La trompeta de Asdrúbal
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Cogió la trompeta. La acariciaba con manos temblorosas. Sacó del bolsillo la boquilla, la colocó, se sentó en un escalón y comenzó a tocar. Todo el barrio, abierto, anchas las calles, se llenó, a las cuatro de la mañana, con las notas de un viejo pasodoble, el que más gustaba en las pequeñas plazas de los no menos pequeños pueblos. Lo acabó entero. Cuando entonaba, con aires de jota, una canción serrana que durante cinco años seguidos hizo las delicias de la gente de La Sierra, alguien le tocó el hombro. Miró, y allí estaban dos fornidos policías que le decían algo. "Ustedes no pueden entenderlo". "Vale, por eso nos lo vas a contar a la comisaría". "Llamen al dueño de la tienda por favor, no hay problema, yo lo pagaré todo. Esta es mi trompeta. La vendí hace veinte años para poder pagarme el billete del tren y marchar a Barcelona. Llaménle, por favor. Mire la tarjeta oro, y dinero, aquí hay por lo menos cien mil pesetas. Ahora mismo voy a sacar más dinero. Yo lo explicaré todo". "Usted se viene con nosotros". "He dicho que no me muevo de aquí hasta que llamen al dueño".

Los dos hombres de uniforme se miraron. A esa altura de la madrugada ya podía verse a todo el escaso vecindario asomado a las ventanas, contemplando la escena sin decir nada. Una moza, desde el balcón más cercano, les gritó a los guripas que llamaran a Paco, coño, que el chico parecía serio y además tocaba muy bien. Como los uniformados se empeñaban en llevárselo y se echaban mano a las esposas, la joven entró y telefoneó ella misma al tal Paco.

No habían transcurridos diez minutos más de forcejeo inútil, cuando apareció un hombre tirando a joven, alto, bien parecido y algo calvete. "¿Tú eres Paco?, menos mal, yo soy Asdrúbal. Mira chico, perdona, pero te he roto el escaparate. Te pagaré lo que sea. La trompeta es mía, yo la vendí hace veinte años. Tenía que marcharme del pueblo ¿comprendes? No sé cómo ha venido a parar aquí. Mira, mira esta señal. Yo tampoco pude quitársela nunca. Mira, mira la boquilla. La llevaba yo aquí, en este bolsillo. Te pagaré lo que sea, por el cristal, por la trompeta… La vendí hace veinte años. Me dieron sesenta pesetas por ella…". Paco parecía sensible. Les dijo a los polis que no iba a presentar denuncia, que ya se arreglaría con el hombre, y se largaron lamentando, tal vez, la oportunidad perdida. No sucedían demasidas cosas así en la pequeña ciudad. Cuando bajaban las escaleras, Asdrúbal les pidió disculpas y les aconsejó que echaran un vistazo a las garrafas de ginebra matarratas que servían por la zona de allí arriba, y que tal vez tenían bastante culpa de lo que estaba pasando.

"Verás, chico, cuando yo tenía trece años convencí a mi abuelo para que me comprara esta trompeta. El abuelo no andaba mal de pasta, pero era muy tacaño el pobre. Le hice chantaje, en realidad. Le dije que si no me la compraba iba a decirle a Malaquías que el año anterior se había metido un metro con la yunta por las tierras del vecino, y me dio tres duros que valía la trompeta. La vendía Arturo en su tienda. Era de segunda mano, pero a mí me gustaba. Además habíamos decidido formar un grupo con Pepe y Aurelio. Pepe se casa mañana y yo he venido a su boda. Él tocaba el saxo y Aurelio el clarinete. Ellos tenían más dinero que nosotros y uno había heredado el saxo de su padre y el otro había conseguido que le compraran el clarinete nuevo, en un viaje a Zaragoza. Así que durante cinco años tocamos por todos los pueblos. Ligábamos un montón porque fascinaba mucho a las chavalas eso de salir con artistas, y además teníamos dinero. Total que un buen día me harté del pueblo y quise irme a Barcelona, pero mis padres no soltaron ni una perra. Se empeñaban en que me quedara, era el único varón y las pocas tierras necesitaban alguien que las trabajara. Te reirías si hubieras podido ver las tierras. Cuatro trozos pequeños que había heredado mi madre, cada uno a dos kilómetros del otro. Mi padre se dedicaba a llevar la piara de cerdos del pueblo a la dehesa y en los ratos libres se rompía el espinazo en esos cuatro pedazos. Total que tuve que vender mi trompeta. Un día llegó al pueblo un buhonero y me dio sesenta pesetas por ella".

Paco le contó que él la había comprado a un anticuario por bastante más. Entre los dos bajaron la persiana metálica. "Si hubiera estado bajada todo esto no habría pasado. Pero que sepas que esto es lo más bonito que me ha sucedido en veinte años", dijo Asdrúbal.

Unas horas después, a las doce del mediodía, Asdrúbal, algo ojeroso, pero recién duchado y vestido como un pincel, llegaba a la iglesia junto a Paco, llevando en la mano su trompeta. Paco portaba un clarinete. Cuando Pepe llegó a la iglesia, media hora antes que la novia, Asdrúbal le presentó al amigo reciente y le contó la historia de la noche anterior. El novio mandó a un amigo a casa a buscar el saxo.

Las boda, tornaboda y reboda acabaron muchas horas después, tocando los tres –Aurelio el pobre había pasado a mejor vida unos meses atrás- todas y cada una de las canciones del repertorio que veinte años atrás amenizaba las fiestas de los pueblos pequeños de la Sierra.

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