El campanillo de la ermita
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El cielo, cubierto, oscureció rápidamente. La Lucera, muy despacio, avanzaba, muy despacio. El tiempo dejó de tener importancia cuando, a lo lejos, apagadas por el aislante acústico en que se convierte la nieve, sonaron las campanas de Alquiricón. Los mozos habrían comenzado ya a beber el vino que les regalaban y se habían adelantado en los clamores varias horas. Buscó en las alforjas la bota y bebió un trago largo de vino. La dejó cerca para ir calentándose con él. Cuando el sonido de las campanas se debilitaba, comenzaron las de Hoyogrande. Era ya noche cerrada. Tanteando encontró el farolillo y lo encendió colgándolo en un lateral del carro. Tal vez la torcida durara hasta su casa. Las campanas se oían sin cesar. Quizá sería buena idea desviarse hasta Faruelo y pasar la noche en casa de sus primos. Apenas dos kilómetros separaban el camino que llevaba al pueblo. Antes de llegar al cruce comenzó a soplar un viento que parecían gemidos y se mezclaba con los clamores de la noche de los Santos. De pronto la Lucera pareció espantarse. Pasaban muy cerca de otra ermita, la de la virgen de Faruelo, situada en un pequeño altozano.

La yegua se negaba a seguir y temió que se espantara. Bajó del carro con la bota y le echó un chorro de vino en el morro. Pareció calmarse. Dirigió la vista a la ermita y, a pesar de la oscuridad y de la pequeña luz del farol que le deslumbraba, vio claramente, entre la neblina que formaban las nubes bajas y claras y la cortina de copos de nieve, la ermita con la puerta abierta y una figura apoyada en ella. Recordó de pronto las historias que su abuela le contaba de esa ermita. Recordó que en noches como esta, decía la abuela que la virgen bajaba del trono, se asomaba a la puerta y reclamaba al niño perdido que ella cuidó durante dos años, hasta que sus padres le hallaron y se lo quitaron.

Durante años, en toda la comarca, no se habló de otra cosa que del niño perdido en una cueva de Almonastid. Un niño de tres años, que anduvo por las galerías hasta llegar a la salida, muy cerca de la ermita. Permaneció perdido mucho tiempo, hasta que un buen día sus padres, que ya se habían resignado a su pérdida, creyéndole en el fondo del río, o devorado por alimañanas, le encontraron, sano y salvo, sentado delante de la ermita de la Virgen de Faruelo. Durante toda su vida el hombre mantuvo que durante todo el tiempo fue cuidado por una señora muy guapa vestida de azul.

A Liberto, de pequeño, le gustaba más la segunda parte de la historia, aquella que decía que la señora, cada año, por los Santos, reclamaba al niño. Pero esa noche de nieve no le hacía tanta gracia. Volvió a mirar y no vió nada. Las campanas, que durante unos minutos habían permanecido silenciosas –o a él se lo pareció- redoblaron sus clamores. Sonaban de todas partes. De pronto una destacó de las demás. El sonido llegaba desde la ermita. Miró de nuevo. Por la rendija de la puerta se veía una débil luz, tal vez velas. Reanudó el camino y, decididamente, se dirigió a casa de los parientes. Cuando la prima le abrió la puerta encontró al Liberto pálido y desencajado. Metió a la Lucera en la cuadra. Se sentó frente al hogar, se cambió la ropa por otra seca. Bebió una escudilla de caldo que borbotoneaba en la olla colgada de la llar, y el color blanco fue siendo sustitituido por otro rosado. Tal vez de no haberse desviado hubiera llegado a su casa con algún dedo congelado. Dos tardaron horas en perder los síntomas blancos y rígidos de la congelación.

Nunca se había conocido una nevada semejante por esas fechas en toda la comarca. Cuando, fumando un cigarro y bebiendo un pocillo de café espeso con anís, les contó a los primos lo de la ermita, le dijeron que se trataría de alucinaciones padecidas por el frío, la noche y las campanas. Juntos, recordaron la historia de la abuela común y de la ermita.

Al otro día, recién amanecido, Libertó se encaminó hacia su pueblo. A buen seguro que su mujer se habría imaginado lo sucedido, pero quería llegar cuanto antes. La nieve casi había desaparecido. Parecía imposible. En el lugar desde donde se divisaba la ermita paró el carro. Hasta ella había que llegar andando. Se acercó lo que pudo con la Lucera, la ató a un árbol y subió la ladera. Empujó la puerta del pequeño templo, siempre abierta, y entró. Nada había de extraño en el recinto. Por la trasera del altar penetró en la sacristía y dio un fuerte respingo. Tumbado en un banco, completamente dormido, con una garrafa de vino tirada en el suelo, un mendigo roncaba el sueño de los justos. Todavía tenía sujeta en la mano la cuerda del campanil. Se fijó bien en la cara del hombre. Le resultó desconocida. Se marchó sin hacer ruido. Al llegar al carro se acordó de que llevaba en las alforjas la comida que le había puesto la Atanasia el día anterior. Volvió a la ermita y la dejó en el suelo junto a la garrafa.

Al cabo de unos días, un hombre se presentó en el pueblo de Almonacid, donde residía Liberto. Preguntó por alguien que supiera bien la historia del pueblo, y le mandaron a su casa. Cuando tuvo delante al hombre reconoció al mendigo de la ermita. Dejo que hablara, que preguntara y él respondió. De aquella conversación se supo que el mendigo no era tal, sino nieto de aquel hombre que mantuvo mientras vivió haber sido atendido durante años por una señora muy guapa, cariñosa y vestida de azul. El nieto volvía en cumplimiento de una promesa que le hizo a su abuelo de visitar la ermita de la Virgen de Faruelo, llevarle unas libras de cera y tocar durante una noche entera –la de los Santos- las campanas. Era, a su vez, una promesa que el viejo había hecho a la imagen y que nunca pudo cumplir por haberse trasladado, junto con sus padres, a vivir a otro lugar muy alejado de su pueblo.

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