J A N D I
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Cuando el viejo Boriló salía a pescar era mucho más discreto. Entre otras cosas porque lo hacía de madrugada, al mismo tiempo que el sol y allá, en la soledad del mar, podía gozar de la vista que le ofrecía el horizonte encendido en púrpuras y cómo se iba tornasolando a medida que pasaban las horas, hasta convertirse en un azul purísimo. Era el momento ideal para pescar, situar la barca al poniente y lanzar la atarraya antes de que el sol apretase, porque los peces con el calor se hundían como plomos y no volvían a aflorar hasta la madrugada siguiente. El viejo Boriló lo sabía y por eso se echaba al mar antes que ninguno con la discreción del pescador solitario.
Pero los tiburones no. No se hundían; se quedaban espiando entre dos aguas, girando y girando sobre el fondo del abismo. El viejo Boriló no les temía. Eran ya muchos años de verse cada día a la misma hora, y la fuerza de la costumbre hacía que entre ellos se respetasen como viejos vecinos. «Los tiburones y yo somos buenos amigos, nena...», me decía. Por eso se adentraba más que los otros en las aguas, allá donde la tonalidad del mar empezaba a oscurecerse. «Los peces todavía están durmiendo cuando yo llego -comentaba en aquellas charlas del atardecer a la puerta de su casa-, y entonces los atrapo, porque no ven la red..., ¿eh, Jandi? ¿qué te parece?»
Ya casi llegando a la orilla me dijo Sogo: «Mira, Jandi, hoy no hemos encontrado la "hierba de los peces", por eso tienes que ayudarnos...» Yo la miré sin entender exactamente lo que me quería decir: «Pero si yo no tengo nada para pescar...» Sogo y las otras chicas se partían de risa: «Dice que no tiene nada para pescar...» De golpe se puso seria; se plantó delante de mí y trató de explicármelo sin rodeos: «Jandi, a ver si te portas como una niña buena, porque si no, hoy nos vamos a quedar sin comer, ¿comprendes?» Yo dije que sí con la cabeza, aunque seguía sin entender lo que me pedía.
El día más triste de mi vida fue cuando me enteré de la desaparición de mi bisabuelo. Al volver del colegio noté que mi madre tenía los ojos de haber llorado: «Es el viejo Boriló, que no sabemos nada de él. Se fue a pescar y ya hace dos días que le esperan...; seguro que está muerto».
Me dejé caer sobre la cama y por mi mente empezaron a desfilar los felices días de mi infancia pasados en Ilale, cuando niña: las tardes de historias y aventuras a la puerta de su casa, los reniegos de mi abuela, el grupo de chavalas con las que iba al río; aquella chica, Sogo, que se parecía a Nefertiti y me dijo: «Anda, nena súbete a esa piedra y aprieta...», todo, absolutamente todo, se me estaba volviendo gris por la tristeza. Cerré los ojos y vi otra vez al viejo Boriló con su cesta de mimbre rebosante de peces («que te van a morder, nena») y el sol brillando sobre su piel morena. Aquellas palabras suyas: «Si me ataca un tiburón, será algún joven que no me conoce...», ahora me parecían proféticas. Y poco a poco su imagen se me iba difuminando en un azul grisáceo como si huyera hacia el fondo del mar...
Sogo empezó a perder la paciencia, cansada de que no le entendiera. Se esforzó por decírmelo más claro todavía: «Mira, Jandi, tienes que hacer una cosa muy sencilla: tú te subes a esa piedra, aprietas un poco y haces cacas, ¿vale?»
Así, sin rodeos. O sea, que se trataba de subir a una de las piedras del río, apretar el vientre y hacer de ella un retrete improvisado y al aire libre, nada más. Realmente parecía sencillo, pero todavía no veía la relación entre el fruto de mi vientre y su pesca.
«¿Tengo que hacer cacas?», pregunté sorprendida para saber si era exactamente "eso" lo que se me estaba pidiendo. «¡Pues claro, guapa!», me respondió. Ellas necesitaban una niña pequeña como yo. Una niña que todavía no tuviera excesivamente desarrollado el sentido del pudor, y que el hecho de subir a una piedra y ensuciar el río no fuera un trauma más allá de la simple curiosidad por ver lo que pasaba después. «Es que ahora no tengo ganas...», no se me ocurrió decir otra cosa, además de ser la pura verdad. «¡Lo que nos faltaba!», exclamó otra que tenía el pelo endrino y la tez acharolada. «Bueno, no te preocupes Jandi, cuando te vengan nos avisas. Ahora nos vamos a bañar».
Aunque la mañana era espléndida e invitaba a retozar en el agua, Sogo tenía mucha prisa, así que me dijo muy enfadada: «Venga, Jandi, hazme el favor de subirte a esa piedra y ponte a cagar». La miré con ojos atónitos. Salí del agua y en cueros, como todas estábamos, me fui hacia la roca y comencé a trepar por ella. Las chicas me contemplaban expectantes. Me situé, más o menos, donde me indicaba, miré en derredor desde este trono improvisado, de pie, como una estatua. Oí a mis espaldas su voz autoritaria: «Agáchate y aprieta, porque hoy nos vamos a quedar sin comer por tu culpa, guapa». Estaba muy asustada: «¡Me voy a caer!», dije sollozando. «No, no te vas a caer. Tú agáchate y aprieta, no seas miedica».
Estaba metida en una trampa sin escapatoria posible: por un lado el río, por el otro las muchachas; no me quedaba más remedio que obedecer. Me puse en cuclillas y desde allí, agachada, el río Ilale me parecía un mar verdoso, azul y ancho, muy ancho, que iba y venía de las montañas al mar y del mar a las montañas, lejos, atravesando selvas inmensas como las que me había contado el viejo Boriló. A mis pies el agua era transparente. Veía peces de formas y colores diferentes que nadaban sigilosos bajo la sombra de mi cuerpo agazapado. Sogo me preguntó un poco inquieta: «Jandi, ¿cómo va eso?» Yo, que en ese momento estaba concentrada en mi trabajo, sólo le pude responder en medio del esfuerzo: «Bieeennn», e inmediatamente se produjo el milagro: un chapoteo increíble de peces frescos brotó justo en la vertical de mi sombra. Un chapoteo que había aparecido como por ensalmo y que jamás se me hubiera ocurrido atribuir a ese último esfuerzo mío. Pero ellas sabían que esto iba a ocurrir y por eso estaban llenas de risas, de agua y de alegría: ¡hoy también habría buena pesca!
Fue entonces cuando Sogo se plantó de una zancada en lo alto de la piedra aquella, tomó mi cara entre sus manos negras, y con un beso y una sonrisa blanca de diosa de ébano me dijo: «¡¡Muy bien, Jandi, así se hace!! Y este pez tan bonito que tengo es para ti: te lo has ganado».
Aquel pez de plata que me regalaron y todavía guardo esculpido en el recuerdo me reveló un gran secreto y es que, a pesar de los pesares, la vida es bella.
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