LA MARQUESA-
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Como siempre que se asustaba, se quedó inmóvil intentando asumir lo que sus
ojos veían: la iglesia había perdido el barniz del hollín y relucía de
mármoles y maderas. Las columnas se elevaban majestuosamente y al fondo, en
el altar, tal como había supuesto un Cristo de Medinaceli se inclinaba
peligrosamente, observando a las dos personas arrodilladas en un banco de
madera labrado primorosamente. ¡Dos personas! Gritó su consciente, ¡dos
fantasmas! Aulló su subconsciente. Perdió la parálisis, pero descubrió que
la escalera, ahora en perfecto estado estaba ocupada por una tercera
¿persona?, ¿fantasma? que se agazapaba oculto por los barandales de roble,
observando la pareja. Miró a su alrededor, dispuesto a echar a correr,
aunque no supiera a donde, cuando un murmullo de voces, extrañamente nítidos
le relataron su historia.
-¡Tienes que huir Isabel!, ¡Ven conmigo!.
- No puedo, no puedo abandonar a mis hijos, ha sido una locura venir de
Madrid. ¡Tienes que impedir que vengan esta noche, te lo suplico!
-¡Escúchame!, ¡No se les puede parar!, son muchos años de si señorito, no
señorito, lo que mande el amo.. ¡Están hartos! Van a quemar la casa y lo que
tenga dentro. Por favor, Isabel si me quieres, ven conmigo.
La trenza se agitó en la espalda mecida por los sollozos de la mujer que
negaba su salvación.
- Te amo, jamás amé a nadie como a ti, pero no puedo escapar contigo. ¡No se
que hacer!...
El chillido lo sorprendió tanto como la figura que se levantó al lado del
hombre. La mujer empezó a gritar, sorprendida, pues el hombre que se
agazapaba en la escalera, había surgido de las sombras sigilosamente y los
miraba amenazadoramente. El extraño levantó una porra de madera y descargó
un fuerte golpe en la cabeza del enamorado, mientras recitaba una letanía de
insultos dirigidos contra la bella mujer.
-¡Adultera, Perdida, Puta, hija de Satanás!, Gritaba el sádico mientras
arrastraba el cuerpo desmayado de la mujer. ¡ La trenza!. Utilizaba la
trenza para mover el cuerpo. Se acercó a la columna donde estaba el
crucifijo, ató a la mujer y volvió por el cuerpo del hombre, colocándolo a
la espalda de ella, rodeando la columna de cuerpos como un tapiz humano.
Un resplandor rojizo de antorchas asomaba por las ventanas, la luz de la
luna tomó el color de la sangre, imitación de telón de cabaret barato.
Mikel, paralizado no acertaba a moverse, tenía miedo, y una gran angustia le
atenazaba el corazón. Oía la Internacional, al otro lado de los muros de
piedra los campesinos reivindicaban sus derechos, sus canciones, sus
insultos. Ojalá llegaran a tiempo, pero supo que eso no sucedería, alguien
le había contado el final de esta historia.
El loco seguía con la cantinela.
- "Se lo dije al amo, ella no le merece. Pero él se reía, nunca sabrá el
deshonor, ¡¡Puta, adúltera, engañar al señor con un campesino!!. ¡¡La
vergüenza no caerá en su espalda, Mala Mujer, te quemaré como a la mala
hierba!!".
Sacó una navaja del bolsillo del chaleco y cogiendo la trenza procedió a
desgajarla de su lugar natural, destrozando una hermosa y nívea nuca. La
sangre salpicaba su cara y sus manos, pero el hombre como poseído por un
Manitú sesgaba sin mirar si hería. Se acercó al banco y con una hacha, que
era eso y no porra, empezó a hacer astillas. Tenía una fuerza brutal y en
pocos minutos consiguió desbastar el banco completo. Amontonó las astillas
sobre los dos cuerpos inermes, destruyendo una hermosa Biblia para ayudar a
que prendiera la hoguera.
El hombre despertó y empezó a gritar, gritaba el nombre de su amada, el humo
hacía la atmósfera asfixiante y Mikel vio como el homicida se dirigía a la
hornacina donde depositó la trenza en la cabeza hueca del santo.
Los aullidos del hombre alertaron a la muchedumbre que estaba fuera
incitándola a intentar derribar el portón. La asesina aparición canturreaba
mientras derramaba un liquido, de una jarra que había aparecido entre sus
manos. El olor penetrante invadió la nariz de Mikel, ¡gasolina!, ¡Dios mío
unos fantasmas iban abrasarlo vivo! pensó mareado. Se sentía perder la
consciencia, al menos se desmayaría, pensó aliviado de su eterno miedo al
dolor. Su última imagen fue la del homicida quemándose como un bonzo
mientras innumerables llamas bailaban a su alrededor.
Al día siguiente Mikel volvió a parar en la misma gasolinera del día
anterior. La sonrisa del empleado le provocó una sensación de cobardía por
su huida. Numerosos estornudos lo habían despertado dentro de la capilla y
excepto la trenza chamuscada por el mismo, no quedaba huella de la
tremebunda historia que había sido representada en su honor. Había volado
mas que corrido, huyendo de la capilla, recogió lo mas personal, abandonando
el resto como un mal ciudadano en un bosque invadido de residuos. Había
salido sin mirar atrás, sin pensar ni asumir el drama ajeno. Por eso, la
sonrisilla del empleado le recordó su cobardía, y le respondió con un
entrecejo fruncido, con mas ganas de salir volando que nunca. Como había
escapado del abandono de Silvina.
- Ya sabía yo que no duraría mucho en la finca...
- ¿Y por que no iba durar?
- Dicen que los comunistas quemaron a la marquesa, y que esta se aparece
para vengarse, nadie de los que vienen dura mucho. Aquí no nos acercamos,
por si las moscas...
- Pues mire, yo la voy a comprar. ¡Con moscas y todo!
Asombrado por su propia respuesta, se metió en el coche. La trenza, que no
recordaba haberla cogido, centelleaba bajo el sol. No era mala idea
aprovechar el psicodrama fantasmal en su beneficio, pensó, ¿qué hotel podía
presumir de fantasmas propios?. Definitivamente el capitalismo y las buenas
costumbres siempre vencían, rumió recordando la verdadera historia de la
marquesa. ¿Por qué los que perdían siempre eran históricamente maltratados?.
¿Qué tiene esto que ver con la política?, se preguntó mientras tarareaba una
canción, herencia de su madre.
"Hay dos cruces clavadas en el monte del Olvido..."
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