Menos mal que no se había comprado el coche con el cambio de marchas
automático, pensó Mikel mientras rodaba por la amplia autovía rodeada de
molinos de viento y modernos sistemas de regadío. La resaca iba
desapareciendo conforme tragaba kilómetros y kilómetros de paisaje desértico
con el sol quemándole los ojos. Llevaba cuatro horas de viaje, y Madrid ya
le parecía muy lejano, ante sus ojos aparecían los carteles que le
anunciaban su destino: una pequeña finca con casa señorial, donde si todo
salía bien se instalaría definitivamente.
El sueño de montar un hostal rural, había sido eso siempre: un sueño, hasta
que Silvina decidió que estaba cansada de escuchar siempre la misma
historia, de vivir la misma historia, de sentir la misma historia y le
escribió un final sin consultárselo. Aunque la ruptura había sido dolorosa,
eso no podía negárselo, en cierto modo había representado una liberación. La
excusa perfecta para abandonarlo todo y lanzarse a la aventura. Como en una
mala novela negra lo había perdido una mujer que no tenía sueños.
Al salir tan tarde, el tiempo se le había echado encima desbaratándole todos
los horarios que se había establecido en la ruta de viaje. Ya no llegaría al
mediodía sino al atardecer, menos mal que había cogido el saco de dormir,
sonrió con ironía, también llevaba el equipo de buceo, unos treinta libros,
toda su ropa..., su vida en el maletero de un Saxo. Tocaremos juntos, Sam,
tarareó.
El paisaje había empezado a cambiar, había entrado en la vega de Alicante y
todo respiraba verdor, a pesar de ser mediados de septiembre ya había
empezado la recogida del algodón, mujeres inmensas como columnas jónicas
destrozaban sus riñones buscando el corazón blanco para arrancárselo a la
planta madre. Los campos de maíz se preparaban para la siega, vencidos por
el peso de su fruto, ansiaban enderezarse ayudados por una cálida brisa. El
aire olía a hierba, como a césped recién segado y el sol aunque bajo seguía
calentando la tierra, Mikel sonrío inconscientemente, le gustaba esa tierra,
le gustaba tanto como al sol, que se resistía a dejarla.
Llevaba cinco horas dentro del coche y la resaca había dejado paso a unas
incontrolables ganas de comer algo dulce. Paró el coche en el arcén y abrió
la caja de miguelitos, pequeños pasteles de hojaldre rellenos de crema, que
había comprado en la estación de servicio de La Roda, divertido por la
curiosidad del nombre y porque eran tocayos. Pringado de azúcar molida y con
los dedos pegajosos abrió el pequeño mapa con indicaciones que le habían
facilitado en la agencia inmobiliaria. Miró de nuevo la foto, no se cansaba
de mirarla, sobre todo el torreón con el campanario ennegrecido, se decía:
se estará cayendo, no te hagas ilusiones, será una ruina y tendrás que
volver a empezar la búsqueda del sueño que te ha hecho perder la mujer con
la que soñabas... Ya quedaba poco para llegar, pararía en la próxima
estación de servicio y se saldría de la autovía para preguntar por la
desviación que anunciaban las indicaciones. Tenía que preguntar en Castro
Alto por la finca de la Marquesa, al parecer era bastante conocida, y allí
le indicarían como llegar.
Dos mil habitantes tenía el pequeño pueblecito, y parecía que todos ellos se
habían puesto de acuerdo para ocupar el camino comarcal con sus bicicletas,
cargados de capazos y útiles del campo. En algunas de ellas reconoció
imágenes familiares que había visto trabajando en los sembrados, las mujeres
con la cara casi oculta por el pañuelo, protegiéndose del sol, que incluso a
las ocho de la tarde hacía sudar en un ambiente bochornoso.
- Coge usted la carretera que va hacia Orihuela, y pasado el cementerio verá
una vereda a mano izquierda, se mete y al final verá la finca de "la
marquesa".
-¿Podré pasar con el coche?, dudé al oír mencionar la palabra vereda,
asociándola a un camino estrecho de tierra, donde normalmente solo pasan las
ovejas y las bicicletas.
- Hombre, es estrechica, pero no hay problema.
- No sabrá usted si la casa tiene luz eléctrica, le pregunté con un paquete
de cirios en la mano.
-¿No irá a pasar la noche allí, verdad?, allí no vive nadie desde la guerra
civil, no es un buen sitio para dormir. A la marquesa la quemaron en la
capilla, y desde entonces ni los hijos ni los nietos han vuelto. No es un
buen sitio para dormir, insistió el abuelo. Intrigado por la respuesta del
locuaz gasolinero, saqueó el autoservicio, y cargado de colorantes,
conservantes y CO2 se dirigió a la finca dispuesto a pasar la noche como un
marques.
Con los brazos doloridos, que ya formaban un bloque con el volante porque
aquello más que vereda parecía camino de cabras, consiguió llegar a su
destino. Paró delante de una majestuosa verja negra, la casa se levantaba al
final de una pequeña colina. La miró extasiado, era más de lo que esperaba,
mas bien parecía un pequeño palacete. A la derecha se levantaba la capilla
adosada al cuerpo central de la casa, con un erguido campanario coronado por
tejas negras. El cuerpo de la casa era robusto y ocho ventanas la horadaban
como si fuera un queso gruyere. A mano izquierda se levantaba un torreón,
tan alto como el campanario, enmarcando la fachada rectangular. El ladrillo
era rojo, y la hiedra lo invadía como una melena despeinada. Era
espectacular. No comprendía como podía tener un precio tan barato, la idea
del timo rondaba su cabeza machaconamente. Supuso que se estaría cayendo por
dentro, pero aún así le pareció raro. Subió la empinada cuesta, rodeado de
eucaliptos, llorones y pinos y un silencio que solo era roto por el chillido
ocasional de una merla.
La entrada la presidía una romántica fuente con el angelito decapitado
correspondiente, la fuente debería quitarla, pero tal vez un estanque no
quedaría mal.
Decidió dar una vuelta a la casa antes de que se retirase definitivamente el
sol. Pinos y pinos se extendían detrás de la casa enmarcando una vieja pista
de tenis invadida por matojos. Sería genial colocar en la parte trasera un
comedor de verano, pensó, y más adelante, tal vez la piscina. No se lo podía
creer. Del manojo de llaves, buscó la que más se podía acomodar a la antigua
cerradura de la puerta y se dispuso a encontrar el motivo del chollo.
La casa se le abrió anhelante de compañía, Mikel no era supersticioso pero
el ambiente le pudo. Fantasmagóricas sábanas cubrían los enormes muebles,
que se adivinaban rotundos y oscuros. Las ventanas habían sido objeto de una
cruzada con los chavales del lugar, e igual que el moro habían sido
vencidas, asaeteadas por innumerables piedras que se esparcían por el suelo
de losas rojas.A pesar del destrozo de cristales, la casa estaba intacta, el
mármol de la escalera destellaba brillos disimulados de polvo, sin embargo
la madera de la barandilla había sido banquete de hambrientas termitas.
Descubrió que el piso de arriba conservaba cristales y persianas
mallorquinas, dejó allí el saco y los víveres plastificados y bajó a buscar
la ermita intrigado por la silueta negra que manchaba la foto de su casa
ideal.
Se encaminó hacia la puerta de oscura madera ennegrecida, doblemente
enlutada por el tiempo y el nogal. Meditó delante de la cerradura, ninguna
de las llaves coincidía con el agujero que veía. Incluso podría meter el
llavero dentro. Aquella no era la forma de entrar, las ventanas se veían
tiznadas de ojeras, fruto suponía de aquel incendio interior, además estaban
demasiado altas para intentar asomarse. Volvió a la casa, con la seguridad
de encontrar una entrada o una salida para su curiosidad. Casi por instinto,
se dirigió al salón grande, suponía que desde el interior de la casa se
podría acceder a la torre. Sus pasos arrastraban telas de araña en confuso
revoltijo con otros desperdicios que dejaba el tiempo y el abandono. No le
costó mucho encontrar la puerta que daba a una pequeña escalera que ascendía
entre paredes llenas de ventanucos. Se asomo a uno de ellos y se encontró
con la oscuridad tiznada de hollín. El incendio tuvo que ser temible pues
solo se mantenía en pie un altar que había perdido su sentido original para
convertirse en barbacoa quemada, detrás se erigíauna columna, donde supuso
Mikel anteriormente se colgaría el crucifijo. De este sólo quedaba un
esqueleto de madera quemada manco de la derecha. Vio que el fuego lo habían
iniciado ahí, pues aun quedaban restos de la hoguera hecha al pie de la
columna de mármol negro. Movió la linterna, buscando la confirmación del uso
de los bancos como comida para la hoguera.
Aunque eran las diez no tenía ganas de volver a la habitación superior, a
pesar de que tampoco le gustaba nada seguir investigando un sitio tan
tétrico. Demasiadas pelis de terror, se dijo así mismo. Ascendió hasta el
final de la escalera y allí encontró un portón del mismo nogal oscuro que la
puerta exterior. Colgada de un clavo, una corona de flores secas con una
cruz de madera anunciaba las muertes que ocurrieron en la ermita. La
aprensión de tocarlas fue superada por la curiosidad de leer la inscripción
que había bordada en una cinta de seda reseca y apelmazada. Lo que leyó, le
trajo ecos de luchas entre hermanos y odios sin explicación, decía bordada
en letras góticas con hilo carmesí:" Aquí asesinaron a mi esposa y a mi fiel
sirviente, quede este lugar, incitador de envidias y odios, maldito para
siempre". Vaya pensó, que gótico, desde luego el marques sabía como espantar
a los curiosos. ¡Totalmente de película de serie B!, Exclamó dándole un
manotazo y desintegrando la corona de flores secas. Del llavero extrajo sin
mayor problemas la llave que abría el portón y se dispuso a bajar al lugar
del crimen. Entró en una pequeña plataforma con barandilla de madera
chamuscada, supuso que antiguamente el órgano o el coro se situaban aquí. De
esta surgía enroscada a otra columna una escalera, que bajaba a la derecha
del altar. Viendo el avanzado estado de descomposición descendió o más bien
saltó los ocho escalones. Ante su vista se extendía la totalidad de la
iglesia, con una planta latina clásica, a ambos lados del altar se
levantaban nichos, antiguos depositarios de imágenes que ahora aparecían
desmembradas y amontonadas como en un osario abandonado. Las ventanas altas
y estrechas robaban los rayos que la luna perdía descuidadamente, haciendo
que la iglesia pareciera un escenario invadido por focos, una obra sobre la
devastación, un teatro de lo absurdo. Su respiración bailaba con el eco de
sus pisadas, acompañado por una orquesta de cigarras profesionales. Se
acercó a una hornacina, un bulto de tela retorcido le intrigó, conforme se
iba acercando se asemejaba cada vez mas a un cuerpo humano, ¿se les olvidó
un cadáver?, lo absurdo de la pregunta hizo que pateara el murruño
descubriendo que era un maniquí. Probablemente el soporte de algún santo
especialmente venerado por la familia. Acercó la linterna y entre miles de
trozos de porcelana, distinguió una sonrisa pintada y hueca. Cogió el trozo,
y al levantarlo una trenza de pelo se sacudió como dotada de vida propia.
¡Que raro que no hubiese prendido el pelo!, pensó recordando una vez que su
flequillo ardió por culpa de un mechero mal encarado. Encendió un pitillo,
con la linterna apoyada en la negra hornacina, y examinó el despojo. Parecía
un exvoto, la trenza era castaña, con hebras rojizas, y ni siquiera el
tiempo y la podredumbre habían podido apagar el destello de hilo de cobre.
Había sido cortada desigualmente, como a navaja. Los trasquilones untados
con una especie de engrudo contrastaban tremendamente con la punta sedosa y
cuidada del otro extremo, recogida en una lazada de seda azul celeste.
Las campanadas reverberaron en su cabeza, con tal estruendo que soltó la
trenza, y el capullo del cigarro consiguió terminar la tarea que nunca se
había empezado. Asustado, buscó el sonido de las campanas mientras con el
pie intentaba apagar el conato de incendio, con movimiento brusco consiguió
tirar la linterna y romper la bombilla. A oscuras y con visos de quedarse
sordo se apartó del nicho dirigiéndose a un rayo lunar. Totalmente
desconcertado por el estruendo, apretó los ojos fuertemente intentando
acostumbrarse a la oscuridad y cuando los abrió la iglesia brillaba con las
luces de miles de cirios. Y si no eran miles, a Mikel se lo parecieron, se
arrebujó en la chaqueta pues un frío que desmentía la noche veraniega, le
caló los huesos haciéndole tiritar.
LA MARQUESA-
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