Locomotoro
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Noté una mano sobre mi hombro derecho.

-Hola cariño, ¿hace mucho que esperas?

-No, no. Apenas hace unos minutos que llegué. El tiempo justo de pedir un gin tonic y darle un trago.

Nos besamos, tomó asiento frente a mí y nos hicimos las preguntas de rigor: ¿qué tal el día? ¿mucho trabajo?.........es decir, las utilizadas cuando no se sabe qué decir o no hay nada más sobre qué saber. En un descuido de su mirada dirigí mi atención hacia la mujer de la mesa contigua y mi cara debió de cambiar totalmente de semblante y color.

-Manolo ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

Ella no estaba y la mesa sin restos de haber sido usada minutos antes, o más bien, como si nadie la hubiera utilizado.

-Cariño, responde por favor. ¿Qué te ocurre? ¿Quieres que nos vayamos a casa?

Decidí entonces explicárselo, sólo lo imprescindible claro.

-No sé qué decirte. No he visto que estuviera ocupada, aunque lo cierto es que tampoco me he fijado. Tú sabes que de observadora tengo bien poco. No le des más importancia de la que tiene Manolo, seguro que se fue en el mismo instante de mi llegada y por eso no apreciaste su marcha.

-De acuerdo, hasta ahí conforme.........pero ¿y la mesa? ¡está intacta!

-Mira, el camarero está entrando ahora en la cafetería. Seguro que en su bandeja está la consumición de tu vecina. Él estaría cercano y aprovechó para limpiarla. En serio Manolo, no le des más vueltas al asunto. Venga, vámonos hacia el restaurante y de paso te despejas por el camino.

Sí, necesitaba hacerlo. Necesitaba urgentemente recobrar mi cordura, mi sensatez.

Durante el trayecto que nos separaba del lugar donde habíamos decidido dar inicio a una velada supuestamente romántica, no pude evitar pensar en aquella mujer. Ya carecía de interés para mí el modo extraño de su llegada o de su marcha, ella era lo importante. Su imagen comenzaba a convertirse en una obsesión, y no, no podía ser. Debía de alejarla de mi pensamiento, huir de ella. Apenas escuchaba lo que decía Marta. Ni tan siquiera me di cuenta cuando llegamos al restaurante y mi mujer pidió al maitre la mesa que había reservado para las nueve y media a mi nombre.

Nos acompañó hasta la mesa número siete y tomamos posesión de ella. Enseguida nos dieron la carta y más rápido aún pedimos el primer y segundo plato.

-Me he quedado sin tabaco, voy a la máquina.

Cuando volví no podía creer lo que estaba viendo. ¡Ella otra vez! Estaba sentada en la mesa situada detrás de Marta. No quise que mi mujer se diera cuenta de mi parálisis emocional y actué como si nada ni nadie me hubiera sorprendido. Retomé con normalidad la conversación que minutos antes sosteníamos........y para qué negarlo, me alegré de volver a verla. Mucho. Demasiado.

Volvía a estar sola y me gustó la idea de que nadie la acompañara. Ahora llevaba un vestido negro, sin mangas y adornaba su cuello con una cadena gruesa de plata. La nítida luz del local me permitió observar con claridad que el cabello corto que creí ver en la terraza de la cafetería no era si no que llevaba el pelo recogido hacia atrás, seguramente acabando en un moño. Evidentemente, debía de vivir cerca pues de no ser así no tiene explicación que en casi media hora se situara cenando allí y mudada de ropa. ¡Qué bella estaba!

La posición de Marta me permitió dedicar continuas miradas a mi vecina de mesa, procurando que éstas no fueran excesivas a fin de evitar situaciones comprometedoras para mí por parte de ambas. Aparenté prestar atención a lo que decía mi mujer, le respondía con un "si.....no.....tal vez.......tú me dirás.....estoy de acuerdo......ya sabes como funcionan estas cosas.....lo mejor es dejar pasar el tiempo" etc., etc. Ignoré, y tampoco me molesté en saberlo, si las palabras que seguían a sus preguntas u opiniones eran las correctas o no, aunque supongo que como mínimo fueron las adecuadas pues en ningún momento ella mostró un signo de incomprensión. Sé que mi actitud era del todo reprochable e irrespetuosa pero sólo quería deleitarme con aquella presencia femenina que cada vez más me absorbía.

Perdido en mi distracción ocular no me di cuenta del instante en que nuestras miradas coincidieron. Al sentir la suya me turbé, comencé a inquietarme y querer huir de allí, de ella. Pero no podía. Era como si aquellos ojos que desde mi lejanía creí oscuros, estuvieran imantados. Su mirada penetraba en mi interior agujereando todo lo que encontrara a su paso. Y quise prescindir de Marta, correr hacia ella y besar sus labios, su cuerpo. El resto de la humanidad dejó de tener importancia, sólo deseé poseerla.

No puedo precisar en qué momento decidí volver a la realidad y darme cuenta que frente a mí estaba la mujer que amaba y que aquella noche celebrábamos nuestro aniversario de boda. Como tampoco puedo asegurar cual fue la reacción de Marta cuando le dije:

-Si has acabado ya, vámonos para casa por favor.


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