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Pergaminos
"Mi invierno"
Textos · Usenet - Narrativa · 0.0
Ayer el invierno se sentó a mi lado. Era de mediana estatura, y vestía de
rojo y negro. Todo ocurrió cuando
esperaba el metro en el banco del andén. Mis pensamientos eran grises y
nebulosos, como ya llevaban siendolo desde hacía un tiempo. Estaba
ensimismada en ellos y por eso al principio ni me fijé en él, hasta darme
cuenta de su mirada insistente y divertida. "Y este que quiere?", pensé
mientras me ruborizaba un poco. Comencé a ponerme nerviosa
pensando en el viajecito que iba a darme, así que al
llegar el metro, me coloqué discretamente otro
vagón mientras suspiraba al ver que no me seguía.

No obstante, cuando me senté relajada y ya comenzaba a divagar noté su
presencia, de nuevo, a mi lado. Seguia observandome, divertido. Ya molesta,
le miré fijamente a ver si así me dejaba en paz, pero para mi sorpresa lo
que hizo fue presentarse, "soy el invierno" me dijo. Después de tal
afirmación, sólo pude pensar en largarme del tren en la próxima parada, lo
haría rápido, antes de cerrarse las puertas, y así no podría seguirme ese
loco.

Pero esa parada no parecía llegar.

No pude más y rompí el silencio preguntándole por qué
me miraba. Me respondió que el invierno tiene muchas
formas, aparte de ser una estación, hace otras cosillas
durante el año para matar el aburrimiento, "ya sabes
como son esas cosas...". Silencio unos segundos, pero
volvió a hablar "He venido a hablarte de él". "¿De él?" pensé, sin saber a
que se refería. "Sí", prosiguió, "¿por qué no está aquí, cuando más lo
necesitas?". No podía creer lo que estaba oyendo. Si se refería al "él" en
que yo estaba pensando estaba muy claro porqué no estaba aquí, simplemente
no había podido venir, pero eso no pensaba decírselo a un tío al que le
falta un tornillo, claro está.

La parada seguía sin llegar y comencé a pensar que
el tren se había perdido sin remisión sobre algún rail
fantasma, sí, eso lo explicaría todo. Sonrió a medias,
mientras me decía que no, que no nos habíamos perdido y que "él" me había
engañado. Comencé a enfurecerme de verdad ¿quién era ese tipo para meterse
así en mi vida? Aunque era cierto, el día anterior habíamos hablado y le
había pedido que viniese, que ahora le necesitaba, pero... Pensamientos
tristes de nuevo.

Su gestó se torno compasivo, y algo en su mirada me
resultó terriblemente convincente. Creí que, simplemente, estaba alucinando.
Sin más preambulos
me dió un pedacito de papel, con algo garabateado. No supe qué responderle y
fue entonces cuando llegó la parada que tanto ansiaba, pero antes de que
hubiera pensado en levantarme, vi que él ya lo había hecho. Caminó
elegantemente hasta la puerta y se despidió con la mano mientras susurraba
"el invierno no
es tan malo". En esos momentos, me pareció uno de esos hombres sabios, que
han vivido mucho tiempo, no sé, inspiraba... confianza?

Me quedé de piedra en el banco, hasta que llegó mi
parada y fui directa hasta casa. Tuve que sacar el
papel arrugado y observarlo algunas veces para convencerme de que todo
aquello había sucedido. Pues sí, había sucedido.

¿Podría ser verdad?
Él nunca me había engañado, ¿por qué tendría que hacerlo ahora?, ahora que
tanto le necesitaba... Examiné el papel. Era un número de teléfono, sin
duda, y al fijarme en el prefijo sentí un horrible presagio. Era algo que
muchas veces había pensado pero como muchas otras cosas, había rechazado.

¿Pero bueno? me convencí a mi misma de que solo llamaba para olvidar de una
vez las tonterías de ese loco, ese loco de mirada serena. Me cogería el
teléfono cualquier persona que no sabría de quien hablaba y me colgarían
diciendo "lo siento, se ha equivocado". Ah, sería genial!

De todas formas, me temblaban las manos cuando marqué número por número, y
mi corazón saltó al oir la señal de la línea. Por fin una voz: era la suya.
Era él.

Y sí, el invierno llegó a mi.

Noté punzadas de frío en mis musculos, la escarcha
fue velando mis ojos mientras el auricular resbalaba
entre el hielo que cubría ahora mis manos. El dolor,
hacía su papel por dentro.

Y a mi lado estaba él, el invierno, aún con su traje
rojo y negro, abrazándome mientras lloraba, secando mis lágrimas antes de
que tuvieran tiempo de congelarse.

Ahora todo es azul. Incluso los colores han adoptado
una tonalidad parecida. El blanco es ahora añil y el
verde, azulado, como el mar a ciertas horas de la tarde.
Quizás sea cierto eso de que el invierno no es tan malo.
Quizás sea solo cuestión de dejarse llevar y contemplar
como van pasando, suavemente, las estaciones.

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© Nebu.
es.humanidades.literatura – 02/03/1999
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