ILALE no viene en los mapas.
Ilale es un poblado marinero de casitas desparramadas, con techo de nipa y paredes de bambú que cada tarde se recuesta al sol poniente en una loma ondulada que muere sobre la desembocadura del río del mismo nombre.
Visto al atardecer, parece más bien una postal de ésas que se guardan a la vuelta de un viaje exótico cargado de recuerdos: palmeras esbeltas cabeceando sobre la playa, el poto-poto rojizo que enlosa las calles y un verde lujurioso de selva virgen impregnándolo todo. En el calor del mediodía diríase deshabitado, pero al caer la tarde renace un bullicio discreto por los contornos del garito de "papá Bulanga", que a esa hora empieza a vomitar música merengue desde un viejo pick-up, que funciona casi de milagro, hasta bien entrada la noche. La música es siempre la misma y los parroquianos también, pero ambos van amorteciéndose a medida que pasan las horas y se amontonan los vasos de topé. Luego viene la humedad espesa de la medianoche y la calma. La selva se apacigua, se retiran los caimanes de los cañaverales con sus ojos forescentes y todo vuelve como a un silencio tácito para despertar a la mañana siguiente.
Cuando el sol se filtra por entre las espesuras de los magombegombes, el pueblo se despereza para retomar la actividad marinera que se reparten por igual la desembocadura del río y las cálidas aguas del Golfo de Guinea, en una rutina que encadena siglos y generaciones.
Mi madre era de allí. Yo, en cambio, había nacido en Río Benito. No obstante, empecé a añorar Ilale a poco de pasar unas cortas vacaciones en casa de mi abuela, de manera que enseguida asocié el tiempo de asueto con la necesidad volver allí porque el corazón me avisaba con unos saltos estrambóticos e intempestivos.
No había carretera para llegar al poblado pero sí infinitos caminos -toda la selva-, siendo la alfombra blanca de la playa la que mejor nos servía para caminar, con el mar de fondo y los cangrejos corredores de compañeros que se apartaban despavoridos a nuestro paso con sus ojos saltones y sus pinzas al aire. En una hora llegábamos a la desembocadura del río Ilale; luego teníamos que subir la ladera hasta la casa de mis abuelos que quedaba en mitad de la colina. Y casi sin tiempo de saludos ni besos, desaparecía por los vericuetos del bosque con las niñas del lugar en una cascada de risas y carreras locas.
Había unas chicas mayores que arrastraban tras ellas una cohorte de pequeñas entre las que me encontraba como pez en el agua, nunca mejor dicho, porque la ocupación primera y principal a partir de mi llegada era la de ir al río con ellas todos los días.
El río tenía una atracción poderosa: lugar de juego ininterrumpido y formidable caja de sorpresas que igual escondía un tiburón acechando a lo lejos, en lo profundo, como una enorme tortuga carey que se arrastraba llorando lágrimas gelatinosas de arena por la playa. Digamos que el río era la vida, aunque las chicas del poblado lo vieran de otra manera, porque ellas lo utilizaban como un medio de sustento y para ganarse cuatro perras que gastaban rápidamente en el garito de "papá Bulanga".
El ir a pescar era divertido por la forma artesanal con que lo hacían; por esto, a la mañana siguiente de mi llegada al poblado, me vinieron a buscar como unas locas: «Venga, Jandi, vente con nosotras que hoy tienes que ayudarnos a pescar...»
Jandi era mi nombre de nativa. A mi padre no le gustaba nada que me llamaran con el apodo puesto por mi abuela Adjije y prefería que me dijeran Nieves, que era como me habían cristianado; pero a ellas y a mí nos daba igual: «Anda, Jandi, levántate y vente con nosotras a pescar...», insistieron porque yo todavía andaba enredada con el mosquitero de la cama y no tenía trazas de querer levantarme. Mi abuela las espantó a escobazos, pero enseguida se arremolinaron otra vez en torno a la puerta.
Ellas iban al río cada mañana. Era una muchachada alborotadora y bulliciosa que bajaba en tropel por el sendero de poto-poto camino del agua.
«Que yo no sé pescar, que soy pequeña», les dije a voces mientras echaba pie a tierra. Efectivamente: yo no sabía pescar. Yo era una niña de ciudad y cuando necesitábamos pescado ahí estaba tío Jocke para abastecernos, que también era de Ilale y pescador, aunque de mal aguante por culpa de la bebida.
Cuando tío Jocke se decidía por salir a pescar, lo hacía movido por una absoluta necesidad de dinero o por una orden; digamos que no tenía el espíritu aventurero de mi bisabuelo, el viejo Boriló, ni había hecho un pacto con el mar para poder seguir trabajando en sus aguas con más de setenta años a las espaldas. Jocke iba a lo práctico, a lo justo, sin ilusión. Tal vez por eso bebía. Cuando llevaba unos tragos de más, insultaba a todo con el que se topaba en su camino diciendo unas palabrotas que sólo él entendía: «Sacriduman, macacoenluán», y todavía no hemos logrado descifrar.
Las chicas de Ilale, además de pescadoras, parecían sirenas que brillaban al sol, como recién barnizadas, cuando salían del agua. Por eso cada mañana, con la querencia de un oficio, bajaban a la desembocadura del río a trabajar. Y las muy sagaces conocían la forma de conseguir una buena anguila, unas hermosas cigalas o una dorada magnífica que luego vendían por las calles del pueblo. Su pesca era variada y excelente, todo dependía del lugar y de la época. Y es que Ilale estaba en el centro del Edén donde todo era bueno y abundante, de forma que para comer sólo tenías que hacer como Eva: bastaba con alargar la mano y tomarlo...
«No te preocupes, Jandi, que tú no tienes que pescar. Venga, date prisa y vente con nosotras», gritaron las chicas allí plantadas, delante de la puerta, que insistían como si yo les fuera imprescindible para su trabajo. Mi abuela se dio por vencida y abandonó la escoba. La mayor de todas ellas, que se llamaba Sogo, trató de remachar el clavo: «Mira, nena: tú no tienes que hacer nada; sólo nos acompañas y ya está».
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