Ausencia, vuelta y...
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Yo viví aquí, hace un tiempo, lejano ya. Yo viví aquí, y vagamente puedo recordarlo... es como un sueño. Recuerdo las piedras, y la fuente, y la sombra de los cipreses; pero ahora, cuando me acerco a ellos, se han vuelto más viejos. Y aún oigo el eco de las palabras en mi cabeza, y las risas de los residentes, y el murmullo del subir y bajar en las escaleras, y ésta y otra cara definida nítidamente en mi mente. Fantasmas del pasado que convergen en el presente. Porque el presente es el nuevo Patio, distinto del que conocía. Y es por ello que me embarga la nostalgia.

Justo a la entrada existe un árbol roble, inclinado sobre su costado, como si dormido. Nadie sabría decir quién lo plantó o si germinó allí por pura casualidad, lo cierto es que sus raíces son más profundas que las del mismo Patio; y es por viejo que ha visto acontecer muchas cosas, y bastantes bajo su copa abrigosa. Acostumbraba, si mal no recuerdo, a echarse bajo su sombra una chica -y no me pidáis su nombre-, cuya mirada melancólica se posaba sobre las hojas de un cuaderno de poesía , y así la veías pasar las horas, hasta que se anaranjaba el cielo y se recogía en su casa. He dicho que no acertaría a pronunciar su nombre, quizá eclipsado por el recuerdo más provocador de sus ojos de nata y chocolate o de su boca de fresa apetecible de besar. Era un ángel. Pero hoy no hay nadie esperándome bajo el vetusto roble, sólo hojarasca que el viento arremolina a su antojo. Y ante este desolador panorama cruzo la verja que da acceso al Patio.

Todo aparenta seguir igual. Sensación de olores familiares, el detalle de las plantas, las flores y el agua alegrando cada rincón, la misma baranda lustrosa de mármol que sube hacia los pisos... Cercanía de sentimientos.

No hay nadie, o eso parece, ¿acaso sea demasiado temprano?. Las persianas están echadas y los pájaros aún no comenzaron con su trinar madrugador. El momento propicio para pensar. Me acomodo en un banco y los recuerdos me empiezan a abordar con fluidez. Pareciese que fuese ayer cuando llegué con una maleta en la mano a medio llenar, pero cargado de esperanzas e ilusiones. Era joven y, como todos los jóvenes, todavía muy inocente. Me había enterado de oídas de la existencia de este refugio, como de algo mítico, de esas cosas de las que oyes hablar pero no sabes si son reales o invenciones de la gente. A mí me pareció utopía, aun así probé suerte. Y allí, o aquí -mejor dicho-, descubrí un ambiente acogedor para todos los trabajadores de la palabra, nido de artistas -bohemios en algunos casos-,... gente de lo más dispar, pero con un punto en común: el espíritu abierto a la vida.

Sin percatarme con mucha antelación, se me aparece por detrás un hombre como nunca antes. Pareciese escapado de una novela romántica: alto, flaco y con la tez fina y blanquísima. Su pelo dorado y con ricitos lo hacen semejarse a un querubín trasnochado. Además -y esto es verídico- le sale un hilo de voz de lo más angelical para soltarme un: <<¿Te puedo ayudar en algo?>>

-Soy... bueno, un amigo -me presento así así...

-Bueno, aquí no importa tanto como te llames, sino como quieres que te llamen, que es muy distinto. Cyrano me dicen a mí, para servirle.

-¡Anda, el de Bergerac!

-Del mismo talante, sí, pero no tan narigón -y se ríe-. ¿Buscas a alguien? -me pregunta, quizá porque me ve algo despistado.

-No me espera nadie, creo. Pero yo llevo esperando por mucho tiempo.

Pone cara de no entenderme.

-Da igual. Oye, por cierto, ¿sabrías decirme si todavía vive aquí...? -y le preguntó por mi viejo amigo, y por aquél otro con quién compartí muy buenos ratos, y asimismo acerca de muchas más personas que con cariño me vienen a la mente.

En la mayoría de los casos la respuesta es negativa, y es por ello que me invade la tristeza.

Él pronto nota la nostalgia en mi cara, intuyendo que algo me arrastra hacia el pasado de aquel lugar.

-Tú has vivido aquí antes. Es eso, ¿verdad?

-Sí. Pero hace tanto -suspiro-, que ya no sé ni cómo ni cuando.

Me sonríe, mostrando comprensión, y después se ofrece a enseñarme el Patio.

Mi primera impresión fue acertada, no ha cambiado tanto en lo que a apariencia exterior se refiere. Observo, toco... me impregno de sensaciones, como si me fuese descubierto de nuevo.

-Y ahora toca subir a los pisos -me dice el tal Cyrano-, porque seguro que allá arriba alguien ya se habrá desperezado.

-Vamos pues -le digo-, que estoy impaciente por reconocer caras amigas.

El Patio no es grande ni es pequeño, simplemente "es". Tiene forma cuadrada, al estilo de los antiguos foros grecorromanos; pero no es cuadrado por perfección, ni sus ángulos rectos implican algo más que geometría; al contrario, es amoldable e infinitamente flexible para sus inquilinos. Se ha ido haciendo a través de los años, y hasta se ha perdido la cuenta de los pisos, buhardillas o áticos que lo componen, y es así, que aún se levantan adoquines que lo elevan en continua progresión, como si de la Torre de Babel se tratase.

Noto que la portería se encuentra vacía, como en estado de abandono por el desuso, y pregunto por la razón.

-Oh, hace tan sólo unos años teníamos una portera, una mujer curiosa: hacía ganchillo, hasta que probablemente se cansó, o perdió la vista para poder seguir calcetando. Creo que al final se retiró a una de esas islas donde torra el sol durante todo el año.

Bien por ella, pienso.


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