Ese día, es decir aquella noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral de San Isidro tratando de ocultar mi soledad, no porque la soledad me moleste tras cuarenta años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar apartado. Es que, sin ser religioso, más aún tratando de seguir no siéndolo, quería estar abierto a cualquier signo extraordinario que pudiera darse en la fecha del pretendido nacimiento de Jesucristo. Un capricho, digamos; una ocurrencia absurda, una prueba de que en algún momento la mente necesita salir del rigor lógico.
Así, tras dejar atrás el empedrado de la avenida del Libertador, girando alrededor del templo, me dirigí hacia el balcón a cuya vera se abre la sinuosa escalera que desciende hacia la ribera. Cuando bordeaba la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson distinguí la espalda de un hombre, disimulada por la escasa luz. Por un momento pensé volver sobre mis pasos pensando que una presencia humana alteraría mi voluntad de diluirme en la naturaleza esperando acontecimientos fuera de lo común.
El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de mi presencia a aquel que se estaba quieto bajo un manto de sombras. Cuando el hombre giró su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de no sé que capricho, a la edad de veintidós años tomó los hábitos, dejando detrás un breve pero intenso pasado colmado de rumores pueblerinos.
-Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que en espera de alguna damisela en trance de confesar sus pecados...o de acrecentarlos- le dije, aprovechado nuestra mutua confianza.
UN CUENTO DE NAVIDAD
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