CORTADO DESCAFEINADO, DE MÁQUINA
Textos · Eventos · 0.0
(A Min Grau, por tantas horas de emoción en el parque. )

Como cada año, entre bromas de los mecánicos, se habían jugado el turno de relevos a los chinos. Escogía el que perdía. El peor de seis, puños cerrados y ojos que hurgan, decidía quién corría hacia la moto, quién tramitaba el peligroso turno de la noche que se acerca, quien despertaría al alba con el sonido impaciente de los cuatro cilindros desesperados, quién cruzaría, si los accidentes y las roturas les respetaban, la línea que separa la tarde de un domingo de carreras de una noche de domingo cualquiera. Imposible imponer al amigo con el que se iban a compartir veinticuatro horas de nervios, prisas y riesgos, el miedo de lo que no se desea para uno mismo. Y le había tocado escoger a él. Sería, a pesar de su pierna destrozada años atrás en una caída de la que nunca quiere hablar, quién esperaría la señal, quién cojearía hasta la moto, quién la empujaría, 180 kilos de ilusión y esperanza, hasta hacerla aullar. Sería él quien apagaría las luces y quien sufriría, en el tramo del estadio, quinta a fondo y las ruedas que despegan en el cambio de rasante, el nuevo sol en sus ojos negando las referencias para no pasarse de frenada en el ángulo de final de recta. Sería él quién daría el último relevo y quién bebería los litros de café de la última hora y media, de pie en el box, viendo pasar, cada minuto cincuenta y cuatro segundos, a su compañero, rezando para ahuyentar la caída que supieron evitar hasta entonces, la rotura que no quiso cebarse con ellos en las veintitrés horas anteriores. Nada más amargo que romper en el último relevo. Hacía ya tres años que la federación internacional de motociclismo había cambiado el reglamento permitiendo equipos de tres corredores, pero ellos llevaban ya demasiado tiempo corriendo juntos como para incluir en su equipo a uno de esos jóvenes mundialistas de gesto acelerado y muñeca agarrotada en la máxima abertura del puño del gas. Las carreras de resistencia, repetían a quien quisiera oírles, no se ganan con vueltas rápidas, sino con la regularidad de quién sabe a donde va. Y ellos sabían perfectamente donde iban. Al mismo sitio al que habían ido en siete ocasiones, al primer lugar. Siempre sintió que el segundo es el primero de los que pierden, y él había nacido para ganar.

La pizzería es pequeña y está siempre llena. La montó un italiano el mismo año en que se celebraron los juegos olímpicos. Un italiano alto y desgarbado, feo y simpático, casado con una funcionaria de la generalidad fea y antipática, un italiano de los que a pesar de llevar más de diez años en España siguen hablando italiano. Un italiano que entre plato y plato sabe escoger el momento más inoportuno para interrumpir la conversación de sus clientes y bombardearles incomprensibles diatribas contra el sistema político, contra el sistema social, contra el sistema tributario, contra la legislatura laboral. Un italiano que parece tener la solución a todos los problemas del mundo pero que se empeña en seguir ejerciendo de molesto propietario postergado a camarero. Pero el cocinero sabe lo que se hace y la pizzería está siempre llena, a pesar del italiano y la estrechez de sus mesas.

La pareja entra y no está el italiano. "Vaya", piensa él, "tanto hablarle del italiano y resulta que hoy no está". Como para dejar claro que no le ha mentido, detrás del buenas noches con que responde a la desconocida camarera escupe con urgencia un "¿No está Gino hoy?" Y se entera del traspaso sin derecho a cocinero justo la noche de la primera cena con aquella mujer de mirada tímida y sonreír impreciso, pero de curvas definidas como la negra cinta del asfalto de jerez. Para impresionarla había pedido prestada la VFR siete y medio y le había insistido en la pesadez del italiano y la bondad de sus pizzas. El local no ha cambiado, la misma decoración, los mismos manteles y, a juzgar por los platos ya servidos, las mismas pizzas. La camarera se empeña en guardarles los cascos y de detrás de la barra sale un señor ya maduro, acaso el padre de la joven, dispuesto a recogerlos. Sonríe un atento buenas noches y el Shoei último modelo se le escapa de las manos. La joven lo disculpa, "con lo que cuida sus cascos, lo mal que le habrá sentado", y él no deja de pensar en las cincuenta y siete mil que le costó. El hombre, libre ya de los cascos, inicia una torpe disculpa por el despiste de hace un instante. Quiere decir a la pareja que también va en moto, que lo siente muchísimo, pero "un café solo y un cortado descafeinado, de máquina" en la voz de la joven lo regresa a su rincón de cafés y soledad. Toda la noche, larga, entera, repitiendo los mismos gestos. Un golpe al mango hacia la derecha, tres golpes secos en el cajón de los posos, asegurarse que el filtro no ha caído, cargar según sea el café, "acuérdate, el pequeño es el molinillo del café descafeinado", prensarlo, ni mucho ni poco, lo justo y necesario, cuarto de vuelta a la izquierda, vigilar la temperatura del agua, esperar, repetir, esperar. Y noche tras noche repitiendo gestos inútiles y esperando un relevo que no llega.

Los mecánicos siempre se ponían nerviosos a partir del minuto y medio de retraso. Las novias o esposas a partir de los treinta segundos. Muchas eran incapaces de permanecer en boxes y muchas insistían en estar y se negaban a dormir durante la noche, con lo que se convertían, en caso de problemas mecánicos o de caída, en fuente de nervios y de nuevos problemas.

A la una menos cuarto de la madrugada, cuando le entregó la moto a su compañero, iban primeros con tres vueltas y media de ventaja sobre los segundos. Como cada año, habían sabido esperar sin ponerse nerviosos. En el primer relevo iban cuartos, lejísimos de los primeros, un equipo promesa de rápidos y jóvenes pilotos que estrellaron todo un superpresupuesto a las tres horas de carrera, en la curva de Sant Jordi, justo antes del estadio. Ellos tenían claro que era cuestión de tiempo. No se puede sostener un ritmo de carrera de tres cuartos de hora durante veinticuatro. Y si los pilotos aguantan, quienes terminan por romper son los motores. Él también podía ir más rápido, pero no es yendo al límite como se gana. No en una carrera de resistencia. Ambos lo sabían, y por eso iban ya primeros. Pero esas tres vueltas y media de ventaja se habían convertido en tan solo dos. Su compañero debería haber entrado en boxes hacía más de tres minutos. Él no cesaba de tranquilizar a los mecánicos y a la esposa de su amigo. "No se ha caído, lo conozco bien. En la última vuelta de relevo nunca se cae. Se ha quedado sin gasolina, vendrá empujando; preparadle agua, llegará muerto." Ven la luz azul y blanca en la parte inferior izquierda del carenado entrar, con lentitud de jubilado, por la línea de boxes. Efectivamente llega empujando. Le cede la moto y apenas hablan, pero ve en sus ojos el color de la duda, el mismo brillo que otras veces ha anunciado alguna caída y le pregunta. "Nada, de verdad, no es nada. Joder, empujar este trasto desanima a cualquiera, ¿no?" Insiste. Demasiados años jugándose la salida a los chinos como para dejarse engañar por una voz infiel a los ojos que hablan. "Déjate de historias, ¿quieres?. Sal y espabila. En la Rosaleda hay algo de arena a la entrada de la curva, y los belgas se han caído en el ángulo. Todavía había manchas en la última vuelta. Vigila la temperatura. No sé que pasa, pero se calienta en la subida al estadio" Sabe que algo no va bien. Jamás tantas explicaciones en un relevo. Pero no debe pensar. Ahora no.

Una voz de mujer pide dos cocacolas de lata y una caña. Él se da cuenta que no tiene de que hablar con la joven de cuerpo ondulado y sonrisa dudosa. "Pues sí que es buena la pizza, sí. Que lástima que no esté el italiano, en el fondo me hacía gracia conocerlo." Pero apenas la escucha. Su atención, distraída por escuetos monosílabos de cortesía, lleva rato absorta en el hombre de la barra. Ha observado su tranquilo quehacer, a pesar de la urgencia con que la camarera le apremia, "tengo tres mesas esperando los cafés, anda date prisa." El hombre no se inmuta. Repite su rito, "el pequeño, el del descafeinado", con parsimonia de profesional, aunque es evidente su poca experiencia detrás de una barra. Una mesa queda libre y entran dos jóvenes también con cascos en las manos. En cuanto el hombre los ve, deja su rincón para salir a recibirlos. Esta vez ningún casco cae al suelo, pero apenas puede hablarles. "¿Cuál es el descafeinado, papá?" lo secuestra de nuevo a su rincón de rutina y gestos aprendidos por obligación. Él, observador de instintos, le pide a la chica de ojos tímidos su opinión respecto al hombre de los cascos. "La verdad, no me había dado cuenta, pero si que es cierto ahora que lo dices." Los ojos del hombre se iluminan cada vez que entra alguien con casco. Juraría que ha visto esos ojos con anterioridad, pero imposible rescatar del vacío del olvido todos los guiños que la vida nos va regalando.Terminan los postres y piden café con hipótesis, mezclando con la infusión los motivos del hombre de mirada encendida. "Será que siempre quiso tener una moto y su mujer primero y ahora la hija no le dejan" ríe ella divertida a pesar de que esa noche no conocerá al italiano prometido. Él no contesta. Algo en ese hombre le resulta extraordinario. Observa de nuevo, "cortado descafeinado, de máquina", la meticulosa precisión de unas manos que no han estado hechas para urdir cafés. Y su mente vuela a los montones de papeles y mentiras que le esperan inmutables cada mañana sobre la mesa de un trabajo que tampoco le gusta.


Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.