EL COLECCIONISTA DE POSTALES
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Cargó con sus utensilios de trabajo y, junto a los demás, se fue al campo. Aproveché para recorrer todo el pueblo, propósito que no me llevó mucho tiempo. Por aquella época tenía el pelo muy corto, la cara bien afeitada, los ojos de adolescente; no había duda: un forastero recién llegado.
Me sentía bien, en paz conmigo mismo, satisfecho.
Horas después tomamos un tren para Tolousse. Una vez allí, no sé a quién de los dos se le ocurrió la brillante idea de hacer dedo (supongo que a él: yo por aquella época aún era un tipo inteligente). No tuvimos demasiado éxito. La primera noche dormimos en Burdeos. Tras buscar infructuosamente un camping donde acampar, llegamos a un parque bastante céntrico: podría servir. Estiramos nuestros sacos y nos acostamos tras unos pequeños matorrales.
A las ocho de la tarde había anochecido ya.
Nuevamente, todo parecía muy triste.
Ya entredormido, me dijo Javier que notaba molestias en una mejilla. Al principio no le presté demasiada atención, pero luego comprobé la veracidad de sus palabras. La víctima disertaba ominosamente sobre las consecuencias de su «desgracia», repitiendo una y otra vez que debería verle un médico porque aquello «podría ser el picotazo de algún bicho venenoso», Yo, por comodidad y porque estaba convencido, le aseguré que al día siguiente la hinchazón habría bajado, que tampoco era demasiado extraño el incidente, teniendo en cuenta que yacíamos a la intemperie. Era evidente que, como dos señoritos de ciudad, no estábamos preparados en absoluto para aquella aventura.
Afortunadamente, dormimos bien.
Por la mañana, apenas se notaba ya la hinchazón.
Tercos, seguimos haciendo autostop, desperdiciando así el poco tiempo que teníamos de vacaciones; mi obstinación respondía al deseo de nuevas experiencias, y en su caso quizá porque, después de un mes realizando un trabajo tan duro y mal pagado, se había obsesionado con el ahorro y la economía.
Durante horas, caminamos por el andén de la carretera, los pulgares alzados, rezando para que algún conductor se apiadase de nosotros. El único coche que tuvo el "detalle" de parar fue el de la policía. Tuvimos que mostrarles nuestras documentaciones y explicarles que nos dirigíamos a París. Javier fue quien habló, o mejor dicho, quien escuchó. Con no muy buenos modales, nos comunicaron que el autostop era ilegal en Francia, y nos "rogaron" que abandonáramos la idea de viajar de balde. Acto seguido, se marcharon.
A partir de ese momento, entre mi amigo y yo empezaron a surgir malas vibraciones. Traté de convencerle de que tomáramos un autobús, o un tren; no lo conseguí. Un par de horas después, sensiblemente malhumorados, se detuvo un viejo Renault que nos llevó hasta Lyon, donde, a primera hora de la noche, volvimos a tender nuestros sacos sobre el primer palmo de césped que encontramos. Cuando nuestros ánimos empezaban a suavizarse, cayeron sobre nosotros unas gruesas gotas de lluvia. Corrimos hacia el edificio más próximo, y allí, recostados junto a la puerta de lo que supuse un laboratorio, pasamos la noche, abrigados por la música de un potente aguacero.
Por suerte, al día siguiente empezamos con mejor pie.
Un señor de edad media nos llevó en su automóvil durante más de cien kilómetros en dirección norte; un profesor, creo, tampoco me importaba mucho. Aproveché que yo iba en el asiento trasero para dormir, algo a lo que tomé gusto: independientemente de quién se prestaba a llevarnos y de qué coche se trataba, no perdía la ocasión de descabezar un sueño. Javier, hombre tan dicharachero como imprevisible, se enfrascaba en estériles conversaciones con nuestros "salvadores". Por motivos que supondréis, no conseguía entender nada de lo que decían los nativos de aquel país; por el contrario, sí que entendía el desastroso francés de mi amigo.
Por fin llegamos a París: Torre Eiffel, café y bocadillos.
Aquel inciso en el camino, corto pero reconfortante, hizo su labor: recordarnos que éramos dos adolescentes sanos, con amigos, con familia, con un supuesto porvenir, y, sobre todo, de vacaciones (algo que parecíamos haber olvidado).
Pero lo bueno no dura mucho: nuestro peregrinaje en la carretera no había hecho más que empezar.
En el puerto de Calais, otra noticia amarga: se había aplazado la salida de los ferrys por culpa de un temporal que durante todo el día había azotado al Canal de la Mancha.
Así pues, un paseo, unas cervezas en un bar y, a falta de césped, un puente. Bajo él, junto a un mendigo -un mendigo profesional, se entiende, nada de aficionados como nosotros- pasamos la noche.
-Bueno, ¿qué? No te quejarás del viaje. nos estamos ahorrando un dinero. Yo no me molesté en responder (¿Y si se le ocurría la idea de cruzar a nado el Canal de la Mancha.?).
El mendigo carraspeó y lanzó algún improperio en su idioma cuando se percató de que tenía compañía.
El viaje por Inglaterra me resultó más atractivo; más que nada porque, habiendo estudiado el inglés en el colegio, era yo ahora quien hablaba y, por el contrario, Javier quien dormía -la suerte de los conductores iba de mal en peor.
Un tipo, individuo, personaje o como queráis llamarle, detuvo el coche ante nosotros. Un árabe. De pies a cabeza, turbante incluido.
-¿Where do you go?
-To London.
-Ok.
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