EL COLECCIONISTA DE POSTALES
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(Para quien no sepa inglés: le dimos pena y nos animó a subir al coche).

Se bajó para ayudarnos con las bolsas. Buen tipo, buena conversación, buenos modales. Detuvo el coche en una gasolinera, repostó el depósito del vehículo y nos compró unos refrescos. Incluso, en un loable gesto de connivencia, pidió permiso para desconectar la radio y poner un casete de música árabe. Estábamos encantados. Javier, aún más, pues toda aquella amabilidad no nos estaba costando dinero.

A punto de alcanzar nuestro objetivo.

Mañana fresca aunque soleada.

Después de darle las gracias, nos apeamos en la famosa Estación Victoria. ¡Londres, por fin!

El colorido de aquella ciudad nos impresionó. Las primeras personas que vimos fueron un grupo de adolescentes con el pelo teñido de diferentes colores (despliegue de modernidad que en España sólo podía verse en los videoclips de la MTV).

Ahora, lo primero era encontrar una habitación; algo que en un principio parecía tan sencillo se convirtió en toda una batalla de despropósitos, puesto que la recientemente adquirida tacañería de mi amigo le impulsaba, y me obligaba a mí en funciones de «traductor», a buscar alojamiento incluso bajo las piedras, con tal de conseguir una ganga.

Así estuvimos varios días, hospedados en diferentes hoteles, de discusión en discusión, hasta que conseguimos alquilar una habitación en una casa de West Ham, un barrio periférico de la ciudad. El casero era un hombre feo, calvo, de fisonomía destartalada, barrigudo, viejo y, que nadie se enfade por el comentario, más maricón que un palomo cojo. Esa fue mi impresión, al menos. Mi amigo no quiso escucharme cuando le di mi opinión al respecto.

-Menudo chollo -se limitó a decir-, lo que estábamos buscando.

«Vale. -pensé-, pero no te acerques mucho a él, no vaya a ser que se cobre un extra en carne.»

Solucionado el tema del alojamiento nos dedicamos, ya como auténticos turistas, a recorrer calles, visitar museos, viajar en metro -una hora distaba desde nuestra casa hasta el centro-, comer hamburguesas, hacer fotos con una cámara pésima.

Nuestro acercamiento más íntimo al sexo femenino fue en un Mc Donalds, en el momento en que la camarera nos obsequió con un «gracias» cuando pagamos nuestras hamburguesas.

En fin.

Javier y yo no paramos de discutir; reconozco que los últimos días estaba deseando mi regreso a casa. De hecho, después de aquello, nos fuimos distanciando poco a poco en el trato.

El viaje de vuelta lo hicimos en tren, exceptuando la travesía en barco; habíamos decidido no hacer autostop -sin duda, estábamos madurando.-. En Irún, donde teníamos una cita con unas amigas, nos quedamos dormidos. Bajamos del compartimento una hora y media después que el resto de los demás pasajeros. Varios empleados de R.E.N.F.E, que charlaban entre ellos a la hora del descanso, se rieron al vernos: nuestro aspecto, soñoliento y descuidado, dejaba mucho que desear.

Pasamos un par de días en Irún. La primera noche casi sufrimos un accidente de tráfico por culpa del novio de una de nuestras amigas: un tipo algo chulo, bastante drogadicto y completamente loco.

Por las noches, uno de nosotros dormía en el sofá y el otro en el suelo, dentro del saco -desgraciadamente, no tenían jardín con césped. Yo me consolaba con la idea de que no faltaba mucho para volver a las comodidades del hogar, dulce hogar: cama, discos de Pink Floyd y natillas. Al poco, ya estábamos de regreso en nuestra ciudad.

A tiempo pasado, pese a que el viaje no había cumplido las expectativas -en ciertos aspectos, sí-, un día cualquiera me descubrí en mi habitación rememorando aquellas experiencias. Fue algo maravilloso. Saber que estaban ahí, en mi cerebro, que eran mías, ¡qué podía tirar de ellas cuando las necesitase! Y las necesito, claro que las necesito.

Con el paso del tiempo llegué a comprender que no había ido a Londres con objeto de ver parques, museos o puentes; ni a comer hamburguesas; no había ido para hacer fotos que enseñar a los amigos, como hombre muy viajado; no había ido para practicar el inglés, ni para ligar con inglesas que nunca podrían competir en belleza y simpatía con la mujer española. Había ido, simplemente, en búsqueda de postales. Sí, postales, no en el sentido de carta postal, como se llamaba antes a esas finas hojas de cartón en cuyo reverso se escribe un texto corto que se envía por correo; no, me refiero a postales de la vida, las que se guardan en nuestra memoria y refrescan nuestra existencia cuando menos lo esperamos: una ciudad nueva, un país nuevo, una novia nueva, una experiencia nueva.: esas postales escritas con la pluma de la vida.

Confieso que las buenas postales son difíciles de conseguir: cuando crees que las tienes en un puño, se escurren entre tus dedos y te insinúan con una mirada incisiva: «Lo siento, me voy. tengo cosas que hacer.» Pero ¿no es más bonito así? Saber que conseguir una hermosa colección de postales requiere de todo nuestro esfuerzo, de todas nuestras ilusiones; que es una hermosa e interesante mujer que sólo baila con el más guapo o con quien más empeño pone en su petición.

¿Escribir? Para mí es tan simple como enseñar esas postales al lector:

«Mira, ¿ves ésta.? Fue en Buenos Aires. o en Granada. o en el parque que hay junto a mi casa. ¿Él..? Un amigo. déjame que te cuente una anécdota.» Y aquí sigo, mis manos sobre el teclado, mi vista en el monitor, mi corazón vete tú a saber. A veces me gustaría detenerme, cerrarme en banda, pensar que ya lo he hecho todo, descansar, relajarme, respirar sin anhelar objetivos con la pasión de un estúpido adolescente que hace autostop en una carretera extranjera. Pero eso sucede en pocas ocasiones; normalmente, algo que late dentro de mí me obliga a buscar un perro vagabundo que orine sobre mi bolsa de viaje, un puente que me cobije de la noche desapacible, una imagen de video clip en vivo, un olor que nunca haya olido, un sabor que nunca haya saboreado, una vida que nunca haya vivido. Necesito huir de la postal de la monotonía. En definitiva: me esfuerzo en apurar eso que personas menos prosaicas que yo llaman «el cáliz de la vida.»

Quien sabe dónde estaré mañana, pasado mañana o, peor aún, quién sabe dónde estoy ahora...

Y, si no os molesta que olvide tantos y tantos nombres, y tenéis un rato libre, sentaos junto a mí: hay algunas postales que quisiera compartir con vosotros.

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