EL COLECCIONISTA DE POSTALES
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¿De qué podía quejarme?, ¿no era aquello lo que estaba buscando: conocer cosas nuevas.?

Javier apareció, por fin. Hacía un mes que no le veía, lo suficiente como para apreciar que los gestos de su rostro se habían endurecido.

Nos saludamos efusivamente, ansiosos por contarnos un montón de cosas.

-Vaya, ya estás aquí. ¿A qué hora has llegado?

-He pasado en este sitio toda la noche.

-¿Toda la noche.? -sonrió-. ¿Habíamos quedado a esta hora, no?

-Sí, no pensé que llegaría tan pronto.

-Bueno, tampoco hace demasiado frío, no te quejes.

No me estaba quejando.

Camino de su casa, nos resarcimos del tiempo en que habíamos estado distanciados con jocosas confidencias, momento que aproveché para indagar sobre los pormenores de su estancia en aquel lugar.

-Esto está jodido -rezongó-. Tengo el cuerpo molido de trabajar mañana y tarde. Y la gente. ¿qué te voy a contar? Mis compañeros me tratan como un bicho raro: soy el único que no toma drogas. Me muero. espiritualmente hablando -sonrió.

Yo, que le conocía bastante bien, sabía que había bastantes motivos más para calificarlo de «bicho raro».

-Vaya. ¿y qué tal? -pregunté.

Me miró a los ojos, tratando de averiguar a qué me refería.

Sonreí maliciosamente.

-Ah. nada, ya verás.

No tardé mucho en comprender.

Una casa sucia, vieja, triste, desordenada, habitada por jornaleros extranjeros principalmente; había también una chica catalana de la que Javier no me dio buenas referencias; en la tristeza de sus rostros se diría que jamás hubo un ápice de frescura en ellos; y estaban tan sucios. Entonces escruté a mi amigo y caí en la cuenta de que no había en ese instante mucha diferencia entre ellos y Javier.

Conversaban durante el desayuno, principalmente de temas laborales; yo no tomé nada, no me apetecía.

Ni una sola chica remotamente apetecible. Supongo que, de vuelta al hogar familiar, recobrarían un aspecto más saludable; en aquel momento Londres, la ciudad multicolor, parecía tan sólo un sueño lejano.

Javier manifestaba una alegría contenida: faltaba media jornada para que levantáramos el vuelo.

-¿No tienes ganas de llegar a Londres?

-Más que de llegar, tengo ganas de salir de este agujero -respondió.
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