El incidente del cinematógrafo.
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Así de sensual, en la tanda de las nueve.

Y es que así fue. En todos estos movimientos hubo mucha sensualidad. No sé por qué, pero así lo siento. Fue erótico, aunque nuevamente, debo admitirlo, el toque no fue más que un momentáneo roce. No. Con un roce no hay presión. Empiezo otra vez: debo admitirlo, no fue más que un toque momentáneo.

Claro, si hasta aquí hubiera llegado todo, me podrían tildar de enfermo perverso. Lo sé, y lo admito. Pero no fue así. A pesar de que a mi izquierda me tenían agarrado por el brazo, la siguiente vez la cosa no fue un toque momentáneo. Su rodilla y la mía se tocaron nuevamente pero, a diferencia de las veces anteriores, no se separaron. Corrección: a diferencia de las veces anteriores, su pierna entera no se separó de la mía. Acepto que mi muslo ya para ese entonces era una roca inamovible del borde derecho de mi puesto y, por unos instantes, pensé que el asunto no era más que un accidente. Y aunque deseaba que no, quise creer que mi amiga (mi amante de pierna) creía que se apoyaba en el brazo de mi silla.

Así estuvieron las cosas por unos instantes. Yo no hacía el menor gesto. Ella no se inmutaba. El contacto de nuestros miembros era intenso, hondo y recio. Su rodilla ahora hacía círculos contra mi muslo. Mi pierna se movía arriba y abajo. Rozábamos los miembros, su pierna desnuda, la mía encapuchada (tiempos modernos estos). Sentía placer en aquello. No sé más.

Pasó el tiempo, medido por las escenas insulsas de la película aquella y por nuestros miembros que jugaban a derecha e izquierda, la mía y la de ella. Y así todo acabó. La película llegó al final, con el héroe y la chica juntos, y los malos acabados. Yo sudaba copiosamente, cuando oí un largo suspiro a mi lado.

-¿Nos vamos?

-Sí. Nos vamos.

Me incorporé. Ya ella lo había hecho apresuradamente en dirección opuesta, tomada de la mano de otro. Sólo tuve tiempo de ver su espalda (su cabello de bronce cayendo sobre su hermosa figura).

Esto nunca lo supo mi compañera. Nunca lo ha sabido nadie. Pero a pesar de no haber visto nunca su rostro, saber quién era, oír su voz, tocar su piel o mirar sus ojos, aún la recuerdo con fervor: su olor apasionante, su perfecta presencia, nuestro sensual encuentro.

Eso fue hace un año. Ahora voy al cine asiduamente. Con otra, con otras. ¡Qué más da! El objetivo es siempre el mismo, ajeno a quien me acompañe.

Aún la busco con celo. Busco aquel olor a Floré (R), aquella pierna deliciosa, aquella hembra olorosa en la oscuridad del cinematógrafo en la tanda de las nueve.

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