J A N D I
Textos · Eventos · 0.0

Esta Sogo era una chica de una belleza natural, alta, con la cabeza ligeramente ovalada, ojos verdes, que cuando la quiero recordar me viene la imagen de una Nefertiti viva y morena. Nadando gozaba de una armonía clásica: ondulante, huidiza y frágil. Ella era la mayor, la que llevaba la palabra y las iniciativas, y la que hacía que mis días en Ilale fueran de una intensidad parecida al amor.

«Jandi, si vienes con nosotras te daré una cosa muy bonita que tengo...»

En cada choza de Ilale había, más o menos, un cayuco por varón. El cayuco y la atarraya eran los dos elementos imprescindibles para poder ir de una forma profesional a la pesca: un barquito hecho de un tronco de okoumé para adentrarse en el mar y la red para atrapar a los peces. Luego, el pescar era un arte que se aprendía con los años y muchos kilos de sal pegados a la piel.

El viejo Boriló, a pesar de su edad, seguía siendo un excelente pescador. Salía con el sol y cada mañana traía su ración de pescado fresco a casa que servía para alimentar a toda la familia, y ganarse unas perrillas extra vendiendo el sobrante entre los vecinos. El viejo Boriló, además del cayuco y la atarraya, tenía la sabiduría de un lobo de mar curtido en mil batallas; porque mi bisabuelo no era de los que pescaba en la desembocadura del río, no; sino en aguas profundas, mar adentro.

Yo le veía llegar al filo del mediodía con sus peces todavía coleteando y él me sonreía desde la negrura de su cara y el marfil de los dientes como si viniera del otro lado del mundo con un tesoro para mí, su princesa encantada. Lo veía venir tranquilo, balanceando la cesta de los peces que sobresalían por los bordes del mimbre; me acariciaba la cabeza sin perder la sonrisa y me decía: «Jandi, que te muerden», rompendo a reír a grandes carcajadas mientras yo escondía el brazo tras la espalda. Por las tardes, cuando ya el calor cedía a la brisa cargada de aromas del crepúsculo, nos sentábamos a la puerta de su casita y me contaba historias de marineros y tiburones, de hombres que habían ido a la mar y no habían vuelto...

Sogo se puso a gritar: «Venga, Jandi, pesada, sal de una vez». Ni siquiera había tenido tiempo de comer las tortitas de maíz y beber el tazón de contretí con leche que mi abuela me había preparado para desayunar; pero ellas, erre que erre, parecían tener la firme intención de no marcharse sin mí. Cuando asomé la nariz tras la tela de arpillera que formaba la puerta y nos protegía de las moscas, hubo una explosión de júbilo: «¡Bieeennn!», y se formó un tropel de muchachas camino del río.

Donde las rocas, las aguas no eran muy profundas: allí estaba nuestro lugar de juegos; hacia la mitad del cauce, el agua les llegaba a las chicas mayores a la altura de los pechos que parecía como que jugueteaba con ellos a bruñirlos y darles un brillo de ébano que destellaba con el sol.

Se valían de muchas artimañas para pescar. El caso era no venirse a casa con las manos vacías. Sabían, por ejemplo, que con la "hierba de dormir peces" se podían cobrar buenas piezas. Primero había que ir a buscarla a la selva; era una planta de hojas alargadas que semejaban la vaina de un puñal: finas por la punta y casi cortantes por los bordes. Había que buscarla cuidadosamente pues no era fácil dar con ella. Con un puñado de estas hojas bastaba para hacer una buena pesca. El método era muy sencillo: se machacaba aquel amasijo vegetal sobre una piedra y se dejaba que la espuma verde lechosa se fuera extendiendo por el agua del río como una cortina silenciosa en busca del sueño de los peces, por eso la llamaban la hierba de dormir... Aquella pintura verdosa que iba río abajo tenía un efecto mágico: al cabo de unos minutos era cosa de ver cómo los peces afloraban flotando, igual que pedazos de corcho, con los ojos extraviados y dando bocanadas como si les faltara el agua para respirar, teniendo como tenían todo el río para ellos. El resto era muy fácil: bastaba con irlos cogiendo, envolverlos en hojas de plátano y cargar con la mercancía hacia el poblado. ¡Era como la pesca milagrosa del Evangelio! A mí siempre me regalaban algún pececillo que llevaba como un tesoro apretado contra el pecho, dejándome impregnado el vestido de un fuerte olor a mar e ilusión.

Lo malo era cuando no encontraban la hierba, como era el caso. Entonces ponían en marcha el plan alternativo y pensaron que yo era su recurso infalible para poder pescar este día. Por eso insistían tanto.

«Adiós, abuela, me marcho con ellas...» Las mayores me cogieron en volandas y me llevaron camino del río, mientras mi abuela repetía a voces una retahíla de consejos para que fuera buena y no me metiera en lugares peligrosos...


Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.