El calor del sur
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Cuando se cansó de contemplar el tránsito de imágenes en el depauperado televisor en blanco y negro, un magnífico General Eléctrica Española, de fabricación anterior a la fecha de su propio nacimiento, era ya casi la hora de cenar. No había prestado atención a ningún programa, ni hubiera podido hacerlo aunque se empeñara. Sus pulmones chorreaban nicotina.

Se levanto del sofá-cama entre mareos. Llegó a la cocina y abrió la oxidada nevera. Como en cualquier gélido paraje, las posibilidades de alimentarse escaseaban. Abandonó sus pretensiones ante la limitada y poco apetitosa oferta. Volvió al salón. No quiso volver a sentarse.

Se acercó a la ventana, miró a la calle. Vacía, solitaria. Empezó a moverse por la habitación. Una sola idea le rondaba la cabeza. Tenía que hablar con ella. No aguantaba más sus distanciamientos, sus caprichosas desapariciones, su total ausencia de compromiso. Era feliz con ella, lo sabía. Pero ya no se sentía capaz de confiar. Y no lo soportaba.

Surgió de un país lejano, con un suave acento, algo de dinero y su madre. "Mi mamá y yo somos exiliadas económicas", decía a menudo. Problemas con la Hacienda Pública. Congeniaron enseguida. "Es desesperante hablar con dos personas que siempre están de acuerdo", se quejaban sus compañeros. Disfrutaron conociendo cada rincón de su carácter, explorando cada recodo de sí mismos.

Se apoyó en la mesa. Miró el reloj de pared, regalo de una marca de detergente. Era casi medianoche. Durante horas había girado en torno a aquella mesa. No podía quedarse allí sin hacer nada.

En veinte minutos de paso apretado llegó hasta ella. El portal intimidaba a Gonzalo. Casi se dieron de bruces nada más cruzar la puerta. Ella estaba con una amiga a la que Gonzalo no conocía, y dos chicos que no recordaba haber visto nunca.

-¡Hola! -dijo sorprendida-. ¿Qué haces aquí? Es muy tarde.

-Nada, venía a verte para charlar un rato.

-Ay, qué pena, estaba ya saliendo, lo siento. Mejor otro día. Llámame antes.

-Vale, lo haré.

Se dieron dos besos de despedida, y al salir del portal se fue en dirección contraria al grupo. Se estaba imaginando la noche: habían cenado todos en casa de ella, sin duda una cena muy agradable, aquellos dos tipos eran encantadores y les esperaba una gran noche. Ella le reprochaba que raramente expresara sus sentimientos con valentía. Pero había ido a verla. Eso ya quería decir algo, ¿o no?

Vagó por de la noche helada, temblando. El vaho de la respiración se confundía con el humo del tabaco. Grupos de jóvenes estudiantes se movían por las calles, de un sitio a otro, de local en local, tomando copas, divirtiéndose. Tras unas horas había descrito un gran círculo. Allí estaba de nuevo, ante aquel maldito portal. Se sentó en el escalón. Esperaría hasta que volviera. No supo cuánto tiempo pasó. Aún era de noche cuando oyó su voz:

-¿Qué haces aquí a estas horas? Eres un huevón.

Todo el grupo había vuelto.

-No creo que podamos hablar de nada esta noche. Tengo visita, y además estoy muy enojada contigo. Vete a casa a dormir y mañana veremos.

-Está bien, mañana entonces -murmuró Gonzalo, avergonzado ante aquella gente. Echó a andar.

-¿Sabes? -unos pasos tras él, ella le hablaba-. Yo te quiero mucho. Pero no quiero que me cagues la vida.

Aquella noche, Gonzalo durmió plácidamente. Mañana no hablarían de nada. Cuando se levantara haría la maleta. Quería sentir el calor, allá en el sur.

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