Óleo de mujer en la playa.
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El Sol, conocedor pasivo, ensayaba desde hacía milenios, esmerándose a cada anochecer en descubrir nuevos colores, brillos o tonalidades, nuevas formas de reflejarse en el mar o descolgarse tras el horizonte. Gustoso de poder imitar a Renoir -y el resto de impresionistas: Monet, Cézanne, Pissarro, Morisot -, que gustaba, sobre todo en sus retratos, de colores cálidos y vivos, la vida por la vida; y que siempre mezclaba sobre el lienzo y nunca sobre la paleta, porque su sentido estético sabía de la belleza de lo espontáneo y porque después habría más cuadros donde emplear los conocimientos acumulados en los precedentes. Se descubría siempre con verdes nunca antes vistos, ribetes inimaginados, unas estrías que resquebrajaban cada nube cómplice... Suspiró. Recordaba algunos amaneceres pero escasas veces eran tan espectaculares; se daban entre los desperezos de la mañana y la torpeza de lo iniciático. Además adolecían de la significación del fin; las madres son las únicas que conservan recuerdo de lo accidentado de cada nacimiento pero, es ley vital, el hijo tarde o temprano se ve liberado tan vergonzosa reminiscencia. El carro gobernado por Apolo y tirado por corceles de deslumbrantes crines blancas prefería reservarse para la catarsis de una recogida tantas veces repetida y que era lo único que había podido instalarse en la invariabilidad antes de que la corrosión de todos los siglos empezase a actuar sobre el universo; sin duda el día del juicio final se vería antevenido por el adorno casi barroco de un crepúsculo obcecado en demostrar, en su desaparición real, toda la sabiduría obtenida tras sus extensos años de estudios dedicados al cromatismo y la óptica; y el protagonismo de Dios en la Hecatombe por consumar se verá eclipsado y relegado a un papel secundario tras tan tamaña grandeza y despliegue de virtuosismo... el grito de una gaviota la saco de aquellas ensoñaciones.
De nuevo levantó la mirada; el rojo atardecer le golpeó la nariz tiñendo el mar de hierro oxidado. El envidioso y anciano Neptuno parecía haber despertado las olas en los momentos en que se había extendido su trance, intentando, como tantas veces, recuperar el protagonismo que exhibió en la era de la oscuridad, antes de la luz. Nadie habría visto arder el cielo de esa manera, observando su alrededor se dio cuenta de que seguía sola, profundamente sola; seguramente no volvería a hacerlo así, ya no habría otra oportunidad de beber de aquel rojo, ni de vivir de aquella intensidad. Entre estas percepciones calló en la cuenta de que aquel debía ser el postrero ocaso, era afortunada, ¡cuántas generaciones no tuvieron oportunidad de presenciar nada parecido!. Aun así se sintió apocalípticamente culpable por haber esperado con alevosía aquel momento; culpable y radiante. Febos ya se remojaba hasta la cintura y las deyecciones lunares empezaban a verse ayudadas en su avanzar por las fuerzas de su propio peso, condensando así la atmósfera por encima del Sol, viéndose, éste, empujado por el denso aire hacia el fondo de un mar cada vez más agitado, en lo que era para Natalia signo inequívoco de la batalla decisiva que en él se libraba.
El cielo era una suerte de muro rojo y rosa de exultante, rebosante belleza plástica, acorralado por el azul de su futura tumba y el frente violeta en que se mezclaban, en primera línea de batalla las tropas de Apolo y las azules fuerzas de Diana, que esperaba a salvo en retaguardia- la Luna- a que se consumase el hecho de su traición, tan parecida a las conspiraciones palaciegas que siglos atrás habían decidido el futuro político de Europa, el viejo continente- incluso antes del nacimiento, para la civilización, de las "Nuevas Indias"-. Las tonalidades de colores cálidos se extendían por el tapiz sin egoísmo o reserva alguna por parte de los contendientes, que se entregaban al duelo con solemnidad hierática, aceptando el futuro con una dignidad pasmosa.
Natalia, que hasta entonces se había mantenido al margen de lo que había juzgado como apócrifo, se levanto tirando con rabia una piedra a la Luna que no se rompió. Miró su reloj, donde transcurría el segundo más largo, deseaba desesperadamente que el segundero aguantará los empellones de la inercia de siglos y éste resistía en la relentizada consciencia, que situaba la aguja al borde de un precipicio en el que ésta no deseaba caer. Resistía a la vez el Sol que, al fin, había aprendido a nadar; casi lo había imaginado dando brazadas en la superficie cuando notó como se hundía un poco más. Prestó atención de nuevo a la esfera de su muñeca para comprobar que la fina manecilla, agotada por su infructuoso esfuerzo, seguía su camino con matemática igualdad de intervalos en sus movimientos discretos. Su respiración se encontraba tan acelerada como la marea y su corazón aun punzado por la culpa palpitaba enérgico, sus ojos se le inundaban de impotentes lágrimas; y en pleno arrebato arrancó con carrera decidida en perpendicular a la orilla, tirando el reloj, como otras veces en verano, a la arena con un gesto maquinal, pues de haber entrado en el agua el segundero, ahora sí, se habría parado aunque de manera irreal.
Recorrió en pocos segundos los metros de arena húmeda que se habían extendido ante ella, el mar había comenzado a retroceder desde la pleamar y no tardaría en detener su repliegue. Las olas rompían fuertemente contra sus piernas y los espumosos brazos intentaban evitar que la mujer se adentrara en el mar, aunque no se planteó si era por afán proteccionista o por evitar socorro al ahogado. El largo pelo azabache botaba sobre el vestido de raso beige que se oscurecía por debajo de la cintura a la par que se iba mojando. Natalia articulaba coordinadamente brazos y caderas para hacer más eficaces sus movimientos y pronto franqueó aquella primera línea de contención, lanzándose en mar más abierto a dar brazadas aun poco eficaces pues tenían que luchar con la potente marea que la tiraba, junto a las olas, hacia fuera. No miró vez alguna al frente para intentar calcular el tiempo del que disponía para alcanzar el lugar del siniestro como había tenido la tentación de hacer, todo su esfuerzo quedaba encaminado al avance incondicionado y metódico, con impulsos de autómata se adentraba en el profundo azur. Color que parecía disolver el tiempo, el espacio y cualquier otra dimensión circundante escondiéndolas en alguna de las fallas que ocultaba bajo su manto ondulado e infranqueable.
Así nadó durante largo rato; tan sólo un instante se atrevió a parar escasas décimas de segundo sorprendida por el avance más rápido de lo deseado de las tinieblas sobre el océano; en ese momento aun una línea de luz iluminaba al fondo, se había apagado la intensidad del rojo para ceder a un violeta grumoso y desesperado, la estrella había abandonado ya el pincel y se dedicaba ya a salpicar sobre la noche directamente del tubo del óleo. Agachó la cabeza y siguió nadando con crecidas ganas. Incluso después de que anocheciera siguió con su vano propósito durante largo tiempo, manteniendo aun la esperanza de que las aguas se hiciesen más cálidas a medida que se acercaba al lugar añorado del naufragio; pero las aguas eran de frialdad creciente por la creciente profundidad del océano. Se afanó en su avance hasta que el frío se hizo tan hondo que consiguió penetrar en las percepciones de sus extremidades entumecidas junto al cansancio hasta ahora ignorado por el propósito del que acababa de resignarse; sólo entonces paró. Tenía espasmos. Volvió a suspirar tomando aliento.
Henchió sus pulmones, que parecían encharcados, con todo el aire que pudo tomar, abandonando la posición vertical y dejándose flotar, bocarriba, con la respiración aun acelerada pero menos, los brazos en cruz y el cabello ondeando en la superficie, aunque en la absoluta oscuridad las pupilas humanas no podrían haberlo distinguido del resto de la inmensidad circundante. La obscuridad inundó sus pensamientos e intuiciones- no era capaz de ver nada- haciéndola notar la ausencia de la Luna que ya no pendía del negro cielo; comprendió sin dificultad, como si la idea que estaba a punto de colmar su entendimiento la hubiera acompañado, no aquel día, sino siempre, como si también hubiera luchado por Diana "La Conspiradora", que ésta sólo existía en la medida en que el brillo protector de su mellizo la iluminaba; supo que contra lo que ésta habría luchado era la razón misma de su existencia, quizá aquella posibilidad se hubiera encontrado en algún lugar inmerso en el lodo olvidadizo en que se sustentaba el mar de la serenidad pero la idea hubiera sido repudiada de inmediato abocándose, ella, al fin propio y secretamente deseado. Neptuno se había tranquilizado tras el inesperado desenlace que le beneficiaba, pero que seguramente no le conve ncía, quién era él en una noche eterna sin Luna. Sintió lastima por los tres, por los cuatro- también por ella, pero rió por primera vez en el día, todo era tan complicado, todo. Los hilos con que azarosamente se hilvana el destino estaban entrecruzados, enmarañados y no podría eliminarse ninguno sin que el tapiz se viese afectado aunque fuera de la forma más nimia; ella misma, cuya contingencia era conspicua, se había visto involucrada en aquellos hechos vitales; sin embargo habían terminado y ella seguía allí. Ahora había que volver y debía orientarse.
Le parecía distinguir el resplandor cítrico del neón de las farolas a un lado de un horizonte que ahora era uno, sin distinción entre mar y tierra y sin referentes físicos, era difícil saber hacia dónde miraba, cuánto tiempo había nadado o qué distancia había recorrido. Suspiró por última vez aquella noche, se frotó los ojos e intentó avistar de nuevo el reflejo de la ciudad, pero su mirada se encontraba irritada por el salitre del mar, el sudor y las lágrimas y no terminaba de volver a diferenciar la costa; así se dejó contagiar por la pereza del atlántico y la incertidumbre le hizo seguir flotando a la deriva esperando a que el océano de la tragara definitivamente o la escupiera a la playa de la que había partido.
* Nota apócrifamente datada a finales del siglo XIX, y firmada por un crítico de arte- de nombre Charles y apellido indescifrable- que debió ser oriundo de Francia; la acotación acompañaba un papiro casi ilegible que contenía lo que parecía la historia de la creación y desaparición del lienzo, del que hasta la fecha no se tiene conocimiento alguno, así como a la descripción del mismo. Imagen en la que se basa este humilde relato.
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