Ausencia, vuelta y...
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Lucía llega a la conclusión de que es lo mejor. Y los dos nos salimos para que prosiga con lo que estaba haciendo.
-Es una engreída de mucho cuidado -me dice por lo bajo y cuando ya estamos lejos de su escucha- La pobre se cree Leonarda da Vinci. ¿Has visto los cuadros que tiene? Pues aún no ha vendido siquiera uno.
-Van Gogh tampoco vendió en vida, y mira luego a donde llegó. Tú, que pretendes vivir de lo que escribes: ¿Qué sacas en limpio de tu esfuerzo? Hablo de dinero contante y sonante.
-Satisfacción por el trabajo bien hecho.
Y no me dice más, creo que por no herir su ego.
-¿Has visto que bonito a quedado esto? -me enseña una placa de bronce que cubre por completo una pared. En ella se leen cientos de nombres-. Es una lista de la gente que ha vivido aquí. Venga, a ver si encuentras el tuyo.
Imposible, hay demasiados, me tiraría horas. Además, el cabrito lo que en verdad quiere es saber mi nombre.
-Aún no me has dicho a lo que has venido -me dice luego en tono de reproche.
-Ni yo mismo lo sé -le contesto con total sinceridad-. Pasaba por aquí, como tantas otras veces en las que no me atreví a entrar. Tenía miedo.
-¿De qué?
-Es lo que quiero descubrir.
Al poco rato alcanzamos la biblioteca. Está repleta de libros, como es de suponer. Los clásicos junto a los modernos, y los propios manuscritos de los vecinos -estos son los menos-. Pero no huele a viejo, ni el polvo cubre sus estantes. Tampoco los libros lucen el amarillo del tiempo. En esto es distinta a otras bibliotecas: Está viva. Me gusta comprobar que algunos lectores siguen repasando las hojas por la que yo mismo navegué, incluso que se encuentren con anotaciones o subrayados que yo dejé porque algo me entusiasmara. Hoy hay dos personas acomodadas en las mesas plagadas de muescas. Nos dirigimos hacia la que parece más ensimismada en la lectura. "Guerra y paz". Lo reconozco por el lomo de cuero azul y por la forma en que se le abren las hojas en abanico. Levanta la vista un muchachito para sonreirnos con una hilera de dientes más blancos que las teclas de un piano de cola. No más de quince, juraría yo.
-Hola.
Parco en su saludo y con la luminosidad en la mirada de alguien que comienza a abrirse paso en la vida.
-Buenos días -le responde Cyrano-. Deberías conocer a alguien. Angelo, éste es... bueno, un amigo.
-¿No crees que ese libro es demasiado para ti? -le suelto yo sin más-. No me malinterpretes, pero creo que antes deberías leer otros para comprender la obra de Tolstoi en toda su grandeza.
Él se asombra por mi comentario, y lejos de contestar de mal forma a mi -quizá- impertinencia me contesta que si es capaz de leer aquel por su extensión y complejidad, entonces no habría otro que se le resistiera.
-¿Sabes? Angelo es uno de nuestros vecinos más jovenes. Apareció un buen día por aquí cuando sólo tenía doce años. No acostumbramos a admitir a gente tan joven, pero él nos encantó desde el principio. Tiene una forma de ser que lo hace especial.
El chico se sonroja como un tomate.
Departí con él un buen rato. Hablamos de libros y de sus estudios. "El estudio es lo primero", catequicé como yo nunca quise que hicieran conmigo. Ciertamente un chico agradable.
Luego, y cuando salimos de aquella catedral de la cultura, Cyrano quiso que lo acompañara a su casa, para que viera y comentase acerca de su trabajo, a lo que me negué. Le dije que era suficiente, que ya sabía lo que había ido a buscar.
Es hora de marcharse. Por segunda vez, y acaso ésta sea la última. No tengo pena, no. Ni preocupación. Sé que todo seguirá igual, conmigo o en mi ausencia.
Mientras existan escritores, existirá el Patio. Siempre.
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