que parecía un amago de conversación por parte del conductor, centré la vista en el taxímetro: ¡qué velocidad! Yo, que no tenía demasiado dinero, trataba de calcular en pesetas cuánto me supondría el viaje.

Curvas y curvas, cada vez más pronunciadas.

La expresión risueña y amigable del francés no ayudaba. Por un lado no me apetecía apearme de aquel coche -la idea de pasar la noche en plena calle no me atraía lo más mínimo-, pero, por otro, era consciente de que nadie se levanta de la cama para hacer un servicio nocturno por amor al arte. Respiré tranquilo cuando, a las dos en punto de la noche, veinticuatro horas después de que iniciase el viaje, llegué a mi destino: un pequeño bar, ahora cerrado, en aquel pueblo cuyo nombre -prueba fehaciente de mi mala memoria- no consigo recordar -en mi defensa he de alegar que era tan pequeño que ni siquiera aparecía en la mayoría de los mapas-. Allí era donde me había citado con Javier seis horas más tarde. Pagué al taxista: cuatro mil pesetas al cambio, caminé hasta el bar, dejé el bolso en el suelo, miré al cielo. Miles de estrellas en un maldito pueblo del sur de Francia.

Nada romántico.

Tenía algo de frío. Al principio sentí una mezcla de temor, desgana y aburrimiento, pero poco a poco empecé a disfrutar del momento, demostrando que el sentimiento de libertad puede paliar cualquier tipo de contratiempo. En el suelo, mi espalda apoyada contra la pared, meditaba sobre los últimos acontecimientos. Inesperadamente se acercó hasta mi bolsa un perro negro, de pelo corto, raza indeterminada, flaco, destartalado, sucio; el mismo que, olfateando inquietamente, y antes de que me diera tiempo a reaccionar, levantó la pata y orinó sobre la bolsa de viaje. Me levanté malhumorado, lanzando algún improperio al chucho, fustigándome por mi mala suerte. Por suerte, el chorrito había sido escaso; saqué la ropa de la bolsa, que dejé abierta para que se airearse; comprobé para mi satisfacción que las huellas de aquel "desliz" apenas se notaban. Por qué después, en frío, me hizo aquello tanta gracia, no lo sé.

Las horas pasaban lentamente en aquel lugar, oscuro, solitario. Despojándome de cualquier rastro de pudor, me tumbé en el suelo para dormitar cortos intervalos de tiempo.
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